jueves, 27 de abril de 2017

El Demonio en lo del Gordo (o el Gordo endemoniado)

"He aprendido más acerca de América en los taxis que en todas las limusinas y coches oficiales del país"

El viaje hasta Parque Patricios era largo y la noche estaba muy silenciosa... en un semáforo, el viejo taxista guardó un mazo de cartas todo grasiento en la guantera, me echó una mirada por el espejo y antes de arrancar comenzó a contar esta historia...

Si había algo que al ingeniero Siliberti le encantaba hacer era verduguear a los ocultistas, a los religiosos y a los que tenían creencias sobrenaturales. En los asados con sus colegas de grueso porte solía (entre discusiones y relatos ingenieriles) dedicar largos discursos a resaltar la poca inteligencia de los adeptos a tales prácticas y pensamientos. A pesar de sus largos años académicos y de profunda lectura, jamás se le había pasado por la cabeza que tal como para un microbio resultaría incomprensible la pasión de un hincha de Racing, también puede ser factible la existencia de muchas cosas en el universo que resulten incomprensibles para el ser humano. Despreciaba intensamente todo aquello que no tuviera sólidos fundamentos científicos, y nunca había creído en fantasmas, en esoterismo, en Dios o en esas cosas, hasta el día que con un inenarrable horror presenció un acontecimiento que jamás habría podido ser posible en el firme dominio del pensamiento científico: el ascensor de su departamento le dijo “usted es puto”.

                Tantos años dedicándose a motores eléctricos, servomecanismos, transformadores, y jamás había escuchado hablar sobre un ruido así. Porque seguramente había sido algún extraño ruido por una falla mecánica del ascensor, pensaba el gordo Siliberti. Mejor no iba a usarlo más, a lo mejor su exceso de peso sumado a esa falla podía terminar en tragedia. Trató de olvidar tal extraño y abominable suceso, sin embargo en los días que siguieron bajó por la escalera. Eran sólo dos pisos, no era tanto, aunque con el correr de los días empezó a extrañar la comodidad y la inmediatez del elevador. Cada vez que en los pasillos captaba algún fragmento de conversación entre sus vecinos prestaba especial atención para ver si lograba pescar alguna queja o algún comentario sobre el ascensor malhablado pero no pudo oír nada, sólo “las expensas, el agua, la luz, no se puede vivir ya”, “este administrador es un forro y el hijo es un pelotudo, seguro lo mantiene él… boludo grande”, “yo laburo, yo pago los impuestos” y alguna vieja diciendo “a esos negros que toman droga en el  camión abandonado de Paroissien hay que matarlos a todos, esto con los militares no pasaba”. Una mañana de coraje (o de falta de ganas de bajar la escalera, o de temor de llegar tarde al trabajo) se aventuró a tomar el ascensor. Un tanto nervioso, Siliberti sacó su celular y entró a su sitio de búsqueda de pareja favorito para verificar que una vez más no había recibido ningún mensaje. Lo que más le gustaba de ese sitio era que había un montón de mujeres buscando sexo casual, lo malo era que la mayoría eran veganas y no lo iban a querer. Grata sorpresa fue escuchar el zumbido del motor, los ruidos de siempre y nada más. Cuando se dio cuenta, ya estaba en la planta baja. El día laboral en la planta fue productivo, apasionante y terriblemente aburrido. El tema fue cuando, totalmente desentendido ya de su breve caída a las garras del esoterismo y las creencias ilógicas y disponiéndose a bajar del ascensor, la misma voz susurró “usted es gordo puto”. Esa noche el gordo cerró la puerta y se encerró en su habitación, apenas pudo dormir. Se tapó completamente, como para protegerse de lo que fuera que lo estaba acechando.

                Los días que siguieron bajó por las escaleras, y cuando alguno de los boludos de sus vecinos lo veía y le preguntaba “¿Qué? ¿No anda el ascensor?” el gordo bueno esquivaba el asunto con una sonrisa tímida y un “no, es que quiero hacer un poco de gimnasia” moviendo las manitos nerviosamente de lado a lado. Una sucesión de extrañas ideas sobre aberraciones y deformidades del electromagnetismo transitó por la mente del gordo, a tal punto que llegó a conjeturar y a convencerse de que esas frases audibles eran producto de una radiointerferencia en alguna parte del ascensor que se comportaba como receptor de radio. Se convenció a sí mismo con la teoría de la radio, y sobre la inquietante temática de las frases que había oído se metió en la cabeza que Dios a veces juega a los dados con el Universo y que le había tocado escuchar fragmentos de un programa de chistes verdes o de algún radioteatro de índole sexual, como también podría haberle tocado escuchar a un pastor evangelista, una noticia sobre la mansión de un diputado corrupto o una propaganda de borrachos arrepentidos. Una semana duró en pie tal teoría… una semana de mierda con el gordo nervioso subiendo y bajando las escaleras pensando que en cualquier momento aparecía un vecino y tenía que repetir la pelotudez de que estaba bueno hacer gimnasia. El lunes que siguió fue uno de esos días de mierda en los que Siliberti volvía tarde y destruido a su departamento. Se le había ido todo el día entre la fábrica y el posgrado que estaba cursando, y en el colectivo no paraba de preguntarse si no estaría haciendo algo mal. Ya no se acordaba de cuándo había sido la última vez que había tenido alguna linda salida con una chica o de cuánto hacía que no se cagaba de risa con los amigos tomando cerveza. Ya había perdido la cuenta de cuántas actividades y cuántas invitaciones había resignado por falta de tiempo. Al volver tarde por la autopista en un colectivo limitado a 60 km por hora manijeándose con todo eso y sabiendo que el día que seguía iba a ser igual, para el gordo era inevitable pensar en ese momento que no existía ningún discurso moralista sobre la importancia de estudiar que pudiera hacerlo sentir mejor. Aún con la cabeza plagada de esa triste manija estaba cuando se dio cuenta que la cosa se había puesto realmente fea, porque por primera vez en su vida consideró seriamente llamar a un exorcista: el armario donde guardaba su vieja guitarra y otras porquerías viejas que ya no usaba le dijo “usted es un gil, se hace el que no cree pero bien que en la facultad cada vez que hay un examen se pone su calzoncillo de la suerte porque le da miedo”. Fue entonces cuando un horror imposible de medir y de definir se apoderó de cada célula del gordo. Un horror que trascendía más allá de la ciencia, del universo observable y de las ecuaciones de Maxwell. Pensó en ir a lo de sus padres, cosa que descartó al imaginarse la cara de su viejo al escuchar que la razón de su inesperada visita a la una de la mañana de un martes era un ascensor y un armario que lo verdugueaban. Se terminó tomando un remís hasta Acceso y ruta 197, donde durmió en un albergue transitorio cuya sórdida mención era disonante e infame aún en ambientes de notable turbidez. “No, mi novia ahora viene, fue a comprar cigarrillos, ¿podré ir pasando igual? Que quiero ponerme mi disfraz de abogado que a ella le encanta” le dijo al recepcionista, que no le creyó un carajo porque el gordo era bueno y no sabía mentir (aunque la realidad habría sonado aún más inverosímil). “Va a tener que ser un poco más… porque acá no permitimos venir de a uno, y me estás metiendo en un compromiso”, dijo el empleado, quizás de cagón o quizás de hijo de puta aprovechándose de la cara de miedo y vergüenza del gordo. “Es mi laburo, qué querés que le haga, disculpá” agregó el empleado y Siliberti terminó pagando casi el doble, además del viaje hasta allá, que lo hizo creyendo que en un hotel de tal categoría no iban a tener problema en dejarlo pasar solo. Cuando avanzó por el pasillo el empleado murmuró algo sobre que tenía hijos que mantener, pero el gordo ya no escuchaba. Esa explicación para el empleado del telo había sido mil veces peor que el “no, está bueno hacer gimnasia” al que ya se había habituado, el gordo se preocupó al notar que la cosa estaba empeorando… menos mal que era lunes y que además le habrá tocado una habitación ubicada entre dos cuartos vacíos, porque el pobre gordo con las primeras luces del día tenía que ir laburar y ya era más que suficiente entre sus pensamientos retorcidos y la vocecita verduguera del demonio que se le había metido a su departamento, que eran más o menos lo mismo.  Volvió a pensar en llamar a un exorcista, pero por cuestiones de propio orgullo tenía que ser confidencial la cosa.

