Las
estrellas desparramadas entre aquel difuso resplandor nebuloso que muchos no recuerdan, desprecian o ignoran obnubilados por entretenimientos más elaborados quizás hayan sido las únicas testigos de la suerte de
ese pequeño Corsa que surcaba la anchura del país. Aquella oscura noche sin
luna el velocímetro se mantenía firme entre los 110 y los 120 kilómetros por
hora. Quien conducía, tercer dueño de ese vehículo, podía sentir el frío de la
madrugada rural como un montón de agujas clavándose entre la piel y los huesos
de los entumecidos brazos con los que asía el volante.
Casi como una máquina estaba dedicado a
masticar un chicle que hacía rato que no tenía sabor, pero hacerlo lo ayudaba a
mantener sus párpados bien abiertos. No le importaba, lo único que tenía en su
mente era la satisfactoria noción de que minuto a minuto el amontonamiento de concreto quedaba más
lejos, además de pensar en mantenerse a la derecha para evitar esos camiones chilenos
que de tanto en tanto lo sacudían con su molesto zumbido. El celular estaba
apagado desde que ese martes de cobranza había abandonado la oficina sin el más
mínimo dejo de pena o temor, habiendo concluido después de muchas dudas y
noches de soledad acompañada que tales emociones constituían sólo un
enclavamiento que lo restringía de ser quien siempre había deseado ser, en
beneficio de la triste y apócrifa satisfacción de meros espectadores perpetuos
que aún sin merecer voz ni voto enarbolaban día a día esas pusilánimes
consignas que intentaban atarlo a un
mundo frustrante que ya nada podía ofrecerle. Quizás eran sólo inconscientes repetidores
de lo único que habían sabido conocer ya que de todos los miedos existentes el
más antiguo y el más fuerte siempre ha sabido ser el miedo a lo desconocido, o
tal vez intentaban exorcizar la sensación de transitar una vida que no deseaban
creando la ilusión de que era imposible escapar a la ligadura de ese montón de
directivas. Leyes que en ese momento ya parecían obsoletas, lejanas, ridículas
y muy distintas a la carga que habían representado durante aquellos años de
existencia paralela a la vida que el conductor siempre había tenido en los más
íntimos rincones de su mente. Sin embargo no ignoraba que existía un último
bastión defensivo que debía burlar, una última garra que indudablemente estaba
intentando evitar que abandonara la ciudad para siempre. Tenía los ojos secos,
pero ni siquiera quería parpadear. El frío era terrible, no obstante se negaba
a encender la calefacción.
Debían ser ya
cerca de las tres de la mañana, no podía faltar tanto para el límite con San
Luis, que traía consigo el inicio de la autopista, último tramo hasta Mendoza.
Recién ahí planeaba detenerse y descansar para al día siguiente tomar la 40,
quizás hacia el Norte, quizás hacia el Sur, no sabía. Lo único que le importaba
en ese momento era observar maravillado toda esa inmensa oscuridad que envolvía
al auto en la planicie de la sección
cordobesa de la ruta 7. Lo desconocido iluminándose por sus luces altas a
medida que avanzaba y alrededor, la insondable oscuridad que se extendía más
allá de la banquina, mientras en un departamento de la ciudad su (ahora ya no) jefe
dormía desconociendo que nunca más iba a verlo. No necesitaba nada más. Era así
como siempre lo había querido. Unos cuantos kilómetros atrás había parado para
llenar el tanque, y ya no tenía la menor idea de qué hora era. Un par de horas
largas habían pasado desde que había dejado la estación de servicio… Un par, seguro
que eran un par. ¿Habrían sido dos horas? Tal vez tres… o cuatro… ¿O tal vez
cinco? La noche anterior no había dormido nada bien, y después de la detestable
jornada de oficina había ido a comprar víveres para luego tomar el Acceso
Oeste. Pero el Corsa parecía hasta vibrar de felicidad por rodar libremente, al
contrario que en esos lentos viajes al trabajo, plagados de odiosos semáforos y
atestados de vehículos conducidos por gente con amargos e infelices rostros
agrietados por años de cautiverio bajo el diagrama cómodo pero vacío de la vida
citadina (pensó qué triste desperdicio
sería morir en medio de todo eso) cuyo último defensor era ese
indescriptible ser que ahora lo observaba. Ya casi podía sentir la gélida mirada de aquel
ente que se alimentaba de las almas de los viajeros, se hacía ineludible el
acecho de ese silencioso fantasma que pacientemente aguardaba a sus víctimas,
oculto tras la oscuridad de la banquina.
