Cosa de Mandinga
Barbaridades
jueves, 15 de febrero de 2018
jueves, 27 de abril de 2017
El Demonio en lo del Gordo (o el Gordo endemoniado)
"He aprendido más acerca de América en los taxis que en todas las limusinas y coches oficiales del país"
El viaje hasta Parque Patricios era largo y la noche estaba muy silenciosa... en un semáforo, el viejo taxista guardó un mazo de cartas todo grasiento en la guantera, me echó una mirada por el espejo y antes de arrancar comenzó a contar esta historia...
Si había algo que al ingeniero Siliberti le encantaba hacer era verduguear a los ocultistas, a los religiosos y a los que tenían creencias sobrenaturales. En los asados con sus colegas de grueso porte solía (entre discusiones y relatos ingenieriles) dedicar largos discursos a resaltar la poca inteligencia de los adeptos a tales prácticas y pensamientos. A pesar de sus largos años académicos y de profunda lectura, jamás se le había pasado por la cabeza que tal como para un microbio resultaría incomprensible la pasión de un hincha de Racing, también puede ser factible la existencia de muchas cosas en el universo que resulten incomprensibles para el ser humano. Despreciaba intensamente todo aquello que no tuviera sólidos fundamentos científicos, y nunca había creído en fantasmas, en esoterismo, en Dios o en esas cosas, hasta el día que con un inenarrable horror presenció un acontecimiento que jamás habría podido ser posible en el firme dominio del pensamiento científico: el ascensor de su departamento le dijo “usted es puto”.
Tantos
años dedicándose a motores eléctricos, servomecanismos, transformadores, y
jamás había escuchado hablar sobre un ruido así. Porque seguramente había sido
algún extraño ruido por una falla mecánica del ascensor, pensaba el gordo
Siliberti. Mejor no iba a usarlo más, a lo mejor su exceso de peso sumado a esa
falla podía terminar en tragedia. Trató de olvidar tal extraño y abominable
suceso, sin embargo en los días que siguieron bajó por la escalera. Eran sólo
dos pisos, no era tanto, aunque con el correr de los días empezó a extrañar la
comodidad y la inmediatez del elevador. Cada vez que en los pasillos captaba
algún fragmento de conversación entre sus vecinos prestaba especial atención
para ver si lograba pescar alguna queja o algún comentario sobre el ascensor
malhablado pero no pudo oír nada, sólo “las expensas, el agua, la luz, no se
puede vivir ya”, “este administrador es un forro y el hijo es un pelotudo,
seguro lo mantiene él… boludo grande”, “yo laburo, yo pago los impuestos” y
alguna vieja diciendo “a esos negros que toman droga en el camión abandonado de Paroissien hay que
matarlos a todos, esto con los militares no pasaba”. Una mañana de coraje (o de
falta de ganas de bajar la escalera, o de temor de llegar tarde al trabajo) se
aventuró a tomar el ascensor. Un tanto nervioso, Siliberti sacó su celular y
entró a su sitio de búsqueda de pareja favorito para verificar que una vez más
no había recibido ningún mensaje. Lo que más le gustaba de ese sitio era que
había un montón de mujeres buscando sexo casual, lo malo era que la mayoría
eran veganas y no lo iban a querer. Grata sorpresa fue escuchar el zumbido del
motor, los ruidos de siempre y nada más. Cuando se dio cuenta, ya estaba en la
planta baja. El día laboral en la planta fue productivo, apasionante y
terriblemente aburrido. El tema fue cuando, totalmente desentendido ya de su
breve caída a las garras del esoterismo y las creencias ilógicas y
disponiéndose a bajar del ascensor, la misma voz susurró “usted es gordo puto”.
Esa noche el gordo cerró la puerta y se encerró en su habitación, apenas pudo
dormir. Se tapó completamente, como para protegerse de lo que fuera que lo
estaba acechando.
Los
días que siguieron bajó por las escaleras, y cuando alguno de los boludos de
sus vecinos lo veía y le preguntaba “¿Qué? ¿No anda el ascensor?” el gordo
bueno esquivaba el asunto con una sonrisa tímida y un “no, es que quiero hacer
un poco de gimnasia” moviendo las manitos nerviosamente de lado a lado. Una
sucesión de extrañas ideas sobre aberraciones y deformidades del
electromagnetismo transitó por la mente del gordo, a tal punto que llegó a
conjeturar y a convencerse de que esas frases audibles eran producto de una
radiointerferencia en alguna parte del ascensor que se comportaba como receptor
de radio. Se convenció a sí mismo con la teoría de la radio, y sobre la inquietante
temática de las frases que había oído se metió en la cabeza que Dios a veces
juega a los dados con el Universo y que le había tocado escuchar fragmentos de
un programa de chistes verdes o de algún radioteatro de índole sexual, como
también podría haberle tocado escuchar a un pastor evangelista, una noticia
sobre la mansión de un diputado corrupto o una propaganda de borrachos
arrepentidos. Una semana duró en pie tal teoría… una semana de mierda con el
gordo nervioso subiendo y bajando las escaleras pensando que en cualquier
momento aparecía un vecino y tenía que repetir la pelotudez de que estaba bueno
hacer gimnasia. El lunes que siguió fue uno de esos días de mierda en los que
Siliberti volvía tarde y destruido a su departamento. Se le había ido todo el
día entre la fábrica y el posgrado que estaba cursando, y en el colectivo no
paraba de preguntarse si no estaría haciendo algo mal. Ya no se acordaba de
cuándo había sido la última vez que había tenido alguna linda salida con una
chica o de cuánto hacía que no se cagaba de risa con los amigos tomando cerveza.
Ya había perdido la cuenta de cuántas actividades y cuántas invitaciones había
resignado por falta de tiempo. Al volver tarde por la autopista en un colectivo
limitado a 60 km por hora manijeándose con todo eso y sabiendo que el día que
seguía iba a ser igual, para el gordo era inevitable pensar en ese momento que
no existía ningún discurso moralista sobre la importancia de estudiar que
pudiera hacerlo sentir mejor. Aún con la cabeza plagada de esa triste manija
estaba cuando se dio cuenta que la cosa se había puesto realmente fea, porque
por primera vez en su vida consideró seriamente llamar a un exorcista: el
armario donde guardaba su vieja guitarra y otras porquerías viejas que ya no
usaba le dijo “usted es un gil, se hace el que no cree pero bien que en la
facultad cada vez que hay un examen se pone su calzoncillo de la suerte porque
le da miedo”. Fue entonces cuando un horror imposible de medir y de definir se
apoderó de cada célula del gordo. Un horror que trascendía más allá de la
ciencia, del universo observable y de las ecuaciones de Maxwell. Pensó en ir a
lo de sus padres, cosa que descartó al imaginarse la cara de su viejo al
escuchar que la razón de su inesperada visita a la una de la mañana de un
martes era un ascensor y un armario que lo verdugueaban. Se terminó tomando un
remís hasta Acceso y ruta 197, donde durmió en un albergue transitorio cuya
sórdida mención era disonante e infame aún en ambientes de notable turbidez.
“No, mi novia ahora viene, fue a comprar cigarrillos, ¿podré ir pasando igual?
