domingo, 18 de septiembre de 2016

Día Agitado de un Siete (falso)

                No me gustan las manos del Viejo, he de reconocerlo mientras comparto esta noche junto a mis treinta y nueve compañeros. Nunca se limpia las manos después de comer esa pizza grasienta y encima siempre nos baña con algo de cerveza. Para el momento en el que todos ya están demasiado borrachos o cansados y nosotros nos vamos, siempre terminamos todos pegoteados por sus detestables costumbres. Cuando por esas cuestiones del azar que jamás comprenderé dos de mis camaradas y yo terminamos de su lado, nos preparamos para lo peor. Para ser manoseados, estrujados y revoleados, golpeando la madera con ese ruido seco mientras la estentórea voz del Viejo corta el aire con algún juramento de grueso calibre que siempre estalla acompañado por una perdigonada de saliva, masa y mozzarella. Ya tenemos experiencia en sentir bien de cerca ese desagradable aliento de condimentos de pizza, chimichurri o vino, según la ocasión.

         No logro entender si el Viejo tiene algo personal conmigo. Por eso me gusta más cuando me toca con el Gordo, que nos mira a todos igual, normalmente masticando un escarbadientes. Tampoco le falta el chopp de cerveza en la mano cada vez que lo vemos, y debo reconocer que su aliento y su vocabulario son tan vehementes como los del Viejo. Los otros dos cambian seguido y no recuerdo sus nombres… El Tano, el Flaco, el Negro, el Profe, etcétera. ¿Por qué voy a recordarlos si rara vez a nosotros nos ponen un nombre? Acá somos como una familia, para mí somos todos iguales, eso es lo que me molesta del Viejo más allá de sus modales y su higiene. No logro entender por qué esa sonrisa cuando ve al más buen mozo de nosotros o a la más linda de los cuarenta. A mis dos primos mayores los mira con respeto, cariño y hasta excitación podría decir… pero es totalmente distinto cuando nos ve a mí y a mi primo más chico. Aunque no siempre, a veces cuando aparecemos con cierta compañía, también se pone contento… Pero con mis dos primos mayores siempre sonríe. En cambio el Gordo siempre tiene la misma cara de gordo. Sólo me llama la atención la manera en que levanta las cejas mirando al Viejo cuando ve llegar al más apuesto de nosotros.


                Oigo la voz del Gordo cobrándole a un pasajero, otro que sube e indica una intersección en Parque Patricios.  La oscuridad de la guantera es total y yo no puedo parar de pensar en la gesta de esta noche, en la repugnante sonrisa del Viejo gritándole burlonamente a sus dos contrincantes “hoy duermen afuera” una y otra vez tras habernos rociado con su baba (a mí, al compañero que cuando viene conmigo el Viejo sonríe y a otro más que estaba ahí de casualidad) al vociferar “¡treinta y tres, la concha de tu hermana!”.


martes, 6 de septiembre de 2016

Tras la oscuridad de la banquina

                Las estrellas desparramadas entre aquel difuso resplandor nebuloso que muchos no recuerdan, desprecian o ignoran obnubilados por entretenimientos más elaborados quizás hayan sido las únicas testigos de la suerte de ese pequeño Corsa que surcaba la anchura del país. Aquella oscura noche sin luna el velocímetro se mantenía firme entre los 110 y los 120 kilómetros por hora. Quien conducía, tercer dueño de ese vehículo, podía sentir el frío de la madrugada rural como un montón de agujas clavándose entre la piel y los huesos de los entumecidos brazos con los que asía el volante.

