"He aprendido más acerca de América en los taxis que en todas las limusinas y coches oficiales del país"
El viaje hasta Parque Patricios era largo y la noche estaba muy silenciosa... en un semáforo, el viejo taxista guardó un mazo de cartas todo grasiento en la guantera, me echó una mirada por el espejo y antes de arrancar comenzó a contar esta historia...
Si había algo que al ingeniero Siliberti le encantaba hacer era verduguear a los ocultistas, a los religiosos y a los que tenían creencias sobrenaturales. En los asados con sus colegas de grueso porte solía (entre discusiones y relatos ingenieriles) dedicar largos discursos a resaltar la poca inteligencia de los adeptos a tales prácticas y pensamientos. A pesar de sus largos años académicos y de profunda lectura, jamás se le había pasado por la cabeza que tal como para un microbio resultaría incomprensible la pasión de un hincha de Racing, también puede ser factible la existencia de muchas cosas en el universo que resulten incomprensibles para el ser humano. Despreciaba intensamente todo aquello que no tuviera sólidos fundamentos científicos, y nunca había creído en fantasmas, en esoterismo, en Dios o en esas cosas, hasta el día que con un inenarrable horror presenció un acontecimiento que jamás habría podido ser posible en el firme dominio del pensamiento científico: el ascensor de su departamento le dijo “usted es puto”.
Tantos
años dedicándose a motores eléctricos, servomecanismos, transformadores, y
jamás había escuchado hablar sobre un ruido así. Porque seguramente había sido
algún extraño ruido por una falla mecánica del ascensor, pensaba el gordo
Siliberti. Mejor no iba a usarlo más, a lo mejor su exceso de peso sumado a esa
falla podía terminar en tragedia. Trató de olvidar tal extraño y abominable
suceso, sin embargo en los días que siguieron bajó por la escalera. Eran sólo
dos pisos, no era tanto, aunque con el correr de los días empezó a extrañar la
comodidad y la inmediatez del elevador. Cada vez que en los pasillos captaba
algún fragmento de conversación entre sus vecinos prestaba especial atención
para ver si lograba pescar alguna queja o algún comentario sobre el ascensor
malhablado pero no pudo oír nada, sólo “las expensas, el agua, la luz, no se
puede vivir ya”, “este administrador es un forro y el hijo es un pelotudo,
seguro lo mantiene él… boludo grande”, “yo laburo, yo pago los impuestos” y
alguna vieja diciendo “a esos negros que toman droga en el camión abandonado de Paroissien hay que
matarlos a todos, esto con los militares no pasaba”. Una mañana de coraje (o de
falta de ganas de bajar la escalera, o de temor de llegar tarde al trabajo) se
aventuró a tomar el ascensor. Un tanto nervioso, Siliberti sacó su celular y
entró a su sitio de búsqueda de pareja favorito para verificar que una vez más
no había recibido ningún mensaje. Lo que más le gustaba de ese sitio era que
había un montón de mujeres buscando sexo casual, lo malo era que la mayoría
eran veganas y no lo iban a querer. Grata sorpresa fue escuchar el zumbido del
motor, los ruidos de siempre y nada más. Cuando se dio cuenta, ya estaba en la
planta baja. El día laboral en la planta fue productivo, apasionante y
terriblemente aburrido. El tema fue cuando, totalmente desentendido ya de su
breve caída a las garras del esoterismo y las creencias ilógicas y
disponiéndose a bajar del ascensor, la misma voz susurró “usted es gordo puto”.
Esa noche el gordo cerró la puerta y se encerró en su habitación, apenas pudo
dormir. Se tapó completamente, como para protegerse de lo que fuera que lo
estaba acechando.