Que quiero ponerme mi disfraz de abogado que a ella le encanta” le dijo al
recepcionista, que no le creyó un carajo porque el gordo era bueno y no sabía
mentir (aunque la realidad habría sonado aún más inverosímil). “Va a tener que
ser un poco más… porque acá no permitimos venir de a uno, y me estás metiendo en
un compromiso”, dijo el empleado, quizás de cagón o quizás de hijo de puta
aprovechándose de la cara de miedo y vergüenza del gordo. “Es mi laburo, qué
querés que le haga, disculpá” agregó el empleado y Siliberti terminó pagando casi
el doble, además del viaje hasta allá, que lo hizo creyendo que en un hotel de tal
categoría no iban a tener problema en dejarlo pasar solo. Cuando avanzó por el
pasillo el empleado murmuró algo sobre que tenía hijos que mantener, pero el
gordo ya no escuchaba. Esa explicación para el empleado del telo había sido mil
veces peor que el “no, está bueno hacer gimnasia” al que ya se había habituado,
el gordo se preocupó al notar que la cosa estaba empeorando… menos mal que era
lunes y que además le habrá tocado una habitación ubicada entre dos cuartos
vacíos, porque el pobre gordo con las primeras luces del día tenía que ir
laburar y ya era más que suficiente entre sus pensamientos retorcidos y la
vocecita verduguera del demonio que se le había metido a su departamento, que eran
más o menos lo mismo. Volvió a pensar en llamar a un exorcista, pero
por cuestiones de propio orgullo tenía que ser confidencial la cosa.
Pudo dormir dos horas más o menos, y con las
primeras luces de la mañana invernal salió rumbo al trabajo. Trataba de no
pensar. Sospechaba que sus compañeros de trabajo lo notaban extraño, y de hecho
seguramente era así. Un día de mierda tuvo Siliberti, y esa noche el horror
llegó a su punto máximo. El gordo se había comprado una latita de cerveza y unas
papas fritas, nada más, porque con todo lo que le estaba pasando casi no tenía
hambre. Miró el platito de plástico descartable que le habían dado en el local
de comidas, miró la basura y la suciedad que se acumulaba en su departamento,
los calzoncillos y medias sucias tiradas por ahí, los diarios apilados, la caja
de mugrienta y desvencijada con herramientas oxidadas y se sintió sumido en un
gran agujero negro lleno de mierda de donde no podía salir, peor aún, sintió
que su vida no podría haber sido expresada con exactitud ni siquiera en la más repugnante descripción de Bukowski. Y ahí
fue cuando nuevamente el armario (o más bien lo que mierda hubiera dentro del
armario) le habló, y esta vez fue más explícito e hiriente que nunca: “gordo
gil, qué hiciste con tu vida, vení y agarrá la guitarra como siempre quisiste
pero nunca te animaste, terminaste con una vida aburrida por cagón”. Totalmente
desprevenido lo había agarrado, el gordo revoleó la latita de birra contra el
armario con todas sus fuerzas, se levantó y ya consumido por la desesperación
le gritó “¡¡¡¡La concha de tu madre!!!! ¡¡¡¡Dejame comer papas fritas en paz!!! ¡¡¡¡Dejame
comer mis papitas!!!! ¡¡¡Enano hijo de puta, salí
de ahí que te hago mierda… te hago mierda!!!”. El ingeniero Siliberti,
tan seguro de dominar la realidad a través de la ciencia y la tecnología,
estaba ahí en slip color gris con elástico bordó gritándole a un armario
polvoriento al que acababa de revolearle una lata de cerveza. Aunque se hiciera
el guapo estaba realmente cagado en las patas y todo su desprecio por los
planos esotéricos había desaparecido por completo. Miró de nuevo al armario y
los rayos de luz lunar que entraban por la ventanita iluminando partículas
inmundas, y lo peor de todo era que no podía contarle de esto a nadie, todos
sus colegas iban a cagársele de risa. Ni siquiera quedaba el gato, que con la
voz diabólica ni siquiera se había calentado en levantar las orejitas pero que
cuando el gordo empezó a putear y a revolear cosas en calzoncillos salió rajando
a meterse debajo de la cama. Y esto era lo que más le carcomía la cabeza al
pobre gordo, que estaba completamente solo con un duende maldito metido en ese
armario de mierda.
Los
días que siguieron la salud mental del gordo empeoró muchísimo, hasta llegó a
faltar a sus clases del posgrado. Volvió a dormir en el telo, algunos días
comía en Burger King para retrasar su llegada al departamento, y por todas
estas cosas el gordo estaba hecho una cagadera de guita bárbara. Pobre gordo,
realmente. Ni siquiera podía comer papas fritas en su casa… ya ese lugar no era
su hogar. Estaba usurpado. Porque a uno le puede faltar un lugar para dormir y
tener que dormir en el piso, pero si uno ya ni siquiera puede sentarse a tomar
una lata de cerveza y a comer papas fritas sin que lo verdugueen, entonces no tiene
nada.
Y así siguió
su vida hasta que un día apareció en el bar. Terminábamos de comer una pizza
bien grasienta cuando el gordo apareció todo mojado y cagándose de frío, debe
ser que yendo a Burger King pasó por la puerta y se acordó que nosotros los
jueves nos juntábamos ahí. Estábamos jugando al truco cuando llegó, éramos
cuatro ya, no había lugar para él pero se quedó ahí callado mirando el partido
y se pidió una porción de fainá. Apenas habló, nosotros nos preguntábamos con
la mirada “qué carajo le pasa” y en un momento ya era un poco incómodo tenerlo
ahí sentado. Así pasaron varias semanas, el gordo venía, comía algo y a veces
jugaba al truco como el culo, nunca le había gustado… Tampoco le había gustado
nunca la temática guaranga que había en una mesa de taxistas, pero venía igual
y se quedaba hasta que nos íbamos, por eso nos dábamos cuenta que al gordo algo
muy malo le estaba pasando. Hasta que llegó un jueves feriado, creo que era el
día de San Martín, no había nadie en la calle y no habíamos ganado un mango,
entonces pensábamos comer una o dos empanadas cada uno y volver a laburar, nada
de quedarse escabiando y jugando al truco. El Tano y el Profe ya se habían
subido a sus autos, y Siliberti justo entró al bar cuando yo estaba en el
viorsi. Cuando salí lo vi ahí parado desconcertado, buscándonos, y le expliqué
lo de la poca recaudación, que me tenía que ir, y le ofrecí llevarlo en el taxi
hasta la casa.
-No, dejá… me
voy caminando
-Dale gordo,
¿cómo te vas a ir a pata hasta allá? Es
tarde encima. Dale, te llevo.
-No… tengo
ganas de caminar…
-Dejate de
joder…
Hasta que el
pobre gordo se puso a llorar y me abrazó. Hice que se sentara, compré una
cerveza y le pregunté qué carajo le pasaba, a lo mejor había cagado fuego algún pariente.