 Casi como una máquina estaba dedicado a masticar un chicle que hacía rato que no tenía sabor, pero hacerlo lo ayudaba a mantener sus párpados bien abiertos. No le importaba, lo único que tenía en su mente era la satisfactoria noción de que minuto a minuto  el amontonamiento de concreto quedaba más lejos, además de pensar en mantenerse a la derecha para evitar esos camiones chilenos que de tanto en tanto lo sacudían con su molesto zumbido. El celular estaba apagado desde que ese martes de cobranza había abandonado la oficina sin el más mínimo dejo de pena o temor, habiendo concluido después de muchas dudas y noches de soledad acompañada que tales emociones constituían sólo un enclavamiento que lo restringía de ser quien siempre había deseado ser, en beneficio de la triste y apócrifa satisfacción de meros espectadores perpetuos que aún sin merecer voz ni voto enarbolaban día a día esas pusilánimes consignas  que intentaban atarlo a un mundo frustrante que ya nada podía ofrecerle. Quizás eran sólo inconscientes repetidores de lo único que habían sabido conocer ya que de todos los miedos existentes el más antiguo y el más fuerte siempre ha sabido ser el miedo a lo desconocido, o tal vez intentaban exorcizar la sensación de transitar una vida que no deseaban creando la ilusión de que era imposible escapar a la ligadura de ese montón de directivas. Leyes que en ese momento ya parecían obsoletas, lejanas, ridículas y muy distintas a la carga que habían representado durante aquellos años de existencia paralela a la vida que el conductor siempre había tenido en los más íntimos rincones de su mente. Sin embargo no ignoraba que existía un último bastión defensivo que debía burlar, una última garra que indudablemente estaba intentando evitar que abandonara la ciudad para siempre. Tenía los ojos secos, pero ni siquiera quería parpadear. El frío era terrible, no obstante se negaba a encender la calefacción.

Debían ser ya cerca de las tres de la mañana, no podía faltar tanto para el límite con San Luis, que traía consigo el inicio de la autopista, último tramo hasta Mendoza. Recién ahí planeaba detenerse y descansar para al día siguiente tomar la 40, quizás hacia el Norte, quizás hacia el Sur, no sabía. Lo único que le importaba en ese momento era observar maravillado toda esa inmensa oscuridad que envolvía al  auto en la planicie de la sección cordobesa de la ruta 7. Lo desconocido iluminándose por sus luces altas a medida que avanzaba y alrededor, la insondable oscuridad que se extendía más allá de la banquina, mientras en un departamento de la ciudad su (ahora ya no) jefe dormía desconociendo que nunca más iba a verlo. No necesitaba nada más. Era así como siempre lo había querido. Unos cuantos kilómetros atrás había parado para llenar el tanque, y ya no tenía la menor idea de qué hora era. Un par de horas largas habían pasado desde que había dejado la estación de servicio… Un par, seguro que eran un par. ¿Habrían sido dos horas? Tal vez tres… o cuatro… ¿O tal vez cinco? La noche anterior no había dormido nada bien, y después de la detestable jornada de oficina había ido a comprar víveres para luego tomar el Acceso Oeste. Pero el Corsa parecía hasta vibrar de felicidad por rodar libremente, al contrario que en esos lentos viajes al trabajo, plagados de odiosos semáforos y atestados de vehículos conducidos por gente con amargos e infelices rostros agrietados por años de cautiverio bajo el diagrama cómodo pero vacío de la vida citadina (pensó qué triste desperdicio sería morir en medio de todo eso) cuyo último defensor era ese indescriptible ser que ahora lo observaba.  Ya casi podía sentir la gélida mirada de aquel ente que se alimentaba de las almas de los viajeros, se hacía ineludible el acecho de ese silencioso fantasma que pacientemente aguardaba a sus víctimas, oculto tras la oscuridad de la banquina.

El frío se tornaba insoportable y con muchísimo temor encendió la calefacción. Reguló el asiento para colocarlo en una posición que no le resultaba familiar ni cómoda, cambió el insípido chicle, subió el volumen de la estridente voz de Halford. Otro pueblo, otro camión que bajaba las luces al notar su proximidad desandando el corredor transoceánico. Otro cartel indicando la distancia hasta Mendoza, otro par de lentas luces rojas más adelante, otro sobrepaso en la espesa noche. Lo hacía inmensamente feliz pensar la suma constante de kilómetros en ese cuentakilómetros que había dejado de funcionar unas cuantas miles de unidades antes, suma cuya magnitud apaciguaba cada vez más las voces de quienes habían sabido enclavarlo tanto tiempo al lugar, al trabajo y a la pareja que ya se habían introducido en el olvidable pasado. Imaginaba a su jefe yendo a la oficina a la mañana siguiente sólo para descubrir la silla vacía, vestigio del acto incomprensible y contrario a todas las leyes que la prisionera personalidad empresarial endiosaba como inviolables. Al pasar un agotado 504 rojo pensó en su jefe bebiendo un café, mojando torpemente con espuma ese repugnante bigote mientras juzgaba a su empleado fugitivo para luego  irse a un departamento donde ni el perro se ponía feliz de verlo llegar tras la extinción del espejismo de su autoridad de ocho horas. Lo imaginó entrando a su departamento aún con la embriaguez de dominación, de marqués de la burocracia que le confería el poder de su abrochadora, de su birome y de los aborrecibles formularios con los que tenía la indiscutible autoridad de arruinarle el día a alguien. No hacía falta imaginar que encontraba a su esposa con otro, suficiente castigo era la realidad del choque entre su ilusión de poder y la sucesión de hechos cotidianos que constituían su insípida vida. La imagen en el espejo de ese repugnante ser de camisa que se abría a la altura del ombligo, su mujer que ni siquiera le hablaba y quizás lo peor de todo, la autoimpuesta condena de tener que fingir  ante los demás ser un hombre poderoso y satisfecho con su vida. Después pensó que la hija tenía seguramente en el cuarto un poster de los Jonas Brothers, esos religiosos que ya se habían separado y que una vez los metieron presos pero había leído en el suplemento de espectáculos que ya los habían liberado…….. A continuación un horror inenarrable lo invadió al identificar en este pensamiento un síntoma inequívoco de la cercanía de aquella temible presencia que intentaba detenerlo o hacerlo regresar. Se negaba férreamente a detenerse en medio de la nada si bien esto era una clara advertencia de la seriedad del acecho, ¿cuánto faltaba para San Luis?