                  Pudo dormir dos horas más o menos, y con las primeras luces de la mañana invernal salió rumbo al trabajo. Trataba de no pensar. Sospechaba que sus compañeros de trabajo lo notaban extraño, y de hecho seguramente era así. Un día de mierda tuvo Siliberti, y esa noche el horror llegó a su punto máximo. El gordo se había comprado una latita de cerveza y unas papas fritas, nada más, porque con todo lo que le estaba pasando casi no tenía hambre. Miró el platito de plástico descartable que le habían dado en el local de comidas, miró la basura y la suciedad que se acumulaba en su departamento, los calzoncillos y medias sucias tiradas por ahí, los diarios apilados, la caja de mugrienta y desvencijada con herramientas oxidadas y se sintió sumido en un gran agujero negro lleno de mierda de donde no podía salir, peor aún, sintió que su vida no podría  haber sido expresada con exactitud ni siquiera en la más repugnante descripción de Bukowski. Y ahí fue cuando nuevamente el armario (o más bien lo que mierda hubiera dentro del armario) le habló, y esta vez fue más explícito e hiriente que nunca: “gordo gil, qué hiciste con tu vida, vení y agarrá la guitarra como siempre quisiste pero nunca te animaste, terminaste con una vida aburrida por cagón”. Totalmente desprevenido lo había agarrado, el gordo revoleó la latita de birra contra el armario con todas sus fuerzas, se levantó y ya consumido por la desesperación le gritó “¡¡¡¡La concha de tu madre!!!! ¡¡¡¡Dejame comer papas fritas en paz!!! ¡¡¡¡Dejame comer mis papitas!!!! ¡¡¡Enano hijo de puta, salí  de ahí que te hago mierda… te hago mierda!!!”. El ingeniero Siliberti, tan seguro de dominar la realidad a través de la ciencia y la tecnología, estaba ahí en slip color gris con elástico bordó gritándole a un armario polvoriento al que acababa de revolearle una lata de cerveza. Aunque se hiciera el guapo estaba realmente cagado en las patas y todo su desprecio por los planos esotéricos había desaparecido por completo. Miró de nuevo al armario y los rayos de luz lunar que entraban por la ventanita iluminando partículas inmundas, y lo peor de todo era que no podía contarle de esto a nadie, todos sus colegas iban a cagársele de risa. Ni siquiera quedaba el gato, que con la voz diabólica ni siquiera se había calentado en levantar las orejitas pero que cuando el gordo empezó a putear y a revolear cosas en calzoncillos salió rajando a meterse debajo de la cama. Y esto era lo que más le carcomía la cabeza al pobre gordo, que estaba completamente solo con un duende maldito metido en ese armario de mierda.


                Los días que siguieron la salud mental del gordo empeoró muchísimo, hasta llegó a faltar a sus clases del posgrado. Volvió a dormir en el telo, algunos días comía en Burger King para retrasar su llegada al departamento, y por todas estas cosas el gordo estaba hecho una cagadera de guita bárbara. Pobre gordo, realmente. Ni siquiera podía comer papas fritas en su casa… ya ese lugar no era su hogar. Estaba usurpado. Porque a uno le puede faltar un lugar para dormir y tener que dormir en el piso, pero si uno ya ni siquiera puede sentarse a tomar una lata de cerveza y a comer papas fritas sin que lo verdugueen, entonces no tiene nada.  


Y así siguió su vida hasta que un día apareció en el bar. Terminábamos de comer una pizza bien grasienta cuando el gordo apareció todo mojado y cagándose de frío, debe ser que yendo a Burger King pasó por la puerta y se acordó que nosotros los jueves nos juntábamos ahí. Estábamos jugando al truco cuando llegó, éramos cuatro ya, no había lugar para él pero se quedó ahí callado mirando el partido y se pidió una porción de fainá. Apenas habló, nosotros nos preguntábamos con la mirada “qué carajo le pasa” y en un momento ya era un poco incómodo tenerlo ahí sentado. Así pasaron varias semanas, el gordo venía, comía algo y a veces jugaba al truco como el culo, nunca le había gustado… Tampoco le había gustado nunca la temática guaranga que había en una mesa de taxistas, pero venía igual y se quedaba hasta que nos íbamos, por eso nos dábamos cuenta que al gordo algo muy malo le estaba pasando. Hasta que llegó un jueves feriado, creo que era el día de San Martín, no había nadie en la calle y no habíamos ganado un mango, entonces pensábamos comer una o dos empanadas cada uno y volver a laburar, nada de quedarse escabiando y jugando al truco. El Tano y el Profe ya se habían subido a sus autos, y Siliberti justo entró al bar cuando yo estaba en el viorsi. Cuando salí lo vi ahí parado desconcertado, buscándonos, y le expliqué lo de la poca recaudación, que me tenía que ir, y le ofrecí llevarlo en el taxi hasta la casa.

-No, dejá… me voy caminando
-Dale gordo, ¿cómo te vas a ir a pata hasta allá?  Es tarde encima. Dale, te llevo.
-No… tengo ganas de caminar…
-Dejate de joder…