Los
días que siguieron bajó por las escaleras, y cuando alguno de los boludos de
sus vecinos lo veía y le preguntaba “¿Qué? ¿No anda el ascensor?” el gordo
bueno esquivaba el asunto con una sonrisa tímida y un “no, es que quiero hacer
un poco de gimnasia” moviendo las manitos nerviosamente de lado a lado. Una
sucesión de extrañas ideas sobre aberraciones y deformidades del
electromagnetismo transitó por la mente del gordo, a tal punto que llegó a
conjeturar y a convencerse de que esas frases audibles eran producto de una
radiointerferencia en alguna parte del ascensor que se comportaba como receptor
de radio. Se convenció a sí mismo con la teoría de la radio, y sobre la inquietante
temática de las frases que había oído se metió en la cabeza que Dios a veces
juega a los dados con el Universo y que le había tocado escuchar fragmentos de
un programa de chistes verdes o de algún radioteatro de índole sexual, como
también podría haberle tocado escuchar a un pastor evangelista, una noticia
sobre la mansión de un diputado corrupto o una propaganda de borrachos
arrepentidos. Una semana duró en pie tal teoría… una semana de mierda con el
gordo nervioso subiendo y bajando las escaleras pensando que en cualquier
momento aparecía un vecino y tenía que repetir la pelotudez de que estaba bueno
hacer gimnasia. El lunes que siguió fue uno de esos días de mierda en los que
Siliberti volvía tarde y destruido a su departamento. Se le había ido todo el
día entre la fábrica y el posgrado que estaba cursando, y en el colectivo no
paraba de preguntarse si no estaría haciendo algo mal. Ya no se acordaba de
cuándo había sido la última vez que había tenido alguna linda salida con una
chica o de cuánto hacía que no se cagaba de risa con los amigos tomando cerveza.
Ya había perdido la cuenta de cuántas actividades y cuántas invitaciones había
resignado por falta de tiempo. Al volver tarde por la autopista en un colectivo
limitado a 60 km por hora manijeándose con todo eso y sabiendo que el día que
seguía iba a ser igual, para el gordo era inevitable pensar en ese momento que
no existía ningún discurso moralista sobre la importancia de estudiar que
pudiera hacerlo sentir mejor. Aún con la cabeza plagada de esa triste manija
estaba cuando se dio cuenta que la cosa se había puesto realmente fea, porque
por primera vez en su vida consideró seriamente llamar a un exorcista: el
armario donde guardaba su vieja guitarra y otras porquerías viejas que ya no
usaba le dijo “usted es un gil, se hace el que no cree pero bien que en la
facultad cada vez que hay un examen se pone su calzoncillo de la suerte porque
le da miedo”. Fue entonces cuando un horror imposible de medir y de definir se
apoderó de cada célula del gordo. Un horror que trascendía más allá de la
ciencia, del universo observable y de las ecuaciones de Maxwell. Pensó en ir a
lo de sus padres, cosa que descartó al imaginarse la cara de su viejo al
escuchar que la razón de su inesperada visita a la una de la mañana de un
martes era un ascensor y un armario que lo verdugueaban. Se terminó tomando un
remís hasta Acceso y ruta 197, donde durmió en un albergue transitorio cuya
sórdida mención era disonante e infame aún en ambientes de notable turbidez.
“No, mi novia ahora viene, fue a comprar cigarrillos, ¿podré ir pasando igual?