Y me quedé ahí, hasta bien tarde, escuchando toda esa historia que te estoy
contando. Volví a mi casa sin un mango y muy preocupado por el gordo, aunque lo
noté más aliviado, nunca le había hablado a nadie sobre el asunto de la entidad
demoníaca. Al final lo llevé hasta la casa, ya tarde, porque lo invité a mi
casa y no aceptó. Y me sentí un hijo de puta cuando le dije que no iba a poder
verlo el jueves siguiente porque era el cumpleaños del forro de nuestro jefe de
la agencia de taxis y teníamos que ir. Nos llevó a comer sushi en ese
cumpleaños de mierda, y yo no podía parar de pensar en el gordo. Me sentía mal,
me imaginaba ahí al gordo solo en su departamento peleándose con el demonio o
revoleándole papas fritas en calzoncillos a un armario. Pero no, al otro jueves
apareció en el bar con una sonrisa y estuvo totalmente distinto… se reía de las
boludeces que decíamos, aportaba las suyas y hasta ganó un falta envido y un
vale cuatro espectaculares. En un momento me empecé a asustar, me manijeaba con
la idea de que a lo mejor el demonio se le había metido adentro y nos estaba
engañando para matarnos, como en esas historias en las que el Mandinga se hace
pasar por bueno. Pero no, después me agarró aparte y me contó lo que había
pasado el jueves en el que me vi forzado a comer sushi. Empezó con un “no sabés
no sabés no sabés” y me contó que se había animado a invitar a salir a una
chica que trabajaba en su empresa, que él sospechaba que tenía novio pero se
animó igual y le dijo que sí. Tanto era el miedo que tenía de ir a su hogar
usurpado que se animó… Era eso o juntarse con los otros pibes que lo conocen de
la secundaria como nosotros, sólo que ellos hablaban de sus días en las
universidades de arte y lo verdugueaban por la vida que llevaba, ahí se sentía
incluso más incómodo que con nosotros. Porque escuchar las cosas que le decían
era más o menos lo mismo que escuchar al enano maldito que se le había metido
al ropero. Pero sea como sea, cuando se dio cuenta estaba frente a frente con
la chica en un barcito tomando cerveza:
-Yo trato de
ir a Mostaza porque Burger King es una multinacional y a mí me gusta que la
plata quede en el país. A lo mejor muchos creen que pienso boludeces pero bueno
yo no juego al Nintendo y el Nintendo es para no pensar, por ejemplo yo el
profesor que tuve en análisis uno me gustó mucho, todos te dicen que las
derivadas y las integrales son una mierda porque en el secundario las explican
mal, no te enseñan qué significan, por eso los pibes dicen que son una mierda,
a mí este profesor me enseñó el significado de cada cosa para aplicarlas al
mundo real y así se entiende.
La chica
miraba nerviosamente su celular, Siliberti no podía determinar si estaba
mirando la hora, si quería distraerse porque no lo aguantaba o qué.
-Ah sí, es
verdad – dijo la chica mientras tomaba un trago superficial de su cerveza roja,
aún mirando con preocupación el celular que vibraba una y otra vez.
-Últimamente
estuve escribiendo porque me gusta – el gordo en algunos ratos libres, ya sea
para tratar de distraerse o para evitar ir a su departamento, había estado
escribiendo abominaciones que ameritaban ir a parar al fuego de un asado, y lo
que estaba recitando eran infelices extractos de esos ominosos escritos-. En un ingeniero
tener algún dote artístico es importante porque el mundo ingenieril es muy
cuadrado y a veces siento que no puedo expresar lo que llevo adentro y eso me
hace mal. Siento que a veces el tiempo-espacio adopta una disposición
cilíndrica que continúa cuando salgo del trabajo, trasladando el clima mental
propio de mi profesión al resto de las horas de mi vida. Es como que se curva
como un tubo de pelpa pal viorsi
formando una O, o una U porque el espacio vacío que queda en la parte de arriba
de la U sería como el tiempo que uno duerme porque cuando duerme no se puede
escapar e inevitablemente cae en el otro tramo del tubo para volver a empezar,
eso sería como despertarse al día siguiente para ir a laburar. A este concepto
en mis escritos lo llamo “la continuidad de los entornos”. Está en nosotros
romper esa continuidad.
-¿Qué
significa viorsi? – la pregunta de la
chica desconcertó totalmente al pobre gordo, no por su desconocimiento de tal
término ni porque evidenciara que no le estaba dando pelota, sino porque se dio
cuenta del deprimente nivel mental al que había caído para hablar boludeces de
tan grueso calibre. Eso pensaba mientras le aclaraba a la chica que viorsi
proviene de la palabra servicio y que significa baño, una explicación de
etimología a la que ella ni siquiera contestó y probablemente no entendió
porque de nuevo estaba pendiente de mirar lo que sucedía en su celular. El
gordo, aún destruido y desmoralizado, intuyó correctamente y sabiendo que era
su última bala en un desesperado rapto de inspiración dijo:
-Capaz te
parezco un boludo, no sé, pero a mí lo que me gusta es estar acá tomando una
cerveza porque desde el momento en que te vi quise venir a un barcito con vos a
tomar una cerveza, en ningún momento se me ocurrió que me gustaría conocerte
para después andar rompiéndote las pelotas por celular preguntándote dónde
estás, con quién estás… ¿en qué mente sana puede entrar eso?
El celular de
la chica pasó la noche en la mesita de luz del gordo, vibrando y vibrando como los
tablones de una desvencijada F100 de verdulería, ¿vio la modelo 80 que siempre la tienen hecha mierda y hace un quilombo bárbaro? Y si bien al principio miraba
cada tanto el armario, los truenos, la lluvia y esas uñas en su espalda le
hicieron olvidarse por completo del demonio. Por primera vez en mucho tiempo su
mayor preocupación era simplemente no acabar rápido. El gordo la llevó a su
departamento aún con el temor de que al duende se le cantara gritar algún
“gordo puto” porque creyó que si le proponía ir hasta la ruta 197 ella no iba a
querer. Pero el temor de Siliberti no se hizo realidad... Esa noche el enano diabólico cagó fuego, se fue o enmudeció para siempre. Después de unos días de silencio, el gordo se atrevió a abrir con bastante cagazo el armario con un palo de escoba, y no encontró nada llamativo. Sólo el mismo despelote, la mugre y la conocida acumulación de porquerías viejas e inservibles de siempre (el ambiente ideal para las manijas y los demonios diría alguna vieja esoterista como las que el gordo amaba verduguear antes de esos días de mierda). Al principio no se animó a tocar nada, sólo removió los adefesios con el palo para ver si el enano andaba escondido por ahí... Pero no, nada. No estaba ni el duende, ni el gorrito rojo, ni tampoco había huellas o soretitos de duende. Después de descansar bien el fin de semana, ya con la cabeza un poco más tranquila, se animó a desarmar el tablero del ascensor una noche mientras todos dormían, para ver si el muy hijo de puta estaba metido ahí adentro... Y tampoco vio nada raro. Recién el martes se atrevió a tocar con la mano el armario maldito y decidió allanarlo, limpió bien la guitarra y tiró al carajo todas las pelotudeces viejas que tenía ahí acumuladas desde el inicio de los tiempos. El duende se había esfumado sin dejar ningún rastro...