Hasta que el pobre gordo se puso a llorar y me abrazó. Hice que se sentara, compré una cerveza y le pregunté qué carajo le pasaba, a lo mejor había cagado fuego algún pariente. Y me quedé ahí, hasta bien tarde, escuchando toda esa historia que te estoy contando. Volví a mi casa sin un mango y muy preocupado por el gordo, aunque lo noté más aliviado, nunca le había hablado a nadie sobre el asunto de la entidad demoníaca. Al final lo llevé hasta la casa, ya tarde, porque lo invité a mi casa y no aceptó. Y me sentí un hijo de puta cuando le dije que no iba a poder verlo el jueves siguiente porque era el cumpleaños del forro de nuestro jefe de la agencia de taxis y teníamos que ir. Nos llevó a comer sushi en ese cumpleaños de mierda, y yo no podía parar de pensar en el gordo. Me sentía mal, me imaginaba ahí al gordo solo en su departamento peleándose con el demonio o revoleándole papas fritas en calzoncillos a un armario. Pero no, al otro jueves apareció en el bar con una sonrisa y estuvo totalmente distinto… se reía de las boludeces que decíamos, aportaba las suyas y hasta ganó un falta envido y un vale cuatro espectaculares. En un momento me empecé a asustar, me manijeaba con la idea de que a lo mejor el demonio se le había metido adentro y nos estaba engañando para matarnos, como en esas historias en las que el Mandinga se hace pasar por bueno. Pero no, después me agarró aparte y me contó lo que había pasado el jueves en el que me vi forzado a comer sushi. Empezó con un “no sabés no sabés no sabés” y me contó que se había animado a invitar a salir a una chica que trabajaba en su empresa, que él sospechaba que tenía novio pero se animó igual y le dijo que sí. Tanto era el miedo que tenía de ir a su hogar usurpado que se animó… Era eso o juntarse con los otros pibes que lo conocen de la secundaria como nosotros, sólo que ellos hablaban de sus días en las universidades de arte y lo verdugueaban por la vida que llevaba, ahí se sentía incluso más incómodo que con nosotros. Porque escuchar las cosas que le decían era más o menos lo mismo que escuchar al enano maldito que se le había metido al ropero. Pero sea como sea, cuando se dio cuenta estaba frente a frente con la chica en un barcito tomando cerveza:

-Yo trato de ir a Mostaza porque Burger King es una multinacional y a mí me gusta que la plata quede en el país. A lo mejor muchos creen que pienso boludeces pero bueno yo no juego al Nintendo y el Nintendo es para no pensar, por ejemplo yo el profesor que tuve en análisis uno me gustó mucho, todos te dicen que las derivadas y las integrales son una mierda porque en el secundario las explican mal, no te enseñan qué significan, por eso los pibes dicen que son una mierda, a mí este profesor me enseñó el significado de cada cosa para aplicarlas al mundo real y así se entiende.

La chica miraba nerviosamente su celular, Siliberti no podía determinar si estaba mirando la hora, si quería distraerse porque no lo aguantaba o qué.

-Ah sí, es verdad – dijo la chica mientras tomaba un trago superficial de su cerveza roja, aún mirando con preocupación el celular que vibraba una y otra vez.
-Últimamente estuve escribiendo porque me gusta – el gordo en algunos ratos libres, ya sea para tratar de distraerse o para evitar ir a su departamento, había estado escribiendo abominaciones que ameritaban ir a parar al fuego de un asado, y lo que estaba recitando eran infelices extractos de esos ominosos escritos-. En un ingeniero tener algún dote artístico es importante porque el mundo ingenieril es muy cuadrado y a veces siento que no puedo expresar lo que llevo adentro y eso me hace mal. Siento que a veces el tiempo-espacio adopta una disposición cilíndrica que continúa cuando salgo del trabajo, trasladando el clima mental propio de mi profesión al resto de las horas de mi vida. Es como que se curva como un tubo de pelpa pal viorsi formando una O, o una U porque el espacio vacío que queda en la parte de arriba de la U sería como el tiempo que uno duerme porque cuando duerme no se puede escapar e inevitablemente cae en el otro tramo del tubo para volver a empezar, eso sería como despertarse al día siguiente para ir a laburar. A este concepto en mis escritos lo llamo “la continuidad de los entornos”. Está en nosotros romper esa continuidad.
-¿Qué significa viorsi? – la pregunta de la chica desconcertó totalmente al pobre gordo, no por su desconocimiento de tal término ni porque evidenciara que no le estaba dando pelota, sino porque se dio cuenta del deprimente nivel mental al que había caído para hablar boludeces de tan grueso calibre. Eso pensaba mientras le aclaraba a la chica que viorsi proviene de la palabra servicio y que significa baño, una explicación de etimología a la que ella ni siquiera contestó y probablemente no entendió porque de nuevo estaba pendiente de mirar lo que sucedía en su celular. El gordo, aún destruido y desmoralizado, intuyó correctamente y sabiendo que era su última bala en un desesperado rapto de inspiración dijo:
-Capaz te parezco un boludo, no sé, pero a mí lo que me gusta es estar acá tomando una cerveza porque desde el momento en que te vi quise venir a un barcito con vos a tomar una cerveza, en ningún momento se me ocurrió que me gustaría conocerte para después andar rompiéndote las pelotas por celular preguntándote dónde estás, con quién estás… ¿en qué mente sana puede entrar eso?

El celular de la chica pasó la noche en la mesita de luz del gordo, vibrando y vibrando como los tablones de una desvencijada F100 de verdulería, ¿vio la modelo 80 que siempre la tienen hecha mierda y hace un quilombo bárbaro? Y si bien al principio miraba cada tanto el armario, los truenos, la lluvia y esas uñas en su espalda le hicieron olvidarse por completo del demonio. Por primera vez en mucho tiempo su mayor preocupación era simplemente no acabar rápido. El gordo la llevó a su departamento aún con el temor de que al duende se le cantara gritar algún “gordo puto” porque creyó que si le proponía ir hasta la ruta 197 ella no iba a querer. Pero el temor de Siliberti no se hizo realidad... Esa noche el enano diabólico cagó fuego, se fue o enmudeció para siempre. Después de unos días de silencio, el gordo se atrevió a abrir con bastante cagazo el armario con un palo de escoba, y no encontró nada llamativo. Sólo el mismo despelote, la mugre y la conocida acumulación de porquerías viejas e inservibles de siempre (el ambiente ideal para las manijas y los demonios diría alguna vieja esoterista como las que el gordo amaba verduguear antes de esos días de mierda). Al principio no se animó a tocar nada, sólo removió los adefesios con el palo para ver si el enano andaba escondido por ahí... Pero no, nada. No estaba ni el duende, ni el gorrito rojo, ni tampoco había huellas o soretitos de duende. Después de descansar bien el fin de semana, ya con la cabeza un poco más tranquila, se animó  a desarmar el tablero del ascensor una noche mientras todos dormían, para ver si el muy hijo de puta estaba metido ahí adentro... Y tampoco vio nada raro. Recién el martes se atrevió a tocar con la mano el armario maldito y decidió allanarlo, limpió bien la guitarra y tiró al carajo todas las pelotudeces viejas que tenía ahí acumuladas desde el inicio de los tiempos. El duende se había esfumado sin dejar ningún rastro...