Que quiero ponerme mi disfraz de abogado que a ella le encanta” le dijo al
recepcionista, que no le creyó un carajo porque el gordo era bueno y no sabía
mentir (aunque la realidad habría sonado aún más inverosímil). “Va a tener que
ser un poco más… porque acá no permitimos venir de a uno, y me estás metiendo en
un compromiso”, dijo el empleado, quizás de cagón o quizás de hijo de puta
aprovechándose de la cara de miedo y vergüenza del gordo. “Es mi laburo, qué
querés que le haga, disculpá” agregó el empleado y Siliberti terminó pagando casi
el doble, además del viaje hasta allá, que lo hizo creyendo que en un hotel de tal
categoría no iban a tener problema en dejarlo pasar solo. Cuando avanzó por el
pasillo el empleado murmuró algo sobre que tenía hijos que mantener, pero el
gordo ya no escuchaba. Esa explicación para el empleado del telo había sido mil
veces peor que el “no, está bueno hacer gimnasia” al que ya se había habituado,
el gordo se preocupó al notar que la cosa estaba empeorando… menos mal que era
lunes y que además le habrá tocado una habitación ubicada entre dos cuartos
vacíos, porque el pobre gordo con las primeras luces del día tenía que ir
laburar y ya era más que suficiente entre sus pensamientos retorcidos y la
vocecita verduguera del demonio que se le había metido a su departamento, que eran
más o menos lo mismo. Volvió a pensar en llamar a un exorcista, pero
por cuestiones de propio orgullo tenía que ser confidencial la cosa.
Pudo dormir dos horas más o menos, y con las
primeras luces de la mañana invernal salió rumbo al trabajo. Trataba de no
pensar. Sospechaba que sus compañeros de trabajo lo notaban extraño, y de hecho
seguramente era así. Un día de mierda tuvo Siliberti, y esa noche el horror
llegó a su punto máximo. El gordo se había comprado una latita de cerveza y unas
papas fritas, nada más, porque con todo lo que le estaba pasando casi no tenía
hambre. Miró el platito de plástico descartable que le habían dado en el local
de comidas, miró la basura y la suciedad que se acumulaba en su departamento,
los calzoncillos y medias sucias tiradas por ahí, los diarios apilados, la caja
de mugrienta y desvencijada con herramientas oxidadas y se sintió sumido en un
gran agujero negro lleno de mierda de donde no podía salir, peor aún, sintió
que su vida no podría haber sido expresada con exactitud ni siquiera en la más repugnante descripción de Bukowski. Y ahí
fue cuando nuevamente el armario (o más bien lo que mierda hubiera dentro del
armario) le habló, y esta vez fue más explícito e hiriente que nunca: “gordo
gil, qué hiciste con tu vida, vení y agarrá la guitarra como siempre quisiste
pero nunca te animaste, terminaste con una vida aburrida por cagón”. Totalmente
desprevenido lo había agarrado, el gordo revoleó la latita de birra contra el
armario con todas sus fuerzas, se levantó y ya consumido por la desesperación
le gritó “¡¡¡¡La concha de tu madre!!!! ¡¡¡¡Dejame comer papas fritas en paz!!! ¡¡¡¡Dejame
comer mis papitas!!!! ¡¡¡Enano hijo de puta, salí
de ahí que te hago mierda… te hago mierda!!!”. El ingeniero Siliberti,
tan seguro de dominar la realidad a través de la ciencia y la tecnología,
estaba ahí en slip color gris con elástico bordó gritándole a un armario
polvoriento al que acababa de revolearle una lata de cerveza. Aunque se hiciera
el guapo estaba realmente cagado en las patas y todo su desprecio por los
planos esotéricos había desaparecido por completo. Miró de nuevo al armario y
los rayos de luz lunar que entraban por la ventanita iluminando partículas
inmundas, y lo peor de todo era que no podía contarle de esto a nadie, todos
sus colegas iban a cagársele de risa. Ni siquiera quedaba el gato, que con la
voz diabólica ni siquiera se había calentado en levantar las orejitas pero que
cuando el gordo empezó a putear y a revolear cosas en calzoncillos salió rajando
a meterse debajo de la cama. Y esto era lo que más le carcomía la cabeza al
pobre gordo, que estaba completamente solo con un duende maldito metido en ese
armario de mierda.
Los
días que siguieron la salud mental del gordo empeoró muchísimo, hasta llegó a
faltar a sus clases del posgrado. Volvió a dormir en el telo, algunos días
comía en Burger King para retrasar su llegada al departamento, y por todas
estas cosas el gordo estaba hecho una cagadera de guita bárbara. Pobre gordo,
realmente. Ni siquiera podía comer papas fritas en su casa… ya ese lugar no era
su hogar. Estaba usurpado. Porque a uno le puede faltar un lugar para dormir y
tener que dormir en el piso, pero si uno ya ni siquiera puede sentarse a tomar
una lata de cerveza y a comer papas fritas sin que lo verdugueen, entonces no tiene
nada.