Y bueno maestro, ya llegamos a
Jujuy y Caseros, pero escuchemé, quiero contarle el final. Ahora el gordo está tranquilo. No se vio más
con la chica del día que el demonio no habló más, pero ahora nos viene a
visitar todas las semanas, tomamos cerveza, nos cagamos de risa… Eso era lo que
necesitaba el gordo, ¡sólo eso! No un exorcista, no un psiquiatra que le quemara la cabeza con pastillas y lo dejara tranquilo pero pelotudo, no un psicólogo que se le sentara al lado y le dijera "a ver dibujame una casita, ¿por qué le hiciste grande la manija a la puerta?"... ¡¡y que encima le cobren!! Antes de
levantarlo a usted estuve charlando con él un rato comiendo unas empanadas. Lo
veo mucho mejor, no tan obsesionado con su posgrado. Eso sí, nunca habría
pensado que iba a terminar creyendo en el esoterismo. Ahora el gordo te habla
del horóscopo y ni se atreve a tocar el tema de los fantasmas, de los demonios
o del más allá. Tiene un respeto terrible por todo eso… Y no hace falta aclarar
que jamás volvió a hablar de lo que sucedió aquellas semanas en las que su
departamento alojó una entidad demoníaca. Yo la verdad que de ocultismo no
entiendo un carajo, y mucho menos entiendo de electromagnetismo y todas esas
cosas con las que el gordo intentaba al principio explicar lo de las voces…
Sólo soy un taxista, a lo mejor tendría que haber estudiado y podría expresar
mejor lo que pienso, pero bueno… Yo lo que creo es que desde tiempos
inmemorables los humanos han recurrido a las supersticiones y a lo esotérico
para explicar todo aquello que no podían entender. Y justamente el gordo
terminó así… terminó creyendo en lo sobrenatural, en que se había metido un
duende, un vampiro, un demonio o una momia en ese tablero de mierda del
ascensor porque nunca pudo comprender lo que realmente había sucedido: el gordo jamás
entendió que todo eso simplemente le pasó por estar tan solo.
domingo, 19 de marzo de 2017
El marqués (citas)
"Para el orgullo constituye una especie de placer el
burlarse de los defectos que no se tienen y ese tipo de satisfacciones resultan
tan gratas al hombre y especialmente a los imbéciles, que es muy raro ver que
renuncien a él… Además, todo esto se presta a murmuraciones, frías ocurrencias,
estúpidos juegos de palabras y para la sociedad, es decir, para una colección
de seres reunidos por el aburrimiento y moldeados por la estupidez, resulta tan
agradable hablar dos o tres sin decir nada nunca, tan delicioso el brillar a
costa de los demás y denunciar condenatoriamente un vicio que uno está muy
lejos de tener… es una especie de tácito elogio que uno se hace a sí mismo; a
ese precio uno consiente incluso en unirse a los demás para formar una cábala y
aplastar a aquel individuo cuya tremenda culpa es la de no pensar como la
mayoría de los mortales y uno se vuelve a casa henchido de orgullo por el
ingenio demostrado cuando con semejante conducta de lo único que se ha hecho
gala y a fondo es de pedantería y de cretinez."
"Y bien, ¿no hace lo mismo que vos? ¿Cuál es esa
bárbara ley que encadena a ese sexo de forma tan inhumana dándonos a nosotros
toda la libertad? ¿Es eso equitativo? ¿Y con qué derecho de la naturaleza vais
a encerrara vuestra mujer en Sainte-Acre mientras os dedicáis en París o en
Orleáns a poner los cuernos a otros maridos? Amigo mío, eso no es justo; esta
adorable criatura, cuyo valor no supisteis apreciar, vino también en busca de
otras conquistas. Hizo muy bien y se encontró conmigo; yo la hago feliz, haced
vos que lo sea la señora de Raneville, lo acepto, vivamos felices los cuatro y
que haya víctimas del destino, pero no de los hombres"
...así como no entiendo cómo los orbes flotan en el espacio,
así también pueden existir cosas sobre la tierra que no acierte a comprender.
domingo, 18 de septiembre de 2016
Día Agitado de un Siete (falso)
No
me gustan las manos del Viejo, he de reconocerlo mientras comparto esta noche
junto a mis treinta y nueve compañeros. Nunca se limpia las manos después de
comer esa pizza grasienta y encima siempre nos baña con algo de cerveza. Para
el momento en el que todos ya están demasiado borrachos o cansados y nosotros
nos vamos, siempre terminamos todos pegoteados por sus detestables costumbres.
Cuando por esas cuestiones del azar que jamás comprenderé dos de mis camaradas
y yo terminamos de su lado, nos preparamos para lo peor. Para ser manoseados,
estrujados y revoleados, golpeando la madera con ese ruido seco mientras la estentórea voz del Viejo corta el aire con algún juramento de grueso calibre que siempre estalla acompañado por una perdigonada de
saliva, masa y mozzarella. Ya tenemos experiencia en sentir bien de cerca ese
desagradable aliento de condimentos de pizza, chimichurri o vino, según la
ocasión.
No logro entender si el Viejo
tiene algo personal conmigo. Por eso me gusta más cuando me toca con el Gordo,
que nos mira a todos igual, normalmente masticando un escarbadientes. Tampoco
le falta el chopp de cerveza en la mano cada vez que lo vemos, y debo reconocer
que su aliento y su vocabulario son tan vehementes como los del Viejo. Los
otros dos cambian seguido y no recuerdo sus nombres… El Tano, el Flaco, el Negro,
el Profe, etcétera. ¿Por qué voy a recordarlos si rara vez a nosotros nos ponen
un nombre? Acá somos como una familia, para mí somos todos iguales, eso es lo
que me molesta del Viejo más allá de sus modales y su higiene. No logro
entender por qué esa sonrisa cuando ve al más buen mozo de nosotros o a la más
linda de los cuarenta. A mis dos primos mayores los mira con respeto, cariño y
hasta excitación podría decir… pero es totalmente distinto cuando nos ve a mí y
a mi primo más chico. Aunque no siempre, a veces cuando aparecemos con cierta
compañía, también se pone contento… Pero con mis dos primos mayores siempre
sonríe. En cambio el Gordo siempre tiene la misma cara de gordo. Sólo me llama
la atención la manera en que levanta las cejas mirando al Viejo cuando ve llegar
al más apuesto de nosotros.
Oigo
la voz del Gordo cobrándole a un pasajero, otro que sube e indica una
intersección en Parque Patricios. La
oscuridad de la guantera es total y yo no puedo parar de pensar en la gesta de
esta noche, en la repugnante sonrisa del Viejo gritándole burlonamente a sus
dos contrincantes “hoy duermen afuera” una y otra vez tras habernos rociado con
su baba (a mí, al compañero que cuando viene conmigo el Viejo sonríe y a otro
más que estaba ahí de casualidad) al vociferar “¡treinta y tres, la concha de
tu hermana!”.
martes, 6 de septiembre de 2016
Tras la oscuridad de la banquina
Las
estrellas desparramadas entre aquel difuso resplandor nebuloso que muchos no recuerdan, desprecian o ignoran obnubilados por entretenimientos más elaborados quizás hayan sido las únicas testigos de la suerte de
ese pequeño Corsa que surcaba la anchura del país. Aquella oscura noche sin
luna el velocímetro se mantenía firme entre los 110 y los 120 kilómetros por
hora. Quien conducía, tercer dueño de ese vehículo, podía sentir el frío de la
madrugada rural como un montón de agujas clavándose entre la piel y los huesos
de los entumecidos brazos con los que asía el volante.