Y bueno maestro, ya llegamos a Jujuy y Caseros, pero escuchemé, quiero contarle el final.  Ahora el gordo está tranquilo. No se vio más con la chica del día que el demonio no habló más, pero ahora nos viene a visitar todas las semanas, tomamos cerveza, nos cagamos de risa… Eso era lo que necesitaba el gordo, ¡sólo eso! No un exorcista, no un psiquiatra que le quemara la cabeza con pastillas y lo dejara tranquilo pero pelotudo, no un psicólogo que se le sentara al lado y le dijera "a ver dibujame una casita, ¿por qué le hiciste grande la manija a la puerta?"... ¡¡y que encima le cobren!! Antes de levantarlo a usted estuve charlando con él un rato comiendo unas empanadas. Lo veo mucho mejor, no tan obsesionado con su posgrado. Eso sí, nunca habría pensado que iba a terminar creyendo en el esoterismo. Ahora el gordo te habla del horóscopo y ni se atreve a tocar el tema de los fantasmas, de los demonios o del más allá. Tiene un respeto terrible por todo eso… Y no hace falta aclarar que jamás volvió a hablar de lo que sucedió aquellas semanas en las que su departamento alojó una entidad demoníaca. Yo la verdad que de ocultismo no entiendo un carajo, y mucho menos entiendo de electromagnetismo y todas esas cosas con las que el gordo intentaba al principio explicar lo de las voces… Sólo soy un taxista, a lo mejor tendría que haber estudiado y podría expresar mejor lo que pienso, pero bueno… Yo lo que creo es que desde tiempos inmemorables los humanos han recurrido a las supersticiones y a lo esotérico para explicar todo aquello que no podían entender. Y justamente el gordo terminó así… terminó creyendo en lo sobrenatural, en que se había metido un duende, un vampiro, un demonio o una momia en ese tablero de mierda del ascensor porque nunca pudo comprender lo que realmente había sucedido: el gordo jamás entendió que todo eso simplemente le pasó por estar tan solo.



domingo, 19 de marzo de 2017

El marqués (citas)


"Para el orgullo constituye una especie de placer el burlarse de los defectos que no se tienen y ese tipo de satisfacciones resultan tan gratas al hombre y especialmente a los imbéciles, que es muy raro ver que renuncien a él… Además, todo esto se presta a murmuraciones, frías ocurrencias, estúpidos juegos de palabras y para la sociedad, es decir, para una colección de seres reunidos por el aburrimiento y moldeados por la estupidez, resulta tan agradable hablar dos o tres sin decir nada nunca, tan delicioso el brillar a costa de los demás y denunciar condenatoriamente un vicio que uno está muy lejos de tener… es una especie de tácito elogio que uno se hace a sí mismo; a ese precio uno consiente incluso en unirse a los demás para formar una cábala y aplastar a aquel individuo cuya tremenda culpa es la de no pensar como la mayoría de los mortales y uno se vuelve a casa henchido de orgullo por el ingenio demostrado cuando con semejante conducta de lo único que se ha hecho gala y a fondo es de pedantería y de cretinez." 

"Y bien, ¿no hace lo mismo que vos? ¿Cuál es esa bárbara ley que encadena a ese sexo de forma tan inhumana dándonos a nosotros toda la libertad? ¿Es eso equitativo? ¿Y con qué derecho de la naturaleza vais a encerrara vuestra mujer en Sainte-Acre mientras os dedicáis en París o en Orleáns a poner los cuernos a otros maridos? Amigo mío, eso no es justo; esta adorable criatura, cuyo valor no supisteis apreciar, vino también en busca de otras conquistas. Hizo muy bien y se encontró conmigo; yo la hago feliz, haced vos que lo sea la señora de Raneville, lo acepto, vivamos felices los cuatro y que haya víctimas del destino, pero no de los hombres"


...así como no entiendo cómo los orbes flotan en el espacio, así también pueden existir cosas sobre la tierra que no acierte a comprender.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Día Agitado de un Siete (falso)

                No me gustan las manos del Viejo, he de reconocerlo mientras comparto esta noche junto a mis treinta y nueve compañeros. Nunca se limpia las manos después de comer esa pizza grasienta y encima siempre nos baña con algo de cerveza. Para el momento en el que todos ya están demasiado borrachos o cansados y nosotros nos vamos, siempre terminamos todos pegoteados por sus detestables costumbres. Cuando por esas cuestiones del azar que jamás comprenderé dos de mis camaradas y yo terminamos de su lado, nos preparamos para lo peor. Para ser manoseados, estrujados y revoleados, golpeando la madera con ese ruido seco mientras la estentórea voz del Viejo corta el aire con algún juramento de grueso calibre que siempre estalla acompañado por una perdigonada de saliva, masa y mozzarella. Ya tenemos experiencia en sentir bien de cerca ese desagradable aliento de condimentos de pizza, chimichurri o vino, según la ocasión.

         No logro entender si el Viejo tiene algo personal conmigo. Por eso me gusta más cuando me toca con el Gordo, que nos mira a todos igual, normalmente masticando un escarbadientes. Tampoco le falta el chopp de cerveza en la mano cada vez que lo vemos, y debo reconocer que su aliento y su vocabulario son tan vehementes como los del Viejo. Los otros dos cambian seguido y no recuerdo sus nombres… El Tano, el Flaco, el Negro, el Profe, etcétera. ¿Por qué voy a recordarlos si rara vez a nosotros nos ponen un nombre? Acá somos como una familia, para mí somos todos iguales, eso es lo que me molesta del Viejo más allá de sus modales y su higiene. No logro entender por qué esa sonrisa cuando ve al más buen mozo de nosotros o a la más linda de los cuarenta. A mis dos primos mayores los mira con respeto, cariño y hasta excitación podría decir… pero es totalmente distinto cuando nos ve a mí y a mi primo más chico. Aunque no siempre, a veces cuando aparecemos con cierta compañía, también se pone contento… Pero con mis dos primos mayores siempre sonríe. En cambio el Gordo siempre tiene la misma cara de gordo. Sólo me llama la atención la manera en que levanta las cejas mirando al Viejo cuando ve llegar al más apuesto de nosotros.


                Oigo la voz del Gordo cobrándole a un pasajero, otro que sube e indica una intersección en Parque Patricios.  La oscuridad de la guantera es total y yo no puedo parar de pensar en la gesta de esta noche, en la repugnante sonrisa del Viejo gritándole burlonamente a sus dos contrincantes “hoy duermen afuera” una y otra vez tras habernos rociado con su baba (a mí, al compañero que cuando viene conmigo el Viejo sonríe y a otro más que estaba ahí de casualidad) al vociferar “¡treinta y tres, la concha de tu hermana!”.


martes, 6 de septiembre de 2016

Tras la oscuridad de la banquina

                Las estrellas desparramadas entre aquel difuso resplandor nebuloso que muchos no recuerdan, desprecian o ignoran obnubilados por entretenimientos más elaborados quizás hayan sido las únicas testigos de la suerte de ese pequeño Corsa que surcaba la anchura del país. Aquella oscura noche sin luna el velocímetro se mantenía firme entre los 110 y los 120 kilómetros por hora. Quien conducía, tercer dueño de ese vehículo, podía sentir el frío de la madrugada rural como un montón de agujas clavándose entre la piel y los huesos de los entumecidos brazos con los que asía el volante.