Y así siguió
su vida hasta que un día apareció en el bar. Terminábamos de comer una pizza
bien grasienta cuando el gordo apareció todo mojado y cagándose de frío, debe
ser que yendo a Burger King pasó por la puerta y se acordó que nosotros los
jueves nos juntábamos ahí. Estábamos jugando al truco cuando llegó, éramos
cuatro ya, no había lugar para él pero se quedó ahí callado mirando el partido
y se pidió una porción de fainá. Apenas habló, nosotros nos preguntábamos con
la mirada “qué carajo le pasa” y en un momento ya era un poco incómodo tenerlo
ahí sentado. Así pasaron varias semanas, el gordo venía, comía algo y a veces
jugaba al truco como el culo, nunca le había gustado… Tampoco le había gustado
nunca la temática guaranga que había en una mesa de taxistas, pero venía igual
y se quedaba hasta que nos íbamos, por eso nos dábamos cuenta que al gordo algo
muy malo le estaba pasando. Hasta que llegó un jueves feriado, creo que era el
día de San Martín, no había nadie en la calle y no habíamos ganado un mango,
entonces pensábamos comer una o dos empanadas cada uno y volver a laburar, nada
de quedarse escabiando y jugando al truco. El Tano y el Profe ya se habían
subido a sus autos, y Siliberti justo entró al bar cuando yo estaba en el
viorsi. Cuando salí lo vi ahí parado desconcertado, buscándonos, y le expliqué
lo de la poca recaudación, que me tenía que ir, y le ofrecí llevarlo en el taxi
hasta la casa.
-No, dejá… me
voy caminando
-Dale gordo,
¿cómo te vas a ir a pata hasta allá? Es
tarde encima. Dale, te llevo.
-No… tengo
ganas de caminar…
-Dejate de
joder…
Hasta que el
pobre gordo se puso a llorar y me abrazó. Hice que se sentara, compré una
cerveza y le pregunté qué carajo le pasaba, a lo mejor había cagado fuego algún pariente.
Y me quedé ahí, hasta bien tarde, escuchando toda esa historia que te estoy
contando. Volví a mi casa sin un mango y muy preocupado por el gordo, aunque lo
noté más aliviado, nunca le había hablado a nadie sobre el asunto de la entidad
demoníaca. Al final lo llevé hasta la casa, ya tarde, porque lo invité a mi
casa y no aceptó. Y me sentí un hijo de puta cuando le dije que no iba a poder
verlo el jueves siguiente porque era el cumpleaños del forro de nuestro jefe de
la agencia de taxis y teníamos que ir. Nos llevó a comer sushi en ese
cumpleaños de mierda, y yo no podía parar de pensar en el gordo. Me sentía mal,
me imaginaba ahí al gordo solo en su departamento peleándose con el demonio o
revoleándole papas fritas en calzoncillos a un armario. Pero no, al otro jueves
apareció en el bar con una sonrisa y estuvo totalmente distinto… se reía de las
boludeces que decíamos, aportaba las suyas y hasta ganó un falta envido y un
vale cuatro espectaculares. En un momento me empecé a asustar, me manijeaba con
la idea de que a lo mejor el demonio se le había metido adentro y nos estaba
engañando para matarnos, como en esas historias en las que el Mandinga se hace
pasar por bueno. Pero no, después me agarró aparte y me contó lo que había
pasado el jueves en el que me vi forzado a comer sushi. Empezó con un “no sabés
no sabés no sabés” y me contó que se había animado a invitar a salir a una
chica que trabajaba en su empresa, que él sospechaba que tenía novio pero se
animó igual y le dijo que sí. Tanto era el miedo que tenía de ir a su hogar
usurpado que se animó… Era eso o juntarse con los otros pibes que lo conocen de
la secundaria como nosotros, sólo que ellos hablaban de sus días en las