Casi como una máquina estaba dedicado a
masticar un chicle que hacía rato que no tenía sabor, pero hacerlo lo ayudaba a
mantener sus párpados bien abiertos. No le importaba, lo único que tenía en su
mente era la satisfactoria noción de que minuto a minuto el amontonamiento de concreto quedaba más
lejos, además de pensar en mantenerse a la derecha para evitar esos camiones chilenos
que de tanto en tanto lo sacudían con su molesto zumbido. El celular estaba
apagado desde que ese martes de cobranza había abandonado la oficina sin el más
mínimo dejo de pena o temor, habiendo concluido después de muchas dudas y
noches de soledad acompañada que tales emociones constituían sólo un
enclavamiento que lo restringía de ser quien siempre había deseado ser, en
beneficio de la triste y apócrifa satisfacción de meros espectadores perpetuos
que aún sin merecer voz ni voto enarbolaban día a día esas pusilánimes
consignas que intentaban atarlo a un
mundo frustrante que ya nada podía ofrecerle. Quizás eran sólo inconscientes repetidores
de lo único que habían sabido conocer ya que de todos los miedos existentes el
más antiguo y el más fuerte siempre ha sabido ser el miedo a lo desconocido, o
tal vez intentaban exorcizar la sensación de transitar una vida que no deseaban
creando la ilusión de que era imposible escapar a la ligadura de ese montón de
directivas. Leyes que en ese momento ya parecían obsoletas, lejanas, ridículas
y muy distintas a la carga que habían representado durante aquellos años de
existencia paralela a la vida que el conductor siempre había tenido en los más
íntimos rincones de su mente. Sin embargo no ignoraba que existía un último
bastión defensivo que debía burlar, una última garra que indudablemente estaba
intentando evitar que abandonara la ciudad para siempre. Tenía los ojos secos,
pero ni siquiera quería parpadear. El frío era terrible, no obstante se negaba
a encender la calefacción.
Debían ser ya
cerca de las tres de la mañana, no podía faltar tanto para el límite con San
Luis, que traía consigo el inicio de la autopista, último tramo hasta Mendoza.
Recién ahí planeaba detenerse y descansar para al día siguiente tomar la 40,
quizás hacia el Norte, quizás hacia el Sur, no sabía. Lo único que le importaba
en ese momento era observar maravillado toda esa inmensa oscuridad que envolvía
al auto en la planicie de la sección
cordobesa de la ruta 7. Lo desconocido iluminándose por sus luces altas a
medida que avanzaba y alrededor, la insondable oscuridad que se extendía más
allá de la banquina, mientras en un departamento de la ciudad su (ahora ya no) jefe
dormía desconociendo que nunca más iba a verlo. No necesitaba nada más. Era así
como siempre lo había querido. Unos cuantos kilómetros atrás había parado para
llenar el tanque, y ya no tenía la menor idea de qué hora era. Un par de horas
largas habían pasado desde que había dejado la estación de servicio… Un par, seguro
que eran un par. ¿Habrían sido dos horas? Tal vez tres… o cuatro… ¿O tal vez
cinco? La noche anterior no había dormido nada bien, y después de la detestable
jornada de oficina había ido a comprar víveres para luego tomar el Acceso
Oeste. Pero el Corsa parecía hasta vibrar de felicidad por rodar libremente, al
contrario que en esos lentos viajes al trabajo, plagados de odiosos semáforos y
atestados de vehículos conducidos por gente con amargos e infelices rostros
agrietados por años de cautiverio bajo el diagrama cómodo pero vacío de la vida
citadina (pensó qué triste desperdicio
sería morir en medio de todo eso) cuyo último defensor era ese
indescriptible ser que ahora lo observaba. Ya casi podía sentir la gélida mirada de aquel
ente que se alimentaba de las almas de los viajeros, se hacía ineludible el
acecho de ese silencioso fantasma que pacientemente aguardaba a sus víctimas,
oculto tras la oscuridad de la banquina.
El frío se
tornaba insoportable y con muchísimo temor encendió la calefacción. Reguló el
asiento para colocarlo en una posición que no le resultaba familiar ni cómoda,
cambió el insípido chicle, subió el volumen de la estridente voz de Halford. Otro
pueblo, otro camión que bajaba las luces al notar su proximidad desandando el
corredor transoceánico. Otro cartel indicando la distancia hasta Mendoza, otro
par de lentas luces rojas más adelante, otro sobrepaso en la espesa noche. Lo hacía
inmensamente feliz pensar la suma constante de kilómetros en ese
cuentakilómetros que había dejado de funcionar unas cuantas miles de
unidades antes, suma cuya magnitud apaciguaba cada vez más las voces de quienes
habían sabido enclavarlo tanto tiempo al lugar, al trabajo y a la pareja que ya
se habían introducido en el olvidable pasado. Imaginaba a su jefe yendo a la
oficina a la mañana siguiente sólo para descubrir la silla vacía, vestigio del
acto incomprensible y contrario a todas las leyes que la prisionera
personalidad empresarial endiosaba como inviolables. Al pasar un agotado 504 rojo
pensó en su jefe bebiendo un café, mojando torpemente con espuma ese repugnante
bigote mientras juzgaba a su empleado fugitivo para luego irse a un departamento donde ni el perro se
ponía feliz de verlo llegar tras la extinción del espejismo de su autoridad de
ocho horas. Lo imaginó entrando a su departamento aún con la embriaguez de
dominación, de marqués de la burocracia que le confería el poder de su
abrochadora, de su birome y de los aborrecibles formularios con los que tenía la
indiscutible autoridad de arruinarle el día a alguien. No hacía falta imaginar
que encontraba a su esposa con otro, suficiente castigo era la realidad del
choque entre su ilusión de poder y la sucesión de hechos cotidianos que
constituían su insípida vida. La imagen en el espejo de ese repugnante ser de camisa que se abría a la altura del ombligo, su mujer que ni siquiera le
hablaba y quizás lo peor de todo, la autoimpuesta condena de tener que fingir ante los demás ser un hombre poderoso y
satisfecho con su vida. Después pensó que la hija tenía seguramente en el
cuarto un poster de los Jonas Brothers, esos religiosos que ya se habían
separado y que una vez los metieron presos pero había leído en el suplemento de
espectáculos que ya los habían liberado…….. A continuación un horror
inenarrable lo invadió al identificar en este pensamiento un síntoma inequívoco
de la cercanía de aquella temible presencia que intentaba detenerlo o hacerlo
regresar. Se negaba férreamente a detenerse en medio de la nada si bien esto
era una clara advertencia de la seriedad del acecho, ¿cuánto faltaba para San
Luis?
Sacudió la
cabeza. Tenía que mantener ocupada la mente. Ramal Tigre del Mitre. Eléctrico,
salía de Retiro. Lisandro de la Torre, Belgrano C, Núñez, Rivadavia… Vicente
López… Ya se las sabía de memoria, no era un ejercicio mental suficiente. En
1995 Almafuerte hizo Mundo Guanaco, después Del entorno al año siguiente. El
disco de las cartas en el 98, “A Fondo Blanco” un año después…. El zumbido de
otro camión en sentido contrario lo despabiló un poco más. Ya se sentía mejor,
mucho mejor. Podía lograrlo. Recordó que el jueves anterior le había devuelto a
su amiga Mariana el libro de Cortázar que le había prestado. Ciertamente le
había gustado mucho. ¿Y ella le había devuelto el suyo? No podía recordarlo en
ese momento… Quizás se había olvidado de que le diera el suyo. ¿Seguía
importando?