 Casi como una máquina estaba dedicado a masticar un chicle que hacía rato que no tenía sabor, pero hacerlo lo ayudaba a mantener sus párpados bien abiertos. No le importaba, lo único que tenía en su mente era la satisfactoria noción de que minuto a minuto  el amontonamiento de concreto quedaba más lejos, además de pensar en mantenerse a la derecha para evitar esos camiones chilenos que de tanto en tanto lo sacudían con su molesto zumbido. El celular estaba apagado desde que ese martes de cobranza había abandonado la oficina sin el más mínimo dejo de pena o temor, habiendo concluido después de muchas dudas y noches de soledad acompañada que tales emociones constituían sólo un enclavamiento que lo restringía de ser quien siempre había deseado ser, en beneficio de la triste y apócrifa satisfacción de meros espectadores perpetuos que aún sin merecer voz ni voto enarbolaban día a día esas pusilánimes consignas  que intentaban atarlo a un mundo frustrante que ya nada podía ofrecerle. Quizás eran sólo inconscientes repetidores de lo único que habían sabido conocer ya que de todos los miedos existentes el más antiguo y el más fuerte siempre ha sabido ser el miedo a lo desconocido, o tal vez intentaban exorcizar la sensación de transitar una vida que no deseaban creando la ilusión de que era imposible escapar a la ligadura de ese montón de directivas. Leyes que en ese momento ya parecían obsoletas, lejanas, ridículas y muy distintas a la carga que habían representado durante aquellos años de existencia paralela a la vida que el conductor siempre había tenido en los más íntimos rincones de su mente. Sin embargo no ignoraba que existía un último bastión defensivo que debía burlar, una última garra que indudablemente estaba intentando evitar que abandonara la ciudad para siempre. Tenía los ojos secos, pero ni siquiera quería parpadear. El frío era terrible, no obstante se negaba a encender la calefacción.

Debían ser ya cerca de las tres de la mañana, no podía faltar tanto para el límite con San Luis, que traía consigo el inicio de la autopista, último tramo hasta Mendoza. Recién ahí planeaba detenerse y descansar para al día siguiente tomar la 40, quizás hacia el Norte, quizás hacia el Sur, no sabía. Lo único que le importaba en ese momento era observar maravillado toda esa inmensa oscuridad que envolvía al  auto en la planicie de la sección cordobesa de la ruta 7. Lo desconocido iluminándose por sus luces altas a medida que avanzaba y alrededor, la insondable oscuridad que se extendía más allá de la banquina, mientras en un departamento de la ciudad su (ahora ya no) jefe dormía desconociendo que nunca más iba a verlo. No necesitaba nada más. Era así como siempre lo había querido. Unos cuantos kilómetros atrás había parado para llenar el tanque, y ya no tenía la menor idea de qué hora era. Un par de horas largas habían pasado desde que había dejado la estación de servicio… Un par, seguro que eran un par. ¿Habrían sido dos horas? Tal vez tres… o cuatro… ¿O tal vez cinco? La noche anterior no había dormido nada bien, y después de la detestable jornada de oficina había ido a comprar víveres para luego tomar el Acceso Oeste. Pero el Corsa parecía hasta vibrar de felicidad por rodar libremente, al contrario que en esos lentos viajes al trabajo, plagados de odiosos semáforos y atestados de vehículos conducidos por gente con amargos e infelices rostros agrietados por años de cautiverio bajo el diagrama cómodo pero vacío de la vida citadina (pensó qué triste desperdicio sería morir en medio de todo eso) cuyo último defensor era ese indescriptible ser que ahora lo observaba.  Ya casi podía sentir la gélida mirada de aquel ente que se alimentaba de las almas de los viajeros, se hacía ineludible el acecho de ese silencioso fantasma que pacientemente aguardaba a sus víctimas, oculto tras la oscuridad de la banquina.

El frío se tornaba insoportable y con muchísimo temor encendió la calefacción. Reguló el asiento para colocarlo en una posición que no le resultaba familiar ni cómoda, cambió el insípido chicle, subió el volumen de la estridente voz de Halford. Otro pueblo, otro camión que bajaba las luces al notar su proximidad desandando el corredor transoceánico. Otro cartel indicando la distancia hasta Mendoza, otro par de lentas luces rojas más adelante, otro sobrepaso en la espesa noche. Lo hacía inmensamente feliz pensar la suma constante de kilómetros en ese cuentakilómetros que había dejado de funcionar unas cuantas miles de unidades antes, suma cuya magnitud apaciguaba cada vez más las voces de quienes habían sabido enclavarlo tanto tiempo al lugar, al trabajo y a la pareja que ya se habían introducido en el olvidable pasado. Imaginaba a su jefe yendo a la oficina a la mañana siguiente sólo para descubrir la silla vacía, vestigio del acto incomprensible y contrario a todas las leyes que la prisionera personalidad empresarial endiosaba como inviolables. Al pasar un agotado 504 rojo pensó en su jefe bebiendo un café, mojando torpemente con espuma ese repugnante bigote mientras juzgaba a su empleado fugitivo para luego  irse a un departamento donde ni el perro se ponía feliz de verlo llegar tras la extinción del espejismo de su autoridad de ocho horas. Lo imaginó entrando a su departamento aún con la embriaguez de dominación, de marqués de la burocracia que le confería el poder de su abrochadora, de su birome y de los aborrecibles formularios con los que tenía la indiscutible autoridad de arruinarle el día a alguien. No hacía falta imaginar que encontraba a su esposa con otro, suficiente castigo era la realidad del choque entre su ilusión de poder y la sucesión de hechos cotidianos que constituían su insípida vida. La imagen en el espejo de ese repugnante ser de camisa que se abría a la altura del ombligo, su mujer que ni siquiera le hablaba y quizás lo peor de todo, la autoimpuesta condena de tener que fingir  ante los demás ser un hombre poderoso y satisfecho con su vida. Después pensó que la hija tenía seguramente en el cuarto un poster de los Jonas Brothers, esos religiosos que ya se habían separado y que una vez los metieron presos pero había leído en el suplemento de espectáculos que ya los habían liberado…….. A continuación un horror inenarrable lo invadió al identificar en este pensamiento un síntoma inequívoco de la cercanía de aquella temible presencia que intentaba detenerlo o hacerlo regresar. Se negaba férreamente a detenerse en medio de la nada si bien esto era una clara advertencia de la seriedad del acecho, ¿cuánto faltaba para San Luis?

Sacudió la cabeza. Tenía que mantener ocupada la mente. Ramal Tigre del Mitre. Eléctrico, salía de Retiro. Lisandro de la Torre, Belgrano C, Núñez, Rivadavia… Vicente López… Ya se las sabía de memoria, no era un ejercicio mental suficiente. En 1995 Almafuerte hizo Mundo Guanaco, después Del entorno al año siguiente. El disco de las cartas en el 98, “A Fondo Blanco” un año después…. El zumbido de otro camión en sentido contrario lo despabiló un poco más. Ya se sentía mejor, mucho mejor. Podía lograrlo. Recordó que el jueves anterior le había devuelto a su amiga Mariana el libro de Cortázar que le había prestado. Ciertamente le había gustado mucho. ¿Y ella le había devuelto el suyo? No podía recordarlo en ese momento… Quizás se había olvidado de que le diera el suyo. ¿Seguía importando?