Sacudió la cabeza. Tenía que mantener ocupada la mente. Ramal Tigre del Mitre. Eléctrico, salía de Retiro. Lisandro de la Torre, Belgrano C, Núñez, Rivadavia… Vicente López… Ya se las sabía de memoria, no era un ejercicio mental suficiente. En 1995 Almafuerte hizo Mundo Guanaco, después Del entorno al año siguiente. El disco de las cartas en el 98, “A Fondo Blanco” un año después…. El zumbido de otro camión en sentido contrario lo despabiló un poco más. Ya se sentía mejor, mucho mejor. Podía lograrlo. Recordó que el jueves anterior le había devuelto a su amiga Mariana el libro de Cortázar que le había prestado. Ciertamente le había gustado mucho. ¿Y ella le había devuelto el suyo? No podía recordarlo en ese momento… Quizás se había olvidado de que le diera el suyo. ¿Seguía importando?

Se encontraba vagando entre sus pensamientos y su percepción cada vez más surrealista de las estrellas en aquel cielo sin luna cuando se introdujo en el vehículo aquel horroroso ser que tanto se había empeñado en evadir. Esta vez no pudo evitarlo, ya estaba a su lado la cálida e intangible presencia que en distantes tiempos le había sido difícil hallar en los suelos plagados de infamia que había dejado atrás, aquello que algunos seres cautivos incluso buscaban en la ominosa industria farmacéutica. Vio las montañas de Mendoza que pensaba recorrer al día siguiente. Vio la ruta 40 y cada pueblo en donde planeaba detenerse a probar un plato típico. Vio la oficina, vio una casita en medio de la nada sin siquiera energía eléctrica. Vio cierta sonrisa y ciertos ojos y se preguntó por qué prefería permanecer atrapada entre los engranajes de cemento. Vio a todos esos seres grises y vacíos apuntándole con el dedo. Vio la madrugada en la que se había despistado yendo a trabajar y las estrellas habían sido sus únicas testigos, esas estrellas apagadas por el gran cúmulo de luz de la rutina pero que al fin y al cabo eran las mismas que lo observaban en la ruta 7… y aunque no tuvo tiempo para pensarlo, aquella mañana hubiera deseado que todo fuera así. Fueron escasos segundos, sin embargo fue suficiente para que cumpliera su cometido aquella entidad nefasta que acechaba tras la oscuridad de la banquina, que pretendía arrastrarlo nuevamente a un lugar donde sus deseos de enredarse sin rumbo en las rutas siempre habían sido condenados a la vez que se consideraba loable el método de existencia de pobres seres como su (ahora ex) despreciable jefe. Cuando abrió los ojos lo único que vio fueron dos luces blancas.


lunes, 15 de agosto de 2016

Del Mecanismo (La Advertencia del Maquinista)

                Mendoza y sus interminables viñedos a la vera de la Ruta 7. Las sierras de córdoba, los pueblos y sus plazas, él tocando unos temas con su guitarra ahí, tal vez conociendo gente nueva. La puesta del sol haciendo un rudimentario asado al costado del camino en algún escenario pampeano árido y desconocido. Los senderos del Sur de los que tantas fotos había visto, y en el otro extremo las montañas y la amabilidad de la gente del Norte que en alguna canción había escuchado mencionar. Aquel pueblito entrerriano del cual cierta vez un camionero había hecho mención al recordar que ahí había probado la mejor cerveza de su vida. La ruta por la noche, él manejando, él en un detestable micro de larga distancia, acompañado o rodando en soledad. Su mente deambulaba por centenares de recuerdos que jamás habían acontecido. ¿Algún día podría escapar? Mientras servía el café, se halló a sí mismo contemplando cualquier lugar del mundo, excepto aquel lugar donde estaba su cuerpo… una vez más.