Se encontraba
vagando entre sus pensamientos y su percepción cada vez más surrealista de las
estrellas en aquel cielo sin luna cuando se introdujo en el
vehículo aquel horroroso ser que tanto se había empeñado en evadir. Esta vez no
pudo evitarlo, ya estaba a su lado la cálida e intangible presencia que en distantes tiempos le había sido difícil hallar en los suelos plagados de infamia que había dejado atrás, aquello que algunos seres cautivos incluso buscaban en la ominosa industria farmacéutica. Vio las
montañas de Mendoza que pensaba recorrer al día siguiente. Vio la ruta 40 y
cada pueblo en donde planeaba detenerse a probar un plato típico. Vio la
oficina, vio una casita en medio de la nada sin siquiera energía eléctrica. Vio
cierta sonrisa y ciertos ojos y se preguntó por qué prefería permanecer
atrapada entre los engranajes de cemento. Vio a todos esos seres grises y
vacíos apuntándole con el dedo. Vio la madrugada en la que se había despistado
yendo a trabajar y las estrellas habían sido sus únicas testigos, esas
estrellas apagadas por el gran cúmulo de luz de la rutina pero que al fin y al
cabo eran las mismas que lo observaban en la ruta 7… y aunque no tuvo tiempo para
pensarlo, aquella mañana hubiera deseado que todo fuera así. Fueron escasos
segundos, sin embargo fue suficiente para que cumpliera su cometido aquella entidad nefasta que acechaba tras la oscuridad de la banquina, que pretendía arrastrarlo
nuevamente a un lugar donde sus deseos de enredarse sin rumbo en las rutas
siempre habían sido condenados a la vez que se consideraba loable el método de existencia de
pobres seres como su (ahora ex) despreciable jefe. Cuando abrió los ojos lo
único que vio fueron dos luces blancas.
lunes, 15 de agosto de 2016
Del Mecanismo (La Advertencia del Maquinista)
Mendoza
y sus interminables viñedos a la vera de la Ruta 7. Las sierras de córdoba, los
pueblos y sus plazas, él tocando unos temas con su guitarra ahí, tal vez
conociendo gente nueva. La puesta del sol haciendo un rudimentario asado al
costado del camino en algún escenario pampeano árido y desconocido. Los
senderos del Sur de los que tantas fotos había visto, y en el otro extremo las
montañas y la amabilidad de la gente del Norte que en alguna canción había
escuchado mencionar. Aquel pueblito entrerriano del cual cierta vez un
camionero había hecho mención al recordar que ahí había probado la mejor
cerveza de su vida. La ruta por la noche, él manejando, él en un detestable
micro de larga distancia, acompañado o rodando en soledad. Su mente deambulaba
por centenares de recuerdos que jamás habían acontecido. ¿Algún día podría escapar? Mientras servía el café, se halló a sí
mismo contemplando cualquier lugar del mundo, excepto aquel lugar donde estaba
su cuerpo… una vez más.
El reloj había
estado siempre ahí, contemplando todo desde la pared de la cocina, ofreciendo esa ilusoria imagen cíclica del
tiempo, quizás para intentar convencerlo de que siempre habría otro día a
continuación. La quietud de la mañana sólo perturbada por el sonido del
segundero lo hizo verse sentado
contemplando el cosmos por la ventana de
un ferrocarril. No parecía tener intención de frenar, sin embargo las luces
fantásticas que lo envolvían no parecían moverse. Sentía como el tren
inexorablemente se alejaba pero a su vez se mantenía en el mismo lugar, hasta
que la tostadora lo trajo de vuelta a la lúgubre cocina.
Miró fijamente
por unos instantes las dos humeantes tazas de café que en algún momento le
había emocionado preparar, contempló la vieja heladera, reparó unos instantes
en la lámpara que colgaba del techo. Rodeado de esos testigos silenciosos, se
sintió terriblemente quieto y solo. Lo
que las agujas jamás podrían representar -pensó Sebastián mientras untaba unas
tostadas con mermelada- era aquel imparable movimiento que acompañaba los
ciclos. Abrió la heladera para buscar la leche y se fijó un momento en la nota
bajo el imán: decía “Te amo bombón”, frase que no hizo más que acrecentar la
vacía sensación de desplazamiento temporal sin movimiento en el espacio que la
acompañe, aquello que siempre resultaría incomprensible para los mecanismos de
relojería. Porque entre todas las imágenes que había contemplado sirviendo el
café, en ningún lugar estaba ella. Ella, la que estaba esperando el desayuno en
la cama, esperándolo para darle todo su cariño, con esos mimos que ya no le
sabían a nada. Con tres cucharadas de azúcar era como le gustaba a ella, y
ahora el café giraba expresando también de alguna manera más rudimentaria que esa mañana se estaba yendo, que los rayos
débiles del sol de esa nublada y oscura mañana de invierno lo encontraban una
vez más preguntándose si realmente deseaba estar ahí. La quietud de los árboles
que observaba por la ventana era tal que hasta parecía escuchar el acusante
susurro de su conciencia que una vez más se preguntaba si aquello que lo
aguardaba entre los brazos de esa chica era realmente cariño.
«¿Y las llegaste a amar? Entonces no es amor
lo que sentís por mí, es algo superficial. El amor es algo que se siente una
sola vez en la vida. »
Acudiendo a
reforzar esa pequeña voz interna que él no quería oír apareció el recuerdo de
esos gritos en la oscuridad de su habitación y de la interminable discusión
absurda que los sucedió. Se apoyó contra la mesada. Su mente automáticamente desenterró
profundas memorias de aventuras, de risas, de viejos momentos en los que al
abrazarla había sentido que no necesitaba más nada. Quizás como un intento de
compensar la mortal y fría sensación de agotamiento y de vaciedad que en ese
instante invadía su cerebro y cada célula de su cuerpo, lo único que lograban esos recuerdos era
girar la llave esperando oír el motor de arranque de un auto que no tenía
batería hace rato.
Y él sabía que
ese burro no iba a girar. No iba a girar nunca más, aunque no quisiera
aceptarlo e inexplicablemente siguiera intentando empujar y empujar. ¿Para qué, no es suficiente ya? ¿Estás realmente siendo tan feliz como las
fotos románticas de tu facebook indican, o es hora de asumir que estás viviendo
una parodia de lo que alguna vez fue tu vida?
Trataba de
hacer que esa vocecita se callara, pero una vez que comenzaba a hablar era
imposible pararla.
«-¿Podés venir una hora más tarde? Tengo que
terminar un trabajo de la facultad.
-Ya entendí que no querés que vaya. Yo soy
una boluda porque estoy idealizando todo y
vos no te esforzás por mí»
Pero la
pequeña voz seguía provocativa y trayendo citas que parecían venir a responder
la cuestión que nuevamente lo había invadido esa mañana: si realmente era ahí
donde deseaba estar, si realmente eran esos el entorno y las circunstancias
hacia donde los deseos más profundos de su mente (que al fin son los únicos que importan) apuntaban. Ahora lo único
que deseaba era que esa voz enmudeciera y pudiera permitirle pensar. ¿Pero no
era acaso esa vocecita el abogado de sus más profundos pensamientos,
defendiendo los verdaderos intereses de su más íntimo ser? ¿Era eso el
verdadero hilo de su pensar, o debía continuar suprimiéndolo? Intentaba evadir
la ineludible conclusión de que esa voz era simplemente él.
Temía sacar la
cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que las cosas eran así, pero sentía
que los últimos meses habían sido sólo una sucesión cíclica de trabajar, ir a
la facultad y ver a su novia… esto último con el decrecimiento de felicidad que
le producía ya no hacerlo por propia voluntad sino por compromiso y obligación.
-¿Obligación de quién carajo? – la
vocecita volvió a formular la pregunta que él lisa y llanamente desconocía cómo
responder. Y fue entonces cuando no pudo evitarlo y recordó otra ocasión en la
que ese cuestionamiento había sido articulado. La noche del sábado, cuando
había ido a reunirse con dos viejos amigos a un bar… sin ella. Meses enclavado
a la rutina cuya obligatoriedad el malhablado abogado ponía en duda lo habían
llevado a ver una simple cerveza con sus amigos como un evento fuera de lo
común que para ser consumado precisaba de una larga pugna burocrática. El mismo
procedimiento que debía atravesar ante cualquier desvío de la lúgubre sucesión
en la que se había transformado su vida.