Se encontraba vagando entre sus pensamientos y su percepción cada vez más surrealista de las estrellas en aquel cielo sin luna cuando se introdujo en el vehículo aquel horroroso ser que tanto se había empeñado en evadir. Esta vez no pudo evitarlo, ya estaba a su lado la cálida e intangible presencia que en distantes tiempos le había sido difícil hallar en los suelos plagados de infamia que había dejado atrás, aquello que algunos seres cautivos incluso buscaban en la ominosa industria farmacéutica. Vio las montañas de Mendoza que pensaba recorrer al día siguiente. Vio la ruta 40 y cada pueblo en donde planeaba detenerse a probar un plato típico. Vio la oficina, vio una casita en medio de la nada sin siquiera energía eléctrica. Vio cierta sonrisa y ciertos ojos y se preguntó por qué prefería permanecer atrapada entre los engranajes de cemento. Vio a todos esos seres grises y vacíos apuntándole con el dedo. Vio la madrugada en la que se había despistado yendo a trabajar y las estrellas habían sido sus únicas testigos, esas estrellas apagadas por el gran cúmulo de luz de la rutina pero que al fin y al cabo eran las mismas que lo observaban en la ruta 7… y aunque no tuvo tiempo para pensarlo, aquella mañana hubiera deseado que todo fuera así. Fueron escasos segundos, sin embargo fue suficiente para que cumpliera su cometido aquella entidad nefasta que acechaba tras la oscuridad de la banquina, que pretendía arrastrarlo nuevamente a un lugar donde sus deseos de enredarse sin rumbo en las rutas siempre habían sido condenados a la vez que se consideraba loable el método de existencia de pobres seres como su (ahora ex) despreciable jefe. Cuando abrió los ojos lo único que vio fueron dos luces blancas.


lunes, 15 de agosto de 2016

Del Mecanismo (La Advertencia del Maquinista)

                Mendoza y sus interminables viñedos a la vera de la Ruta 7. Las sierras de córdoba, los pueblos y sus plazas, él tocando unos temas con su guitarra ahí, tal vez conociendo gente nueva. La puesta del sol haciendo un rudimentario asado al costado del camino en algún escenario pampeano árido y desconocido. Los senderos del Sur de los que tantas fotos había visto, y en el otro extremo las montañas y la amabilidad de la gente del Norte que en alguna canción había escuchado mencionar. Aquel pueblito entrerriano del cual cierta vez un camionero había hecho mención al recordar que ahí había probado la mejor cerveza de su vida. La ruta por la noche, él manejando, él en un detestable micro de larga distancia, acompañado o rodando en soledad. Su mente deambulaba por centenares de recuerdos que jamás habían acontecido. ¿Algún día podría escapar? Mientras servía el café, se halló a sí mismo contemplando cualquier lugar del mundo, excepto aquel lugar donde estaba su cuerpo… una vez más.

El reloj había estado siempre ahí, contemplando todo desde la pared de la cocina,  ofreciendo esa ilusoria imagen cíclica del tiempo, quizás para intentar convencerlo de que siempre habría otro día a continuación. La quietud de la mañana sólo perturbada por el sonido del segundero  lo hizo verse sentado contemplando el cosmos por la ventana  de un ferrocarril. No parecía tener intención de frenar, sin embargo las luces fantásticas que lo envolvían no parecían moverse. Sentía como el tren inexorablemente se alejaba pero a su vez se mantenía en el mismo lugar, hasta que la tostadora lo trajo de vuelta a la lúgubre cocina.

Miró fijamente por unos instantes las dos humeantes tazas de café que en algún momento le había emocionado preparar, contempló la vieja heladera, reparó unos instantes en la lámpara que colgaba del techo. Rodeado de esos testigos silenciosos, se sintió terriblemente quieto y solo.  Lo que las agujas jamás podrían representar -pensó Sebastián mientras untaba unas tostadas con mermelada- era aquel imparable movimiento que acompañaba los ciclos. Abrió la heladera para buscar la leche y se fijó un momento en la nota bajo el imán: decía “Te amo bombón”, frase que no hizo más que acrecentar la vacía sensación de desplazamiento temporal sin movimiento en el espacio que la acompañe, aquello que siempre resultaría incomprensible para los mecanismos de relojería. Porque entre todas las imágenes que había contemplado sirviendo el café, en ningún lugar estaba ella. Ella, la que estaba esperando el desayuno en la cama, esperándolo para darle todo su cariño, con esos mimos que ya no le sabían a nada. Con tres cucharadas de azúcar era como le gustaba a ella, y ahora el café giraba expresando también de alguna manera más rudimentaria  que esa mañana se estaba yendo, que los rayos débiles del sol de esa nublada y oscura mañana de invierno lo encontraban una vez más preguntándose si realmente deseaba estar ahí. La quietud de los árboles que observaba por la ventana era tal que hasta parecía escuchar el acusante susurro de su conciencia que una vez más se preguntaba si aquello que lo aguardaba entre los brazos de esa chica era realmente cariño.

«¿Y las llegaste a amar? Entonces no es amor lo que sentís por mí, es algo superficial. El amor es algo que se siente una sola vez en la vida. »

Acudiendo a reforzar esa pequeña voz interna que él no quería oír apareció el recuerdo de esos gritos en la oscuridad de su habitación y de la interminable discusión absurda que los sucedió. Se apoyó contra la mesada. Su mente automáticamente desenterró profundas memorias de aventuras, de risas, de viejos momentos en los que al abrazarla había sentido que no necesitaba más nada. Quizás como un intento de compensar la mortal y fría sensación de agotamiento y de vaciedad que en ese instante invadía su cerebro y cada célula de su cuerpo,  lo único que lograban esos recuerdos era girar la llave esperando oír el motor de arranque de un auto que no tenía batería hace rato.

Y él sabía que ese burro no iba a girar. No iba a girar nunca más, aunque no quisiera aceptarlo e inexplicablemente siguiera intentando empujar y empujar. ¿Para qué, no es suficiente ya? ¿Estás realmente siendo tan feliz como las fotos románticas de tu facebook indican, o es hora de asumir que estás viviendo una parodia de lo que alguna vez fue tu vida?

Trataba de hacer que esa vocecita se callara, pero una vez que comenzaba a hablar era imposible pararla.

«-¿Podés venir una hora más tarde? Tengo que terminar un trabajo de la facultad.
-Ya entendí que no querés que vaya. Yo soy una boluda porque estoy idealizando todo y   vos no te esforzás por mí»

Pero la pequeña voz seguía provocativa y trayendo citas que parecían venir a responder la cuestión que nuevamente lo había invadido esa mañana: si realmente era ahí donde deseaba estar, si realmente eran esos el entorno y las circunstancias hacia donde los deseos más profundos de su mente (que al fin son los únicos que importan) apuntaban. Ahora lo único que deseaba era que esa voz enmudeciera y pudiera permitirle pensar. ¿Pero no era acaso esa vocecita el abogado de sus más profundos pensamientos, defendiendo los verdaderos intereses de su más íntimo ser? ¿Era eso el verdadero hilo de su pensar, o debía continuar suprimiéndolo? Intentaba evadir la ineludible conclusión de que esa voz era simplemente él.

Temía sacar la cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que las cosas eran así, pero sentía que los últimos meses habían sido sólo una sucesión cíclica de trabajar, ir a la facultad y ver a su novia… esto último con el decrecimiento de felicidad que le producía ya no hacerlo por propia voluntad sino por compromiso y obligación.

