lunes, 15 de agosto de 2016

Del Mecanismo (La Advertencia del Maquinista)

                Mendoza y sus interminables viñedos a la vera de la Ruta 7. Las sierras de córdoba, los pueblos y sus plazas, él tocando unos temas con su guitarra ahí, tal vez conociendo gente nueva. La puesta del sol haciendo un rudimentario asado al costado del camino en algún escenario pampeano árido y desconocido. Los senderos del Sur de los que tantas fotos había visto, y en el otro extremo las montañas y la amabilidad de la gente del Norte que en alguna canción había escuchado mencionar. Aquel pueblito entrerriano del cual cierta vez un camionero había hecho mención al recordar que ahí había probado la mejor cerveza de su vida. La ruta por la noche, él manejando, él en un detestable micro de larga distancia, acompañado o rodando en soledad. Su mente deambulaba por centenares de recuerdos que jamás habían acontecido. ¿Algún día podría escapar? Mientras servía el café, se halló a sí mismo contemplando cualquier lugar del mundo, excepto aquel lugar donde estaba su cuerpo… una vez más.

El reloj había estado siempre ahí, contemplando todo desde la pared de la cocina,  ofreciendo esa ilusoria imagen cíclica del tiempo, quizás para intentar convencerlo de que siempre habría otro día a continuación. La quietud de la mañana sólo perturbada por el sonido del segundero  lo hizo verse sentado contemplando el cosmos por la ventana  de un ferrocarril. No parecía tener intención de frenar, sin embargo las luces fantásticas que lo envolvían no parecían moverse. Sentía como el tren inexorablemente se alejaba pero a su vez se mantenía en el mismo lugar, hasta que la tostadora lo trajo de vuelta a la lúgubre cocina.

Miró fijamente por unos instantes las dos humeantes tazas de café que en algún momento le había emocionado preparar, contempló la vieja heladera, reparó unos instantes en la lámpara que colgaba del techo. Rodeado de esos testigos silenciosos, se sintió terriblemente quieto y solo.  Lo que las agujas jamás podrían representar -pensó Sebastián mientras untaba unas tostadas con mermelada- era aquel imparable movimiento que acompañaba los ciclos. Abrió la heladera para buscar la leche y se fijó un momento en la nota bajo el imán: decía “Te amo bombón”, frase que no hizo más que acrecentar la vacía sensación de desplazamiento temporal sin movimiento en el espacio que la acompañe, aquello que siempre resultaría incomprensible para los mecanismos de relojería. Porque entre todas las imágenes que había contemplado sirviendo el café, en ningún lugar estaba ella. Ella, la que estaba esperando el desayuno en la cama, esperándolo para darle todo su cariño, con esos mimos que ya no le sabían a nada. Con tres cucharadas de azúcar era como le gustaba a ella, y ahora el café giraba expresando también de alguna manera más rudimentaria  que esa mañana se estaba yendo, que los rayos débiles del sol de esa nublada y oscura mañana de invierno lo encontraban una vez más preguntándose si realmente deseaba estar ahí. La quietud de los árboles que observaba por la ventana era tal que hasta parecía escuchar el acusante susurro de su conciencia que una vez más se preguntaba si aquello que lo aguardaba entre los brazos de esa chica era realmente cariño.

«¿Y las llegaste a amar? Entonces no es amor lo que sentís por mí, es algo superficial. El amor es algo que se siente una sola vez en la vida. »

Acudiendo a reforzar esa pequeña voz interna que él no quería oír apareció el recuerdo de esos gritos en la oscuridad de su habitación y de la interminable discusión absurda que los sucedió. Se apoyó contra la mesada. Su mente automáticamente desenterró profundas memorias de aventuras, de risas, de viejos momentos en los que al abrazarla había sentido que no necesitaba más nada. Quizás como un intento de compensar la mortal y fría sensación de agotamiento y de vaciedad que en ese instante invadía su cerebro y cada célula de su cuerpo,  lo único que lograban esos recuerdos era girar la llave esperando oír el motor de arranque de un auto que no tenía batería hace rato.

Y él sabía que ese burro no iba a girar. No iba a girar nunca más, aunque no quisiera aceptarlo e inexplicablemente siguiera intentando empujar y empujar. ¿Para qué, no es suficiente ya? ¿Estás realmente siendo tan feliz como las fotos románticas de tu facebook indican, o es hora de asumir que estás viviendo una parodia de lo que alguna vez fue tu vida?