universidades de arte y lo verdugueaban por la vida que llevaba, ahí se sentía
incluso más incómodo que con nosotros. Porque escuchar las cosas que le decían
era más o menos lo mismo que escuchar al enano maldito que se le había metido
al ropero. Pero sea como sea, cuando se dio cuenta estaba frente a frente con
la chica en un barcito tomando cerveza:
-Yo trato de
ir a Mostaza porque Burger King es una multinacional y a mí me gusta que la
plata quede en el país. A lo mejor muchos creen que pienso boludeces pero bueno
yo no juego al Nintendo y el Nintendo es para no pensar, por ejemplo yo el
profesor que tuve en análisis uno me gustó mucho, todos te dicen que las
derivadas y las integrales son una mierda porque en el secundario las explican
mal, no te enseñan qué significan, por eso los pibes dicen que son una mierda,
a mí este profesor me enseñó el significado de cada cosa para aplicarlas al
mundo real y así se entiende.
La chica
miraba nerviosamente su celular, Siliberti no podía determinar si estaba
mirando la hora, si quería distraerse porque no lo aguantaba o qué.
-Ah sí, es
verdad – dijo la chica mientras tomaba un trago superficial de su cerveza roja,
aún mirando con preocupación el celular que vibraba una y otra vez.
-Últimamente
estuve escribiendo porque me gusta – el gordo en algunos ratos libres, ya sea
para tratar de distraerse o para evitar ir a su departamento, había estado
escribiendo abominaciones que ameritaban ir a parar al fuego de un asado, y lo
que estaba recitando eran infelices extractos de esos ominosos escritos-. En un ingeniero
tener algún dote artístico es importante porque el mundo ingenieril es muy
cuadrado y a veces siento que no puedo expresar lo que llevo adentro y eso me
hace mal. Siento que a veces el tiempo-espacio adopta una disposición
cilíndrica que continúa cuando salgo del trabajo, trasladando el clima mental
propio de mi profesión al resto de las horas de mi vida. Es como que se curva
como un tubo de pelpa pal viorsi
formando una O, o una U porque el espacio vacío que queda en la parte de arriba
de la U sería como el tiempo que uno duerme porque cuando duerme no se puede
escapar e inevitablemente cae en el otro tramo del tubo para volver a empezar,
eso sería como despertarse al día siguiente para ir a laburar. A este concepto
en mis escritos lo llamo “la continuidad de los entornos”. Está en nosotros
romper esa continuidad.
-¿Qué
significa viorsi? – la pregunta de la
chica desconcertó totalmente al pobre gordo, no por su desconocimiento de tal
término ni porque evidenciara que no le estaba dando pelota, sino porque se dio
cuenta del deprimente nivel mental al que había caído para hablar boludeces de
tan grueso calibre. Eso pensaba mientras le aclaraba a la chica que viorsi
proviene de la palabra servicio y que significa baño, una explicación de
etimología a la que ella ni siquiera contestó y probablemente no entendió
porque de nuevo estaba pendiente de mirar lo que sucedía en su celular. El
gordo, aún destruido y desmoralizado, intuyó correctamente y sabiendo que era
su última bala en un desesperado rapto de inspiración dijo:
-Capaz te
parezco un boludo, no sé, pero a mí lo que me gusta es estar acá tomando una
cerveza porque desde el momento en que te vi quise venir a un barcito con vos a
tomar una cerveza, en ningún momento se me ocurrió que me gustaría conocerte
para después andar rompiéndote las pelotas por celular preguntándote dónde
estás, con quién estás… ¿en qué mente sana puede entrar eso?