-¿Obligación de quién carajo? – la vocecita volvió a formular la pregunta que él lisa y llanamente desconocía cómo responder. Y fue entonces cuando no pudo evitarlo y recordó otra ocasión en la que ese cuestionamiento había sido articulado. La noche del sábado, cuando había ido a reunirse con dos viejos amigos a un bar… sin ella. Meses enclavado a la rutina cuya obligatoriedad el malhablado abogado ponía en duda lo habían llevado a ver una simple cerveza con sus amigos como un evento fuera de lo común que para ser consumado precisaba de una larga pugna burocrática. El mismo procedimiento que debía atravesar ante cualquier desvío de la lúgubre sucesión en la que se había transformado su vida.

Esa noche de sábado que acudía a su mente como una prueba fidedigna a la que el abogado se aferraba, sentía cómo su celular vibraba sin parar en su bolsillo mientras su amigo le servía la cerveza. “¿Qué estás haciendo? ¿Dónde estás? ¿No entendés que me vine a vivir acá por vos que te cagás en todo?” eran algunas de las cosas que estaba recibiendo. Ver a sus amigos era una ocasión que cada vez era más difícil de encontrar, y ahí estaba forzando una sonrisa sin lograr librarse de la injusta auditoría constante que esta chica había llegado a instaurar en nombre del amor. Recordó cómo en ese momento la vocecita del abogado había tomado la palabra: “La viste todos los días de la semana, ¿tanto se va a enojar porque un día hagas otra cosa? ¿Realmente te parece que sea amor si ante cualquier cosa que hagas vos como entidad que tiene vida propia todo se transforma en acusaciones y violencia?”.

“Traeme la plata que me estás guardando en el banco, ahora”, seguían rezando los mensajes cuando fue al baño, y mientras intentaba pensar qué responder cayó en la cuenta de que momentos como esos también eran parte de su triste, ridícula y payasezca rutina. Este momento era gemelo de aquella vez que él había ido a un simple asado de camaradería con sus compañeros de la facultad, cosa que había tirado del gatillo de la ametralladora de acusaciones (y de pelotudeces de grueso calibre, como agregaba el abogado cuando no era suprimido). Y a su vez la catarata de mensajes acusatorios del asado era una mera recreación de tantas otras obras dramáticas más. Abstraído por esos pensamientos estaba en el baño del bar cuando intentó abrir la puerta sin cerrojo del único inodoro sin advertir que estaba ocupado, a lo que un hombre que aguardaba parado al lado lo agarró del brazo y le dijo “No, hay uno cagando. Y yo que quería tomar… pero bueno, peor que quieras tomar y estén cagando sería que quieras cagar y estén tomando”. Minutos después de oír aquel rapto filosófico se encontraba en el colectivo volviendo a verla, para caer nuevamente en el mecanismo de esa detestable rutina indefendible.

El café comenzaba a enfriarse (como todo acá) y Sebastián continuaba parado en la cocina. Sabía muy bien que el ferrocarril que había observado en ese estático cosmos no iba a tener nunca intenciones de detenerse o de aminorar su marcha para esperarlo, sin embargo eso no era lo que turbaba su mente ya que le parecía inevitable. Lo que lo estremecía era ver cómo los minutos de su vida se escapaban a través de los barrotes imaginarios de la ventana de la cocina, de la ventana de su habitación. Sí, realmente odiaba cada centímetro cuadrado de ese departamento de mierda. Y también odiaba la mirada vigilante de esos dos peluches que en su mirada de plástico guardaban la verdad del amor enfermo en nombre del cual habían sido regalados. Imágenes del momento tierno y cariñoso en el que ella le había regalado esos peluches acudieron inmediatamente, sucedidas por el recuerdo de lo que había ocurrido cuando esa noche él volvió de bañarse. Quizás el regalo había sido parte de una fría premeditación en forma de intento de amortiguación del ataque que vendría después, o tal vez solamente de la misma manera que un adicto sufre de súbitas recaídas ciertas personas tienen la necesidad de generar problemas cuando todo está bien.

«-Me tenés que explicar algo, te revisé el celular. Vos te seguís viendo con tu ex novia.
-No, hace dos años que no la veo»

El abogado de esos profundos pensamientos que sólo querían escapar no necesitaba citar la conversación completa, sólo recordar que ante la demostración que la acusación era totalmente absurda, lejos de pedir perdón ella continuó, agarrando el celular:

«-¿Y quién es esta?
-Una amiga que tengo hace años, aunque no la conozcas.
-Hay una que te pregunta quién sos. Le estás hablando a desconocidas.
-No, esa es mi amiga y vos la conocés, sólo que cambió el teléfono y perdió los contactos. Fijate que antes de esa pregunta hay más conversación.»

Igual que el borracho perdido que ya arruinado y agarrándose de las paredes entra a una taberna y pide a gritos su whisky favorito, escucha preocupado del cantinero que ya se acabó y le pide uno de menor calidad que tampoco queda, y al final termina pidiendo una cerveza que no puede pagar. ¿Era consciente de que existían problemas reales que ella se negaba a encarar como para andar en ese juego?

¿Era esta rutina el amor? ¿Alejarse de los amigos, sacrificar toda actividad ajena al romance, dejar de ser uno mismo para dedicarse ayudar y satisfacer los caprichos de otro, recibiendo a cambio desconfianza constante y allanamientos dignos de la división de delitos informáticos? “Nunca me van a convencer de que el amor es toda esa mierda” había dicho Sebastián alguna vez al observar amigos atrapados en relaciones enfermas, y antes de que se diera cuenta ahí estaba él incapaz de detener el engranaje de esa aberrante rutina. Pero para el resto del mundo estaba todo bien. Él aparentaba ser enormemente feliz con el cartel de “tiene una relación” bajo esas fotos de besos y sonrisas. Nadie iba a juzgarlo.

Pero cuando seas viejo y sientas que tenés los días contado… ¿vas a recordar lo que pensaban los demás y esas fotos lindas o vas a pensar que perdiste tu vida estando en un lugar donde no querías estar, siendo alguien que no quisiste ser?


Ya lo había decidido, no podía aguantar más. Iba a ir y decirle que no quería verla más. Iba a irse muy lejos, iba a recuperar a sus amigos. Iba a ponerse al día con la facultad y con todas las cosas que le gustaban hacer antes de conocerla. Iba a tener que enfrentar el mundo solo nuevamente, construir algo nuevo, sí, dejar de tenerla ahí para todo lo que quisiera. Sintió ese pinchazo que acompaña esa sensación de tener un pie fuera de la comodidad de la vida conocida… Sí, comodidad que se había tragado casi todo lo que él era antes. Y se encontraba pensando que ya no había otra opción que enfrentar nuevamente solo este mundo tan complicado pero hermoso cuando unos ruidos en la habitación lo hicieron abandonar todo ese debate interno. Ella se había despertado. El abogado descendió nuevamente a las entrañas de aquel triste depósito de sueños postergados en el que se había transformado su psiquis, refugiándose como un ladrón al ver luces azules.

El pinchazo de inseguridad e incertidumbre se sintió más fuerte que nunca. En la cocina, el reloj continuaba cumpliendo ciclos. Sebastián colocó las tazas de café y las tostadas en una bandeja, caminó hasta la habitación y cruzó la puerta con una sonrisa. En alguna parte, un tren sin intenciones de detenerse corría sobre los rieles sumergido en un estático y nebuloso paisaje. Entre los ruidos y la grasa de la locomotora, el maquinista murmuró “qué pelotudo”.