El reloj había estado siempre ahí, contemplando todo desde la pared de la cocina,  ofreciendo esa ilusoria imagen cíclica del tiempo, quizás para intentar convencerlo de que siempre habría otro día a continuación. La quietud de la mañana sólo perturbada por el sonido del segundero  lo hizo verse sentado contemplando el cosmos por la ventana  de un ferrocarril. No parecía tener intención de frenar, sin embargo las luces fantásticas que lo envolvían no parecían moverse. Sentía como el tren inexorablemente se alejaba pero a su vez se mantenía en el mismo lugar, hasta que la tostadora lo trajo de vuelta a la lúgubre cocina.

Miró fijamente por unos instantes las dos humeantes tazas de café que en algún momento le había emocionado preparar, contempló la vieja heladera, reparó unos instantes en la lámpara que colgaba del techo. Rodeado de esos testigos silenciosos, se sintió terriblemente quieto y solo.  Lo que las agujas jamás podrían representar -pensó Sebastián mientras untaba unas tostadas con mermelada- era aquel imparable movimiento que acompañaba los ciclos. Abrió la heladera para buscar la leche y se fijó un momento en la nota bajo el imán: decía “Te amo bombón”, frase que no hizo más que acrecentar la vacía sensación de desplazamiento temporal sin movimiento en el espacio que la acompañe, aquello que siempre resultaría incomprensible para los mecanismos de relojería. Porque entre todas las imágenes que había contemplado sirviendo el café, en ningún lugar estaba ella. Ella, la que estaba esperando el desayuno en la cama, esperándolo para darle todo su cariño, con esos mimos que ya no le sabían a nada. Con tres cucharadas de azúcar era como le gustaba a ella, y ahora el café giraba expresando también de alguna manera más rudimentaria  que esa mañana se estaba yendo, que los rayos débiles del sol de esa nublada y oscura mañana de invierno lo encontraban una vez más preguntándose si realmente deseaba estar ahí. La quietud de los árboles que observaba por la ventana era tal que hasta parecía escuchar el acusante susurro de su conciencia que una vez más se preguntaba si aquello que lo aguardaba entre los brazos de esa chica era realmente cariño.

«¿Y las llegaste a amar? Entonces no es amor lo que sentís por mí, es algo superficial. El amor es algo que se siente una sola vez en la vida. »

Acudiendo a reforzar esa pequeña voz interna que él no quería oír apareció el recuerdo de esos gritos en la oscuridad de su habitación y de la interminable discusión absurda que los sucedió. Se apoyó contra la mesada. Su mente automáticamente desenterró profundas memorias de aventuras, de risas, de viejos momentos en los que al abrazarla había sentido que no necesitaba más nada. Quizás como un intento de compensar la mortal y fría sensación de agotamiento y de vaciedad que en ese instante invadía su cerebro y cada célula de su cuerpo,  lo único que lograban esos recuerdos era girar la llave esperando oír el motor de arranque de un auto que no tenía batería hace rato.

Y él sabía que ese burro no iba a girar. No iba a girar nunca más, aunque no quisiera aceptarlo e inexplicablemente siguiera intentando empujar y empujar. ¿Para qué, no es suficiente ya? ¿Estás realmente siendo tan feliz como las fotos románticas de tu facebook indican, o es hora de asumir que estás viviendo una parodia de lo que alguna vez fue tu vida?

Trataba de hacer que esa vocecita se callara, pero una vez que comenzaba a hablar era imposible pararla.