Trataba de hacer que esa vocecita se callara, pero una vez que comenzaba a hablar era imposible pararla.

«-¿Podés venir una hora más tarde? Tengo que terminar un trabajo de la facultad.
-Ya entendí que no querés que vaya. Yo soy una boluda porque estoy idealizando todo y   vos no te esforzás por mí»

Pero la pequeña voz seguía provocativa y trayendo citas que parecían venir a responder la cuestión que nuevamente lo había invadido esa mañana: si realmente era ahí donde deseaba estar, si realmente eran esos el entorno y las circunstancias hacia donde los deseos más profundos de su mente (que al fin son los únicos que importan) apuntaban. Ahora lo único que deseaba era que esa voz enmudeciera y pudiera permitirle pensar. ¿Pero no era acaso esa vocecita el abogado de sus más profundos pensamientos, defendiendo los verdaderos intereses de su más íntimo ser? ¿Era eso el verdadero hilo de su pensar, o debía continuar suprimiéndolo? Intentaba evadir la ineludible conclusión de que esa voz era simplemente él.

Temía sacar la cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que las cosas eran así, pero sentía que los últimos meses habían sido sólo una sucesión cíclica de trabajar, ir a la facultad y ver a su novia… esto último con el decrecimiento de felicidad que le producía ya no hacerlo por propia voluntad sino por compromiso y obligación.

-¿Obligación de quién carajo? – la vocecita volvió a formular la pregunta que él lisa y llanamente desconocía cómo responder. Y fue entonces cuando no pudo evitarlo y recordó otra ocasión en la que ese cuestionamiento había sido articulado. La noche del sábado, cuando había ido a reunirse con dos viejos amigos a un bar… sin ella. Meses enclavado a la rutina cuya obligatoriedad el malhablado abogado ponía en duda lo habían llevado a ver una simple cerveza con sus amigos como un evento fuera de lo común que para ser consumado precisaba de una larga pugna burocrática. El mismo procedimiento que debía atravesar ante cualquier desvío de la lúgubre sucesión en la que se había transformado su vida.

Esa noche de sábado que acudía a su mente como una prueba fidedigna a la que el abogado se aferraba, sentía cómo su celular vibraba sin parar en su bolsillo mientras su amigo le servía la cerveza. “¿Qué estás haciendo? ¿Dónde estás? ¿No entendés que me vine a vivir acá por vos que te cagás en todo?” eran algunas de las cosas que estaba recibiendo. Ver a sus amigos era una ocasión que cada vez era más difícil de encontrar, y ahí estaba forzando una sonrisa sin lograr librarse de la injusta auditoría constante que esta chica había llegado a instaurar en nombre del amor. Recordó cómo en ese momento la vocecita del abogado había tomado la palabra: “La viste todos los días de la semana, ¿tanto se va a enojar porque un día hagas otra cosa? ¿Realmente te parece que sea amor si ante cualquier cosa que hagas vos como entidad que tiene vida propia todo se transforma en acusaciones y violencia?”.

“Traeme la plata que me estás guardando en el banco, ahora”, seguían rezando los mensajes cuando fue al baño, y mientras intentaba pensar qué responder cayó en la cuenta de que momentos como esos también eran parte de su triste, ridícula y payasezca rutina. Este momento era gemelo de aquella vez que él había ido a un simple asado de camaradería con sus compañeros de la facultad, cosa que había tirado del gatillo de la ametralladora de acusaciones (y de pelotudeces de grueso calibre, como agregaba el abogado cuando no era suprimido). Y a su vez la catarata de mensajes acusatorios del asado era una mera recreación de tantas otras obras dramáticas más. Abstraído por esos pensamientos estaba en el baño del bar cuando intentó abrir la puerta sin cerrojo del único inodoro sin advertir que estaba ocupado, a lo que un hombre que aguardaba parado al lado lo agarró del brazo y le dijo “No, hay uno cagando. Y yo que quería tomar… pero bueno, peor que quieras tomar y estén cagando sería que quieras cagar y estén tomando”. Minutos después de oír aquel rapto filosófico se encontraba en el colectivo volviendo a verla, para caer nuevamente en el mecanismo de esa detestable rutina indefendible.