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miércoles, 22 de julio de 2015

Calidad Compositiva (22/07/2015)

             "El rock debe ser simple, do acorde!!" - Luca Prodan


       Furiosos tappings e intrincadísimas escalas inundaban de virtuosismo musical el auto de un muchacho que esta noche estaba muy contento. Mientras conducía su 208 blanco, en su mente se proyectaban imágenes de los dedos de aquel heroico guitarrista pulsando las cuerdas a velocidades que ponían en duda las leyes de la física moderna. Él había tenido la suerte de verlo desde la valla unas semanas atrás, y no se había perdido un solo instante de observar la avanzada técnica que aplicaba al ejecutar su instrumento. Hasta casi había logrado agarrar la gloriosa púa a mitad de vuelo, pero por pura obra de Mandinga había rozado la punta de sus dedos para desviar su trayectoria y terminar presa de las manos de un gordo. Pero no importaba, él todavía no podía creer la cátedra de puro virtuosismo, complejidad musical y técnica que había presenciado.
 De todas formas, el motivo de su felicidad la noche en cuestión era otro.
-Hey, ¿no querés que pasemos por una estación de servicio a comprar algo para comer? - le dijo la chica que iba en el asiento del acompañante, trayéndolo de vuelta al planeta Tierra-. Adentro te rompen el orto de acá hasta Lomas de Zamora…
-Eeeeehhhh bueno… No, no sé. Elegí vos – contestó, visiblemente afectado por la interrupción de su safari por el mundo de las más retorcidas escalas y arpegios -. Pienso que deberíamos comprar provisiones pero no tantas puesto que vamos a pasar sólo una noche y además no es mi intención alarmar a los encargados de conserjería ingresando con bultos muy alevosos, podrían percatarse de que estamos contrabandeando alimentos adquiridos afuera.
Amaba embellecer sus frases de una manera un tanto inusual, dotándolas con cierto formalismo y misterio. Hasta sentía algo de placer cuando utilizaba alguna palabra rescatada de las profundidades más olvidadas del diccionario y su interlocutor le preguntaba qué significaba. Porque él detestaba el empobrecimiento del idioma, tal como detestaba la música cuadrada y de fácil interpretación. Y por supuesto también le encantaba expresar esto último siempre que se le presentaba la oportunidad. Como por ejemplo en el momento que siguió a continuación, un rato después de que trabara la puerta.
-¡Esta habitación está re buena! ¡Tiene para enchufar el celular y poner música! A mí me encanta escuchar unos temas de Motorhead, de los Ramones o de Pappo en estos momentos… - le dijo la chica, acariciándole el hombro con una piernita.
-Naaaah, ni ahí. Eso es de baja calidad compositiva. Es re cuadrado – contestó él, y la piernita dejó de acariciarlo-. Prefiero estimular mis sentidos con algo de mayor complejidad musical y poder apreciar el virtuosismo y los años que los excelsos músicos que oigo han invertido en el conservatorio.
-Pero… bueno, dejalo ahí – le dijo la minita.
Y tal como le gustaba apreciar las avanzadas técnicas musicales y la riqueza del idioma, también era un orgullo para él aplicar la misma complejidad cuando estaba a solas con una chica. Sorprendentemente, a pesar de la creciente cara de culo de su compañera, momentos después pudo ponerlo en práctica. Pero no por mucho tiempo.
-No, pará, no me gusta.
                El muchacho casi se vuelve loco al oír esas palabras.
-¿Cómo que no te gusta? Llevo semanas practicando todas estas posturas complejas y leyendo sobre técnicas para hacerte sentir más placer… ¿Y me decís que no te gusta?
-No… Mirá, sos buen pibe, pero todas estas vueltas… No sé, como que no me termina de calentar.
-¿Me estás jodiendo? ¿No viste todas las posturas que sé hacer? Todas mis técnicas… Es como decirme que no te gustan mis discos de metal progresivo y defenestrar todo el virtuosismo de esas guitarras…
                La chica ya se había vuelto a poner su tanguita, dando cuenta de que la situación ya era irreversible.
-Yyyy mirá, mi ex ponía un disco de los Ramones y me re garchaba – replicó la chica, echándole querosén al fuego que se había encendido donde lo que menos había habido era fuego-. Vos sos igual que esos músicos de mierda que escuchás, mucha técnica, mucho virtuosismo pero no tienen sentimientos al tocar y no le ponen onda… No transmiten un carajo. Mi ex no se sabía ni la mitad de esas posturas raras que te aprendiste pero no las necesitaba, me dejaba feliz… vos me re embolaste. Igual que todas esas bandas que vos decís que son de baja calidad compositiva, no sabrán ni en pedo todas esas técnicas de las que tanto te gusta hablar… pero sirven para transmitir lo que sienten. Eso es lo que cuenta. Esos giles que suben videos diciendo que tocan diez mil notas por minutos, ¿de qué mierda les sirve? Si suenan como un robot y no expresan nada…
El rostro desencajado del muchacho tampoco iba a ayudar a revertir este acto de sacrilegio, blasfemia, injuria y descrédito hacia el profesionalismo de los más destacados músicos del mundo.
-Vos estás en contra de la evolución de la mente humana, nena – el muchacho revoleó su remera estampada con el logo de una banda de alta calidad musical contra la pared, las cosas se habían puesto muy intensas-. No sabés de lo que estás hablando, algún día te vas a dar cuenta que estás muy errada en tu pensamiento primitivo y opuesto a la exploración y a la experimentación en la composición…
-Dale, flaco, hasta hablás como un pelotudo usando esas palabras para hacerte el interesante y camuflar lo vacío que estás – dijo la chica, que ya había terminado de vestirse.
-¡¡¡Vas a transitar tus tristes días encasillada en tres acordes cuadrados!!! – le gritó él mientras ella cruzaba la puerta de la habitación.

“Andá a hacerte coger” fue la única respuesta que obtuvo. Volvió a trabar la puerta, ya que estaba ahí se iba a quedar a dormir, si no era plata al pedo. No le quedaba otra, iba a aprovechar todo lo que le daba el hotel… Se sentó en la computadora y buscó videos de esos guitarristas asiáticos que tocaban con tanta rapidez y virtuosidad, y estuvo dos minutos viéndolo hasta que se percató de que algo andaba mal. Levantó la persiana lo más rápido que pudo y miró entrecerrando los ojos. Pudo ver, a lo lejos, un 208 blanco con una inconfundible calcomanía de su banda favorita pasando un semáforo en rojo. Pero bueno, al menos lo reconfortaba que él no iba a vivir una triste vida encasillado en tres acordes de mierda. Y al menos el tenía la púa de aquel excelso guitarrista. Ah no, cierto que sólo le había rozado los dedos y se la había quedado un gordo. Igual, al menos la había rozado, al menos él sabía apreciar la calidad compositiva. Se acostó y se hizo la paja, mientras de fondo todavía sonaba aquel guitarrista asiático. 

Ranking personal

1 - El Demonio en lo del Gordo (o el gordo endemoniado)  2 - El Vigilante  3 - Tras la Oscuridad de la Banquina  4 - Del Mecani...