El celular de
la chica pasó la noche en la mesita de luz del gordo, vibrando y vibrando como los
tablones de una desvencijada F100 de verdulería, ¿vio la modelo 80 que siempre la tienen hecha mierda y hace un quilombo bárbaro? Y si bien al principio miraba
cada tanto el armario, los truenos, la lluvia y esas uñas en su espalda le
hicieron olvidarse por completo del demonio. Por primera vez en mucho tiempo su
mayor preocupación era simplemente no acabar rápido. El gordo la llevó a su
departamento aún con el temor de que al duende se le cantara gritar algún
“gordo puto” porque creyó que si le proponía ir hasta la ruta 197 ella no iba a
querer. Pero el temor de Siliberti no se hizo realidad... Esa noche el enano diabólico cagó fuego, se fue o enmudeció para siempre. Después de unos días de silencio, el gordo se atrevió a abrir con bastante cagazo el armario con un palo de escoba, y no encontró nada llamativo. Sólo el mismo despelote, la mugre y la conocida acumulación de porquerías viejas e inservibles de siempre (el ambiente ideal para las manijas y los demonios diría alguna vieja esoterista como las que el gordo amaba verduguear antes de esos días de mierda). Al principio no se animó a tocar nada, sólo removió los adefesios con el palo para ver si el enano andaba escondido por ahí... Pero no, nada. No estaba ni el duende, ni el gorrito rojo, ni tampoco había huellas o soretitos de duende. Después de descansar bien el fin de semana, ya con la cabeza un poco más tranquila, se animó a desarmar el tablero del ascensor una noche mientras todos dormían, para ver si el muy hijo de puta estaba metido ahí adentro... Y tampoco vio nada raro. Recién el martes se atrevió a tocar con la mano el armario maldito y decidió allanarlo, limpió bien la guitarra y tiró al carajo todas las pelotudeces viejas que tenía ahí acumuladas desde el inicio de los tiempos. El duende se había esfumado sin dejar ningún rastro...
Y bueno maestro, ya llegamos a
Jujuy y Caseros, pero escuchemé, quiero contarle el final. Ahora el gordo está tranquilo. No se vio más
con la chica del día que el demonio no habló más, pero ahora nos viene a
visitar todas las semanas, tomamos cerveza, nos cagamos de risa… Eso era lo que
necesitaba el gordo, ¡sólo eso! No un exorcista, no un psiquiatra que le quemara la cabeza con pastillas y lo dejara tranquilo pero pelotudo, no un psicólogo que se le sentara al lado y le dijera "a ver dibujame una casita, ¿por qué le hiciste grande la manija a la puerta?"... ¡¡y que encima le cobren!! Antes de
levantarlo a usted estuve charlando con él un rato comiendo unas empanadas. Lo
veo mucho mejor, no tan obsesionado con su posgrado. Eso sí, nunca habría
pensado que iba a terminar creyendo en el esoterismo. Ahora el gordo te habla
del horóscopo y ni se atreve a tocar el tema de los fantasmas, de los demonios
o del más allá. Tiene un respeto terrible por todo eso… Y no hace falta aclarar
que jamás volvió a hablar de lo que sucedió aquellas semanas en las que su
departamento alojó una entidad demoníaca. Yo la verdad que de ocultismo no
entiendo un carajo, y mucho menos entiendo de electromagnetismo y todas esas
cosas con las que el gordo intentaba al principio explicar lo de las voces…
Sólo soy un taxista, a lo mejor tendría que haber estudiado y podría expresar
mejor lo que pienso, pero bueno… Yo lo que creo es que desde tiempos
inmemorables los humanos han recurrido a las supersticiones y a lo esotérico
para explicar todo aquello que no podían entender. Y justamente el gordo
terminó así… terminó creyendo en lo sobrenatural, en que se había metido un
duende, un vampiro, un demonio o una momia en ese tablero de mierda del
ascensor porque nunca pudo comprender lo que realmente había sucedido: el gordo jamás
entendió que todo eso simplemente le pasó por estar tan solo.
