Mendoza
y sus interminables viñedos a la vera de la Ruta 7. Las sierras de córdoba, los
pueblos y sus plazas, él tocando unos temas con su guitarra ahí, tal vez
conociendo gente nueva. La puesta del sol haciendo un rudimentario asado al
costado del camino en algún escenario pampeano árido y desconocido. Los
senderos del Sur de los que tantas fotos había visto, y en el otro extremo las
montañas y la amabilidad de la gente del Norte que en alguna canción había
escuchado mencionar. Aquel pueblito entrerriano del cual cierta vez un
camionero había hecho mención al recordar que ahí había probado la mejor
cerveza de su vida. La ruta por la noche, él manejando, él en un detestable
micro de larga distancia, acompañado o rodando en soledad. Su mente deambulaba
por centenares de recuerdos que jamás habían acontecido. ¿Algún día podría escapar? Mientras servía el café, se halló a sí
mismo contemplando cualquier lugar del mundo, excepto aquel lugar donde estaba
su cuerpo… una vez más.
El reloj había
estado siempre ahí, contemplando todo desde la pared de la cocina, ofreciendo esa ilusoria imagen cíclica del
tiempo, quizás para intentar convencerlo de que siempre habría otro día a
continuación. La quietud de la mañana sólo perturbada por el sonido del
segundero lo hizo verse sentado
contemplando el cosmos por la ventana de
un ferrocarril. No parecía tener intención de frenar, sin embargo las luces
fantásticas que lo envolvían no parecían moverse. Sentía como el tren
inexorablemente se alejaba pero a su vez se mantenía en el mismo lugar, hasta
que la tostadora lo trajo de vuelta a la lúgubre cocina.
Miró fijamente
por unos instantes las dos humeantes tazas de café que en algún momento le
había emocionado preparar, contempló la vieja heladera, reparó unos instantes
en la lámpara que colgaba del techo. Rodeado de esos testigos silenciosos, se
sintió terriblemente quieto y solo. Lo
que las agujas jamás podrían representar -pensó Sebastián mientras untaba unas
tostadas con mermelada- era aquel imparable movimiento que acompañaba los
ciclos. Abrió la heladera para buscar la leche y se fijó un momento en la nota
bajo el imán: decía “Te amo bombón”, frase que no hizo más que acrecentar la
vacía sensación de desplazamiento temporal sin movimiento en el espacio que la
acompañe, aquello que siempre resultaría incomprensible para los mecanismos de
relojería. Porque entre todas las imágenes que había contemplado sirviendo el
café, en ningún lugar estaba ella. Ella, la que estaba esperando el desayuno en
la cama, esperándolo para darle todo su cariño, con esos mimos que ya no le
sabían a nada. Con tres cucharadas de azúcar era como le gustaba a ella, y
ahora el café giraba expresando también de alguna manera más rudimentaria que esa mañana se estaba yendo, que los rayos
débiles del sol de esa nublada y oscura mañana de invierno lo encontraban una
vez más preguntándose si realmente deseaba estar ahí. La quietud de los árboles
que observaba por la ventana era tal que hasta parecía escuchar el acusante
susurro de su conciencia que una vez más se preguntaba si aquello que lo
aguardaba entre los brazos de esa chica era realmente cariño.
«¿Y las llegaste a amar? Entonces no es amor
lo que sentís por mí, es algo superficial. El amor es algo que se siente una
sola vez en la vida. »
Acudiendo a
reforzar esa pequeña voz interna que él no quería oír apareció el recuerdo de
esos gritos en la oscuridad de su habitación y de la interminable discusión
absurda que los sucedió. Se apoyó contra la mesada. Su mente automáticamente desenterró
profundas memorias de aventuras, de risas, de viejos momentos en los que al
abrazarla había sentido que no necesitaba más nada. Quizás como un intento de
compensar la mortal y fría sensación de agotamiento y de vaciedad que en ese
instante invadía su cerebro y cada célula de su cuerpo, lo único que lograban esos recuerdos era
girar la llave esperando oír el motor de arranque de un auto que no tenía
batería hace rato.
Y él sabía que
ese burro no iba a girar. No iba a girar nunca más, aunque no quisiera
aceptarlo e inexplicablemente siguiera intentando empujar y empujar. ¿Para qué, no es suficiente ya? ¿Estás realmente siendo tan feliz como las
fotos románticas de tu facebook indican, o es hora de asumir que estás viviendo
una parodia de lo que alguna vez fue tu vida?
Trataba de
hacer que esa vocecita se callara, pero una vez que comenzaba a hablar era
imposible pararla.
«-¿Podés venir una hora más tarde? Tengo que
terminar un trabajo de la facultad.
-Ya entendí que no querés que vaya. Yo soy
una boluda porque estoy idealizando todo y
vos no te esforzás por mí»
Pero la
pequeña voz seguía provocativa y trayendo citas que parecían venir a responder
la cuestión que nuevamente lo había invadido esa mañana: si realmente era ahí
donde deseaba estar, si realmente eran esos el entorno y las circunstancias
hacia donde los deseos más profundos de su mente (que al fin son los únicos que importan) apuntaban. Ahora lo único
que deseaba era que esa voz enmudeciera y pudiera permitirle pensar. ¿Pero no
era acaso esa vocecita el abogado de sus más profundos pensamientos,
defendiendo los verdaderos intereses de su más íntimo ser? ¿Era eso el
verdadero hilo de su pensar, o debía continuar suprimiéndolo? Intentaba evadir
la ineludible conclusión de que esa voz era simplemente él.