Esa noche de
sábado que acudía a su mente como una prueba fidedigna a la que el abogado se
aferraba, sentía cómo su celular vibraba sin parar en su bolsillo mientras su
amigo le servía la cerveza. “¿Qué estás haciendo? ¿Dónde estás? ¿No entendés
que me vine a vivir acá por vos que te cagás en todo?” eran algunas de las
cosas que estaba recibiendo. Ver a sus amigos era una ocasión que cada vez era
más difícil de encontrar, y ahí estaba forzando una sonrisa sin lograr librarse
de la injusta auditoría constante que esta chica había llegado a instaurar en
nombre del amor. Recordó cómo en ese momento la vocecita del abogado había tomado
la palabra: “La viste todos los días de
la semana, ¿tanto se va a enojar porque un día hagas otra cosa? ¿Realmente te
parece que sea amor si ante cualquier cosa que hagas vos como entidad que tiene
vida propia todo se transforma en acusaciones y violencia?”.
“Traeme
la plata que me estás guardando en el banco, ahora”, seguían rezando los
mensajes cuando fue al baño, y mientras intentaba pensar qué responder cayó en
la cuenta de que momentos como esos también eran parte de su triste, ridícula y
payasezca rutina. Este momento era gemelo de aquella vez que él había ido a un
simple asado de camaradería con sus compañeros de la facultad, cosa que había tirado
del gatillo de la ametralladora de acusaciones (y de pelotudeces de grueso calibre, como agregaba el abogado cuando
no era suprimido). Y a su vez la catarata de mensajes acusatorios del asado era
una mera recreación de tantas otras obras dramáticas más. Abstraído por esos
pensamientos estaba en el baño del bar cuando intentó abrir la puerta sin
cerrojo del único inodoro sin advertir que estaba ocupado, a lo que un hombre
que aguardaba parado al lado lo agarró del brazo y le dijo “No, hay uno
cagando. Y yo que quería tomar… pero bueno, peor que quieras tomar y estén
cagando sería que quieras cagar y estén tomando”. Minutos después de oír aquel
rapto filosófico se encontraba en el colectivo volviendo a verla, para caer
nuevamente en el mecanismo de esa detestable rutina indefendible.
El
café comenzaba a enfriarse (como todo
acá) y Sebastián continuaba parado en la cocina. Sabía muy bien que el
ferrocarril que había observado en ese estático cosmos no iba a tener nunca
intenciones de detenerse o de aminorar su marcha para esperarlo, sin embargo
eso no era lo que turbaba su mente ya que le parecía inevitable. Lo que lo
estremecía era ver cómo los minutos de su vida se escapaban a través de los
barrotes imaginarios de la ventana de la cocina, de la ventana de su
habitación. Sí, realmente odiaba cada
centímetro cuadrado de ese departamento de mierda. Y también odiaba la
mirada vigilante de esos dos peluches que en su mirada de plástico guardaban la
verdad del amor enfermo en nombre del cual habían sido regalados. Imágenes del
momento tierno y cariñoso en el que ella le había regalado esos peluches
acudieron inmediatamente, sucedidas por el recuerdo de lo que había ocurrido
cuando esa noche él volvió de bañarse. Quizás el regalo había sido parte de una
fría premeditación en forma de intento de amortiguación del ataque que vendría
después, o tal vez solamente de la misma manera que un adicto sufre de súbitas
recaídas ciertas personas tienen la necesidad de generar problemas cuando todo
está bien.
«-Me tenés que explicar algo, te revisé el
celular. Vos te seguís viendo con tu ex novia.
-No, hace dos años que no la veo»
El
abogado de esos profundos pensamientos que sólo querían escapar no necesitaba
citar la conversación completa, sólo recordar que ante la demostración que la
acusación era totalmente absurda, lejos de pedir perdón ella continuó,
agarrando el celular:
«-¿Y quién es esta?
-Una amiga que tengo hace años, aunque no la
conozcas.
-Hay una que te pregunta quién sos. Le estás
hablando a desconocidas.
-No, esa es mi amiga y vos la conocés, sólo
que cambió el teléfono y perdió los contactos. Fijate que antes de esa pregunta
hay más conversación.»
Igual que el
borracho perdido que ya arruinado y agarrándose de las paredes entra a una
taberna y pide a gritos su whisky favorito, escucha preocupado del cantinero
que ya se acabó y le pide uno de menor calidad que tampoco queda, y al final
termina pidiendo una cerveza que no puede pagar. ¿Era consciente de que existían problemas reales que ella se negaba a
encarar como para andar en ese juego?
¿Era esta
rutina el amor? ¿Alejarse de los amigos, sacrificar toda actividad ajena al
romance, dejar de ser uno mismo para dedicarse ayudar y satisfacer los
caprichos de otro, recibiendo a cambio desconfianza constante y allanamientos dignos
de la división de delitos informáticos? “Nunca me van a convencer de que el
amor es toda esa mierda” había dicho Sebastián alguna vez al observar amigos
atrapados en relaciones enfermas, y antes de que se diera cuenta ahí estaba él
incapaz de detener el engranaje de esa aberrante rutina. Pero para el resto del
mundo estaba todo bien. Él aparentaba ser enormemente feliz con el cartel de “tiene
una relación” bajo esas fotos de besos y sonrisas. Nadie iba a juzgarlo.
Pero cuando seas viejo y sientas que tenés
los días contado… ¿vas a recordar lo que pensaban los demás y esas fotos lindas
o vas a pensar que perdiste tu vida estando en un lugar donde no querías estar,
siendo alguien que no quisiste ser?
Ya lo había
decidido, no podía aguantar más. Iba a ir y decirle que no quería verla más.
Iba a irse muy lejos, iba a recuperar a sus amigos. Iba a ponerse al día con la
facultad y con todas las cosas que le gustaban hacer antes de conocerla. Iba a
tener que enfrentar el mundo solo nuevamente, construir algo nuevo, sí, dejar
de tenerla ahí para todo lo que quisiera. Sintió ese pinchazo que acompaña esa
sensación de tener un pie fuera de la comodidad de la vida conocida… Sí,
comodidad que se había tragado casi todo lo que él era antes. Y se encontraba
pensando que ya no había otra opción que enfrentar nuevamente solo este mundo
tan complicado pero hermoso cuando unos ruidos en la habitación lo hicieron
abandonar todo ese debate interno. Ella se había despertado. El abogado
descendió nuevamente a las entrañas de aquel triste depósito de sueños
postergados en el que se había transformado su psiquis, refugiándose como un
ladrón al ver luces azules.
El pinchazo de inseguridad e incertidumbre se sintió más fuerte que nunca. En la cocina, el reloj continuaba cumpliendo ciclos. Sebastián colocó las tazas de café y las tostadas en una bandeja, caminó hasta la habitación y cruzó la puerta con una sonrisa. En alguna parte, un tren sin intenciones de detenerse corría sobre los rieles sumergido en un estático y nebuloso paisaje. Entre los ruidos y la grasa de la locomotora, el maquinista murmuró “qué pelotudo”.