El frío se
tornaba insoportable y con muchísimo temor encendió la calefacción. Reguló el
asiento para colocarlo en una posición que no le resultaba familiar ni cómoda,
cambió el insípido chicle, subió el volumen de la estridente voz de Halford. Otro
pueblo, otro camión que bajaba las luces al notar su proximidad desandando el
corredor transoceánico. Otro cartel indicando la distancia hasta Mendoza, otro
par de lentas luces rojas más adelante, otro sobrepaso en la espesa noche. Lo hacía
inmensamente feliz pensar la suma constante de kilómetros en ese
cuentakilómetros que había dejado de funcionar unas cuantas miles de
unidades antes, suma cuya magnitud apaciguaba cada vez más las voces de quienes
habían sabido enclavarlo tanto tiempo al lugar, al trabajo y a la pareja que ya
se habían introducido en el olvidable pasado. Imaginaba a su jefe yendo a la
oficina a la mañana siguiente sólo para descubrir la silla vacía, vestigio del
acto incomprensible y contrario a todas las leyes que la prisionera
personalidad empresarial endiosaba como inviolables. Al pasar un agotado 504 rojo
pensó en su jefe bebiendo un café, mojando torpemente con espuma ese repugnante
bigote mientras juzgaba a su empleado fugitivo para luego irse a un departamento donde ni el perro se
ponía feliz de verlo llegar tras la extinción del espejismo de su autoridad de
ocho horas. Lo imaginó entrando a su departamento aún con la embriaguez de
dominación, de marqués de la burocracia que le confería el poder de su
abrochadora, de su birome y de los aborrecibles formularios con los que tenía la
indiscutible autoridad de arruinarle el día a alguien. No hacía falta imaginar
que encontraba a su esposa con otro, suficiente castigo era la realidad del
choque entre su ilusión de poder y la sucesión de hechos cotidianos que
constituían su insípida vida. La imagen en el espejo de ese repugnante ser de camisa que se abría a la altura del ombligo, su mujer que ni siquiera le
hablaba y quizás lo peor de todo, la autoimpuesta condena de tener que fingir ante los demás ser un hombre poderoso y
satisfecho con su vida. Después pensó que la hija tenía seguramente en el
cuarto un poster de los Jonas Brothers, esos religiosos que ya se habían
separado y que una vez los metieron presos pero había leído en el suplemento de
espectáculos que ya los habían liberado…….. A continuación un horror
inenarrable lo invadió al identificar en este pensamiento un síntoma inequívoco
de la cercanía de aquella temible presencia que intentaba detenerlo o hacerlo
regresar. Se negaba férreamente a detenerse en medio de la nada si bien esto
era una clara advertencia de la seriedad del acecho, ¿cuánto faltaba para San
Luis?
Sacudió la
cabeza. Tenía que mantener ocupada la mente. Ramal Tigre del Mitre. Eléctrico,
salía de Retiro. Lisandro de la Torre, Belgrano C, Núñez, Rivadavia… Vicente
López… Ya se las sabía de memoria, no era un ejercicio mental suficiente. En
1995 Almafuerte hizo Mundo Guanaco, después Del entorno al año siguiente. El
disco de las cartas en el 98, “A Fondo Blanco” un año después…. El zumbido de
otro camión en sentido contrario lo despabiló un poco más. Ya se sentía mejor,
mucho mejor. Podía lograrlo. Recordó que el jueves anterior le había devuelto a
su amiga Mariana el libro de Cortázar que le había prestado. Ciertamente le
había gustado mucho. ¿Y ella le había devuelto el suyo? No podía recordarlo en
ese momento… Quizás se había olvidado de que le diera el suyo. ¿Seguía
importando?
Se encontraba
vagando entre sus pensamientos y su percepción cada vez más surrealista de las
estrellas en aquel cielo sin luna cuando se introdujo en el
vehículo aquel horroroso ser que tanto se había empeñado en evadir. Esta vez no
pudo evitarlo, ya estaba a su lado la cálida e intangible presencia que en distantes tiempos le había sido difícil hallar en los suelos plagados de infamia que había dejado atrás, aquello que algunos seres cautivos incluso buscaban en la ominosa industria farmacéutica. Vio las
montañas de Mendoza que pensaba recorrer al día siguiente. Vio la ruta 40 y
cada pueblo en donde planeaba detenerse a probar un plato típico. Vio la
oficina, vio una casita en medio de la nada sin siquiera energía eléctrica. Vio
cierta sonrisa y ciertos ojos y se preguntó por qué prefería permanecer
atrapada entre los engranajes de cemento. Vio a todos esos seres grises y
vacíos apuntándole con el dedo. Vio la madrugada en la que se había despistado
yendo a trabajar y las estrellas habían sido sus únicas testigos, esas
estrellas apagadas por el gran cúmulo de luz de la rutina pero que al fin y al
cabo eran las mismas que lo observaban en la ruta 7… y aunque no tuvo tiempo para
pensarlo, aquella mañana hubiera deseado que todo fuera así. Fueron escasos
segundos, sin embargo fue suficiente para que cumpliera su cometido aquella entidad nefasta que acechaba tras la oscuridad de la banquina, que pretendía arrastrarlo
nuevamente a un lugar donde sus deseos de enredarse sin rumbo en las rutas
siempre habían sido condenados a la vez que se consideraba loable el método de existencia de
pobres seres como su (ahora ex) despreciable jefe. Cuando abrió los ojos lo
único que vio fueron dos luces blancas.