«-¿Podés venir una hora más tarde? Tengo que terminar un trabajo de la facultad.
-Ya entendí que no querés que vaya. Yo soy una boluda porque estoy idealizando todo y   vos no te esforzás por mí»

Pero la pequeña voz seguía provocativa y trayendo citas que parecían venir a responder la cuestión que nuevamente lo había invadido esa mañana: si realmente era ahí donde deseaba estar, si realmente eran esos el entorno y las circunstancias hacia donde los deseos más profundos de su mente (que al fin son los únicos que importan) apuntaban. Ahora lo único que deseaba era que esa voz enmudeciera y pudiera permitirle pensar. ¿Pero no era acaso esa vocecita el abogado de sus más profundos pensamientos, defendiendo los verdaderos intereses de su más íntimo ser? ¿Era eso el verdadero hilo de su pensar, o debía continuar suprimiéndolo? Intentaba evadir la ineludible conclusión de que esa voz era simplemente él.

Temía sacar la cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que las cosas eran así, pero sentía que los últimos meses habían sido sólo una sucesión cíclica de trabajar, ir a la facultad y ver a su novia… esto último con el decrecimiento de felicidad que le producía ya no hacerlo por propia voluntad sino por compromiso y obligación.

-¿Obligación de quién carajo? – la vocecita volvió a formular la pregunta que él lisa y llanamente desconocía cómo responder. Y fue entonces cuando no pudo evitarlo y recordó otra ocasión en la que ese cuestionamiento había sido articulado. La noche del sábado, cuando había ido a reunirse con dos viejos amigos a un bar… sin ella. Meses enclavado a la rutina cuya obligatoriedad el malhablado abogado ponía en duda lo habían llevado a ver una simple cerveza con sus amigos como un evento fuera de lo común que para ser consumado precisaba de una larga pugna burocrática. El mismo procedimiento que debía atravesar ante cualquier desvío de la lúgubre sucesión en la que se había transformado su vida.

Esa noche de sábado que acudía a su mente como una prueba fidedigna a la que el abogado se aferraba, sentía cómo su celular vibraba sin parar en su bolsillo mientras su amigo le servía la cerveza. “¿Qué estás haciendo? ¿Dónde estás? ¿No entendés que me vine a vivir acá por vos que te cagás en todo?” eran algunas de las cosas que estaba recibiendo. Ver a sus amigos era una ocasión que cada vez era más difícil de encontrar, y ahí estaba forzando una sonrisa sin lograr librarse de la injusta auditoría constante que esta chica había llegado a instaurar en nombre del amor. Recordó cómo en ese momento la vocecita del abogado había tomado la palabra: “La viste todos los días de la semana, ¿tanto se va a enojar porque un día hagas otra cosa? ¿Realmente te parece que sea amor si ante cualquier cosa que hagas vos como entidad que tiene vida propia todo se transforma en acusaciones y violencia?”.

“Traeme la plata que me estás guardando en el banco, ahora”, seguían rezando los mensajes cuando fue al baño, y mientras intentaba pensar qué responder cayó en la cuenta de que momentos como esos también eran parte de su triste, ridícula y payasezca rutina. Este momento era gemelo de aquella vez que él había ido a un simple asado de camaradería con sus compañeros de la facultad, cosa que había tirado del gatillo de la ametralladora de acusaciones (y de pelotudeces de grueso calibre, como agregaba el abogado cuando no era suprimido). Y a su vez la catarata de mensajes acusatorios del asado era una mera recreación de tantas otras obras dramáticas más. Abstraído por esos pensamientos estaba en el baño del bar cuando intentó abrir la puerta sin cerrojo del único inodoro sin advertir que estaba ocupado, a lo que un hombre que aguardaba parado al lado lo agarró del brazo y le dijo “No, hay uno cagando. Y yo que quería tomar… pero bueno, peor que quieras tomar y estén cagando sería que quieras cagar y estén tomando”. Minutos después de oír aquel rapto filosófico se encontraba en el colectivo volviendo a verla, para caer nuevamente en el mecanismo de esa detestable rutina indefendible.