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El pinchazo de inseguridad e incertidumbre se sintió más fuerte que nunca. En la cocina, el reloj continuaba cumpliendo ciclos. Sebastián colocó las tazas de café y las tostadas en una bandeja, caminó hasta la habitación y cruzó la puerta con una sonrisa. En alguna parte, un tren sin intenciones de detenerse corría sobre los rieles sumergido en un estático y nebuloso paisaje. Entre los ruidos y la grasa de la locomotora, el maquinista murmuró “qué pelotudo”.
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miércoles, 22 de julio de 2015
Calidad Compositiva (22/07/2015)
"El rock debe ser simple, do acorde!!" - Luca Prodan
Furiosos
tappings e intrincadísimas escalas inundaban de virtuosismo musical el auto de
un muchacho que esta noche estaba muy contento. Mientras conducía su 208
blanco, en su mente se proyectaban imágenes de los dedos de aquel heroico
guitarrista pulsando las cuerdas a velocidades que ponían en duda las leyes de
la física moderna. Él había tenido la suerte de verlo desde la valla unas
semanas atrás, y no se había perdido un solo instante de observar la avanzada
técnica que aplicaba al ejecutar su instrumento. Hasta casi había logrado
agarrar la gloriosa púa a mitad de vuelo, pero por pura obra de Mandinga había
rozado la punta de sus dedos para desviar su trayectoria y terminar presa de las
manos de un gordo. Pero no importaba, él todavía no podía creer la cátedra de
puro virtuosismo, complejidad musical y técnica que había presenciado.
De todas formas, el motivo de su felicidad la
noche en cuestión era otro.
-Hey, ¿no querés
que pasemos por una estación de servicio a comprar algo para comer? - le dijo
la chica que iba en el asiento del acompañante, trayéndolo de vuelta al planeta
Tierra-. Adentro te rompen el orto de acá hasta Lomas de Zamora…
-Eeeeehhhh
bueno… No, no sé. Elegí vos – contestó, visiblemente afectado por la
interrupción de su safari por el mundo de las más retorcidas escalas y arpegios
-. Pienso que deberíamos comprar provisiones pero no tantas puesto que vamos a
pasar sólo una noche y además no es mi intención alarmar a los encargados de
conserjería ingresando con bultos muy alevosos, podrían percatarse de que estamos
contrabandeando alimentos adquiridos afuera.
Amaba
embellecer sus frases de una manera un tanto inusual, dotándolas con cierto
formalismo y misterio. Hasta sentía algo de placer cuando utilizaba alguna
palabra rescatada de las profundidades más olvidadas del diccionario y su
interlocutor le preguntaba qué significaba. Porque él detestaba el
empobrecimiento del idioma, tal como detestaba la música cuadrada y de fácil
interpretación. Y por supuesto también le encantaba expresar esto último
siempre que se le presentaba la oportunidad. Como por ejemplo en el momento que
siguió a continuación, un rato después de que trabara la puerta.
-¡Esta habitación
está re buena! ¡Tiene para enchufar el celular y poner música! A mí me encanta
escuchar unos temas de Motorhead, de los Ramones o de Pappo en estos momentos…
- le dijo la chica, acariciándole el hombro con una piernita.
-Naaaah, ni
ahí. Eso es de baja calidad compositiva. Es re cuadrado – contestó él, y la
piernita dejó de acariciarlo-. Prefiero estimular mis sentidos con algo de
mayor complejidad musical y poder apreciar el virtuosismo y los años que los
excelsos músicos que oigo han invertido en el conservatorio.
-Pero… bueno,
dejalo ahí – le dijo la minita.
Y tal como le
gustaba apreciar las avanzadas técnicas musicales y la riqueza del idioma,
también era un orgullo para él aplicar la misma complejidad cuando estaba a
solas con una chica. Sorprendentemente, a pesar de la creciente cara de culo de
su compañera, momentos después pudo ponerlo en práctica. Pero no por mucho
tiempo.
-No, pará, no
me gusta.
El
muchacho casi se vuelve loco al oír esas palabras.
-¿Cómo que no
te gusta? Llevo semanas practicando todas estas posturas complejas y leyendo
sobre técnicas para hacerte sentir más placer… ¿Y me decís que no te gusta?
-No… Mirá, sos
buen pibe, pero todas estas vueltas… No sé, como que no me termina de calentar.
-¿Me estás
jodiendo? ¿No viste todas las posturas que sé hacer? Todas mis técnicas… Es
como decirme que no te gustan mis discos de metal progresivo y defenestrar todo
el virtuosismo de esas guitarras…
La
chica ya se había vuelto a poner su tanguita, dando cuenta de que la situación
ya era irreversible.
-Yyyy mirá, mi
ex ponía un disco de los Ramones y me re garchaba – replicó la chica, echándole
querosén al fuego que se había encendido donde lo que menos había habido era
fuego-. Vos sos igual que esos músicos de mierda que escuchás, mucha técnica,
mucho virtuosismo pero no tienen sentimientos al tocar y no le ponen onda… No
transmiten un carajo. Mi ex no se sabía ni la mitad de esas posturas raras que
te aprendiste pero no las necesitaba, me dejaba feliz… vos me re embolaste.
Igual que todas esas bandas que vos decís que son de baja calidad compositiva, no
sabrán ni en pedo todas esas técnicas de las que tanto te gusta hablar… pero
sirven para transmitir lo que sienten. Eso es lo que cuenta. Esos giles que
suben videos diciendo que tocan diez mil notas por minutos, ¿de qué mierda les
sirve? Si suenan como un robot y no expresan nada…
El rostro
desencajado del muchacho tampoco iba a ayudar a revertir este acto de
sacrilegio, blasfemia, injuria y descrédito hacia el profesionalismo de los más
destacados músicos del mundo.
-Vos estás en
contra de la evolución de la mente humana, nena – el muchacho revoleó su remera
estampada con el logo de una banda de alta calidad musical contra la pared, las
cosas se habían puesto muy intensas-. No sabés de lo que estás hablando, algún
día te vas a dar cuenta que estás muy errada en tu pensamiento primitivo y
opuesto a la exploración y a la experimentación en la composición…
-Dale, flaco,
hasta hablás como un pelotudo usando esas palabras para hacerte el interesante
y camuflar lo vacío que estás – dijo la chica, que ya había terminado de
vestirse.
-¡¡¡Vas a
transitar tus tristes días encasillada en tres acordes cuadrados!!! – le gritó
él mientras ella cruzaba la puerta de la habitación.
“Andá a
hacerte coger” fue la única respuesta que obtuvo. Volvió a trabar la puerta, ya
que estaba ahí se iba a quedar a dormir, si no era plata al pedo. No le quedaba
otra, iba a aprovechar todo lo que le daba el hotel… Se sentó en la computadora
y buscó videos de esos guitarristas asiáticos que tocaban con tanta rapidez y
virtuosidad, y estuvo dos minutos viéndolo hasta que se percató de que algo
andaba mal. Levantó la persiana lo más rápido que pudo y miró entrecerrando los
ojos. Pudo ver, a lo lejos, un 208 blanco con una inconfundible calcomanía de
su banda favorita pasando un semáforo en rojo. Pero bueno, al menos lo
reconfortaba que él no iba a vivir una triste vida encasillado en tres acordes
de mierda. Y al menos el tenía la púa de aquel excelso guitarrista. Ah no,
cierto que sólo le había rozado los dedos y se la había quedado un gordo.
Igual, al menos la había rozado, al menos él sabía apreciar la calidad
compositiva. Se acostó y se hizo la paja, mientras de fondo todavía sonaba
aquel guitarrista asiático.
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