El café comenzaba a enfriarse (como todo acá) y Sebastián continuaba parado en la cocina. Sabía muy bien que el ferrocarril que había observado en ese estático cosmos no iba a tener nunca intenciones de detenerse o de aminorar su marcha para esperarlo, sin embargo eso no era lo que turbaba su mente ya que le parecía inevitable. Lo que lo estremecía era ver cómo los minutos de su vida se escapaban a través de los barrotes imaginarios de la ventana de la cocina, de la ventana de su habitación. Sí, realmente odiaba cada centímetro cuadrado de ese departamento de mierda. Y también odiaba la mirada vigilante de esos dos peluches que en su mirada de plástico guardaban la verdad del amor enfermo en nombre del cual habían sido regalados. Imágenes del momento tierno y cariñoso en el que ella le había regalado esos peluches acudieron inmediatamente, sucedidas por el recuerdo de lo que había ocurrido cuando esa noche él volvió de bañarse. Quizás el regalo había sido parte de una fría premeditación en forma de intento de amortiguación del ataque que vendría después, o tal vez solamente de la misma manera que un adicto sufre de súbitas recaídas ciertas personas tienen la necesidad de generar problemas cuando todo está bien.

«-Me tenés que explicar algo, te revisé el celular. Vos te seguís viendo con tu ex novia.
-No, hace dos años que no la veo»

El abogado de esos profundos pensamientos que sólo querían escapar no necesitaba citar la conversación completa, sólo recordar que ante la demostración que la acusación era totalmente absurda, lejos de pedir perdón ella continuó, agarrando el celular:

«-¿Y quién es esta?
-Una amiga que tengo hace años, aunque no la conozcas.
-Hay una que te pregunta quién sos. Le estás hablando a desconocidas.
-No, esa es mi amiga y vos la conocés, sólo que cambió el teléfono y perdió los contactos. Fijate que antes de esa pregunta hay más conversación.»

Igual que el borracho perdido que ya arruinado y agarrándose de las paredes entra a una taberna y pide a gritos su whisky favorito, escucha preocupado del cantinero que ya se acabó y le pide uno de menor calidad que tampoco queda, y al final termina pidiendo una cerveza que no puede pagar. ¿Era consciente de que existían problemas reales que ella se negaba a encarar como para andar en ese juego?

¿Era esta rutina el amor? ¿Alejarse de los amigos, sacrificar toda actividad ajena al romance, dejar de ser uno mismo para dedicarse ayudar y satisfacer los caprichos de otro, recibiendo a cambio desconfianza constante y allanamientos dignos de la división de delitos informáticos? “Nunca me van a convencer de que el amor es toda esa mierda” había dicho Sebastián alguna vez al observar amigos atrapados en relaciones enfermas, y antes de que se diera cuenta ahí estaba él incapaz de detener el engranaje de esa aberrante rutina. Pero para el resto del mundo estaba todo bien. Él aparentaba ser enormemente feliz con el cartel de “tiene una relación” bajo esas fotos de besos y sonrisas. Nadie iba a juzgarlo.

Pero cuando seas viejo y sientas que tenés los días contado… ¿vas a recordar lo que pensaban los demás y esas fotos lindas o vas a pensar que perdiste tu vida estando en un lugar donde no querías estar, siendo alguien que no quisiste ser?


Ya lo había decidido, no podía aguantar más. Iba a ir y decirle que no quería verla más. Iba a irse muy lejos, iba a recuperar a sus amigos. Iba a ponerse al día con la facultad y con todas las cosas que le gustaban hacer antes de conocerla. Iba a tener que enfrentar el mundo solo nuevamente, construir algo nuevo, sí, dejar de tenerla ahí para todo lo que quisiera. Sintió ese pinchazo que acompaña esa sensación de tener un pie fuera de la comodidad de la vida conocida… Sí, comodidad que se había tragado casi todo lo que él era antes. Y se encontraba pensando que ya no había otra opción que enfrentar nuevamente solo este mundo tan complicado pero hermoso cuando unos ruidos en la habitación lo hicieron abandonar todo ese debate interno. Ella se había despertado. El abogado descendió nuevamente a las entrañas de aquel triste depósito de sueños postergados en el que se había transformado su psiquis, refugiándose como un ladrón al ver luces azules.

El pinchazo de inseguridad e incertidumbre se sintió más fuerte que nunca. En la cocina, el reloj continuaba cumpliendo ciclos. Sebastián colocó las tazas de café y las tostadas en una bandeja, caminó hasta la habitación y cruzó la puerta con una sonrisa. En alguna parte, un tren sin intenciones de detenerse corría sobre los rieles sumergido en un estático y nebuloso paisaje. Entre los ruidos y la grasa de la locomotora, el maquinista murmuró “qué pelotudo”.

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Ranking personal

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