No
me gustan las manos del Viejo, he de reconocerlo mientras comparto esta noche
junto a mis treinta y nueve compañeros. Nunca se limpia las manos después de
comer esa pizza grasienta y encima siempre nos baña con algo de cerveza. Para
el momento en el que todos ya están demasiado borrachos o cansados y nosotros
nos vamos, siempre terminamos todos pegoteados por sus detestables costumbres.
Cuando por esas cuestiones del azar que jamás comprenderé dos de mis camaradas
y yo terminamos de su lado, nos preparamos para lo peor. Para ser manoseados,
estrujados y revoleados, golpeando la madera con ese ruido seco mientras la estentórea voz del Viejo corta el aire con algún juramento de grueso calibre que siempre estalla acompañado por una perdigonada de
saliva, masa y mozzarella. Ya tenemos experiencia en sentir bien de cerca ese
desagradable aliento de condimentos de pizza, chimichurri o vino, según la
ocasión.
No logro entender si el Viejo
tiene algo personal conmigo. Por eso me gusta más cuando me toca con el Gordo,
que nos mira a todos igual, normalmente masticando un escarbadientes. Tampoco
le falta el chopp de cerveza en la mano cada vez que lo vemos, y debo reconocer
que su aliento y su vocabulario son tan vehementes como los del Viejo. Los
otros dos cambian seguido y no recuerdo sus nombres… El Tano, el Flaco, el Negro,
el Profe, etcétera. ¿Por qué voy a recordarlos si rara vez a nosotros nos ponen
un nombre? Acá somos como una familia, para mí somos todos iguales, eso es lo
que me molesta del Viejo más allá de sus modales y su higiene. No logro
entender por qué esa sonrisa cuando ve al más buen mozo de nosotros o a la más
linda de los cuarenta. A mis dos primos mayores los mira con respeto, cariño y
hasta excitación podría decir… pero es totalmente distinto cuando nos ve a mí y
a mi primo más chico. Aunque no siempre, a veces cuando aparecemos con cierta
compañía, también se pone contento… Pero con mis dos primos mayores siempre
sonríe. En cambio el Gordo siempre tiene la misma cara de gordo. Sólo me llama
la atención la manera en que levanta las cejas mirando al Viejo cuando ve llegar
al más apuesto de nosotros.
Oigo
la voz del Gordo cobrándole a un pasajero, otro que sube e indica una
intersección en Parque Patricios. La
oscuridad de la guantera es total y yo no puedo parar de pensar en la gesta de
esta noche, en la repugnante sonrisa del Viejo gritándole burlonamente a sus
dos contrincantes “hoy duermen afuera” una y otra vez tras habernos rociado con
su baba (a mí, al compañero que cuando viene conmigo el Viejo sonríe y a otro
más que estaba ahí de casualidad) al vociferar “¡treinta y tres, la concha de
tu hermana!”.