El café comenzaba a enfriarse (como todo acá) y Sebastián continuaba parado en la cocina. Sabía muy bien que el ferrocarril que había observado en ese estático cosmos no iba a tener nunca intenciones de detenerse o de aminorar su marcha para esperarlo, sin embargo eso no era lo que turbaba su mente ya que le parecía inevitable. Lo que lo estremecía era ver cómo los minutos de su vida se escapaban a través de los barrotes imaginarios de la ventana de la cocina, de la ventana de su habitación. Sí, realmente odiaba cada centímetro cuadrado de ese departamento de mierda. Y también odiaba la mirada vigilante de esos dos peluches que en su mirada de plástico guardaban la verdad del amor enfermo en nombre del cual habían sido regalados. Imágenes del momento tierno y cariñoso en el que ella le había regalado esos peluches acudieron inmediatamente, sucedidas por el recuerdo de lo que había ocurrido cuando esa noche él volvió de bañarse. Quizás el regalo había sido parte de una fría premeditación en forma de intento de amortiguación del ataque que vendría después, o tal vez solamente de la misma manera que un adicto sufre de súbitas recaídas ciertas personas tienen la necesidad de generar problemas cuando todo está bien.

«-Me tenés que explicar algo, te revisé el celular. Vos te seguís viendo con tu ex novia.
-No, hace dos años que no la veo»

El abogado de esos profundos pensamientos que sólo querían escapar no necesitaba citar la conversación completa, sólo recordar que ante la demostración que la acusación era totalmente absurda, lejos de pedir perdón ella continuó, agarrando el celular:

«-¿Y quién es esta?
-Una amiga que tengo hace años, aunque no la conozcas.
-Hay una que te pregunta quién sos. Le estás hablando a desconocidas.
-No, esa es mi amiga y vos la conocés, sólo que cambió el teléfono y perdió los contactos. Fijate que antes de esa pregunta hay más conversación.»

Igual que el borracho perdido que ya arruinado y agarrándose de las paredes entra a una taberna y pide a gritos su whisky favorito, escucha preocupado del cantinero que ya se acabó y le pide uno de menor calidad que tampoco queda, y al final termina pidiendo una cerveza que no puede pagar. ¿Era consciente de que existían problemas reales que ella se negaba a encarar como para andar en ese juego?

¿Era esta rutina el amor? ¿Alejarse de los amigos, sacrificar toda actividad ajena al romance, dejar de ser uno mismo para dedicarse ayudar y satisfacer los caprichos de otro, recibiendo a cambio desconfianza constante y allanamientos dignos de la división de delitos informáticos? “Nunca me van a convencer de que el amor es toda esa mierda” había dicho Sebastián alguna vez al observar amigos atrapados en relaciones enfermas, y antes de que se diera cuenta ahí estaba él incapaz de detener el engranaje de esa aberrante rutina. Pero para el resto del mundo estaba todo bien. Él aparentaba ser enormemente feliz con el cartel de “tiene una relación” bajo esas fotos de besos y sonrisas. Nadie iba a juzgarlo.

Pero cuando seas viejo y sientas que tenés los días contado… ¿vas a recordar lo que pensaban los demás y esas fotos lindas o vas a pensar que perdiste tu vida estando en un lugar donde no querías estar, siendo alguien que no quisiste ser?


Ya lo había decidido, no podía aguantar más. Iba a ir y decirle que no quería verla más. Iba a irse muy lejos, iba a recuperar a sus amigos. Iba a ponerse al día con la facultad y con todas las cosas que le gustaban hacer antes de conocerla. Iba a tener que enfrentar el mundo solo nuevamente, construir algo nuevo, sí, dejar de tenerla ahí para todo lo que quisiera. Sintió ese pinchazo que acompaña esa sensación de tener un pie fuera de la comodidad de la vida conocida… Sí, comodidad que se había tragado casi todo lo que él era antes. Y se encontraba pensando que ya no había otra opción que enfrentar nuevamente solo este mundo tan complicado pero hermoso cuando unos ruidos en la habitación lo hicieron abandonar todo ese debate interno. Ella se había despertado. El abogado descendió nuevamente a las entrañas de aquel triste depósito de sueños postergados en el que se había transformado su psiquis, refugiándose como un ladrón al ver luces azules.

El pinchazo de inseguridad e incertidumbre se sintió más fuerte que nunca. En la cocina, el reloj continuaba cumpliendo ciclos. Sebastián colocó las tazas de café y las tostadas en una bandeja, caminó hasta la habitación y cruzó la puerta con una sonrisa. En alguna parte, un tren sin intenciones de detenerse corría sobre los rieles sumergido en un estático y nebuloso paisaje. Entre los ruidos y la grasa de la locomotora, el maquinista murmuró “qué pelotudo”.

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Ranking personal

1 - El Demonio en lo del Gordo (o el gordo endemoniado)  2 - El Vigilante  3 - Tras la Oscuridad de la Banquina  4 - Del Mecani...