Temía sacar la
cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que las cosas eran así, pero sentía
que los últimos meses habían sido sólo una sucesión cíclica de trabajar, ir a
la facultad y ver a su novia… esto último con el decrecimiento de felicidad que
le producía ya no hacerlo por propia voluntad sino por compromiso y obligación.
-¿Obligación de quién carajo? – la
vocecita volvió a formular la pregunta que él lisa y llanamente desconocía cómo
responder. Y fue entonces cuando no pudo evitarlo y recordó otra ocasión en la
que ese cuestionamiento había sido articulado. La noche del sábado, cuando
había ido a reunirse con dos viejos amigos a un bar… sin ella. Meses enclavado
a la rutina cuya obligatoriedad el malhablado abogado ponía en duda lo habían
llevado a ver una simple cerveza con sus amigos como un evento fuera de lo
común que para ser consumado precisaba de una larga pugna burocrática. El mismo
procedimiento que debía atravesar ante cualquier desvío de la lúgubre sucesión
en la que se había transformado su vida.
Esa noche de
sábado que acudía a su mente como una prueba fidedigna a la que el abogado se
aferraba, sentía cómo su celular vibraba sin parar en su bolsillo mientras su
amigo le servía la cerveza. “¿Qué estás haciendo? ¿Dónde estás? ¿No entendés
que me vine a vivir acá por vos que te cagás en todo?” eran algunas de las
cosas que estaba recibiendo. Ver a sus amigos era una ocasión que cada vez era
más difícil de encontrar, y ahí estaba forzando una sonrisa sin lograr librarse
de la injusta auditoría constante que esta chica había llegado a instaurar en
nombre del amor. Recordó cómo en ese momento la vocecita del abogado había tomado
la palabra: “La viste todos los días de
la semana, ¿tanto se va a enojar porque un día hagas otra cosa? ¿Realmente te
parece que sea amor si ante cualquier cosa que hagas vos como entidad que tiene
vida propia todo se transforma en acusaciones y violencia?”.
“Traeme
la plata que me estás guardando en el banco, ahora”, seguían rezando los
mensajes cuando fue al baño, y mientras intentaba pensar qué responder cayó en
la cuenta de que momentos como esos también eran parte de su triste, ridícula y
payasezca rutina. Este momento era gemelo de aquella vez que él había ido a un
simple asado de camaradería con sus compañeros de la facultad, cosa que había tirado
del gatillo de la ametralladora de acusaciones (y de pelotudeces de grueso calibre, como agregaba el abogado cuando
no era suprimido). Y a su vez la catarata de mensajes acusatorios del asado era
una mera recreación de tantas otras obras dramáticas más. Abstraído por esos
pensamientos estaba en el baño del bar cuando intentó abrir la puerta sin
cerrojo del único inodoro sin advertir que estaba ocupado, a lo que un hombre
que aguardaba parado al lado lo agarró del brazo y le dijo “No, hay uno
cagando. Y yo que quería tomar… pero bueno, peor que quieras tomar y estén
cagando sería que quieras cagar y estén tomando”. Minutos después de oír aquel
rapto filosófico se encontraba en el colectivo volviendo a verla, para caer
nuevamente en el mecanismo de esa detestable rutina indefendible.
El
café comenzaba a enfriarse (como todo
acá) y Sebastián continuaba parado en la cocina. Sabía muy bien que el
ferrocarril que había observado en ese estático cosmos no iba a tener nunca
intenciones de detenerse o de aminorar su marcha para esperarlo, sin embargo
eso no era lo que turbaba su mente ya que le parecía inevitable. Lo que lo
estremecía era ver cómo los minutos de su vida se escapaban a través de los
barrotes imaginarios de la ventana de la cocina, de la ventana de su
habitación. Sí, realmente odiaba cada
centímetro cuadrado de ese departamento de mierda. Y también odiaba la
mirada vigilante de esos dos peluches que en su mirada de plástico guardaban la
verdad del amor enfermo en nombre del cual habían sido regalados. Imágenes del
momento tierno y cariñoso en el que ella le había regalado esos peluches
acudieron inmediatamente, sucedidas por el recuerdo de lo que había ocurrido
cuando esa noche él volvió de bañarse. Quizás el regalo había sido parte de una
fría premeditación en forma de intento de amortiguación del ataque que vendría
después, o tal vez solamente de la misma manera que un adicto sufre de súbitas
recaídas ciertas personas tienen la necesidad de generar problemas cuando todo
está bien.
«-Me tenés que explicar algo, te revisé el
celular. Vos te seguís viendo con tu ex novia.
-No, hace dos años que no la veo»
El
abogado de esos profundos pensamientos que sólo querían escapar no necesitaba
citar la conversación completa, sólo recordar que ante la demostración que la
acusación era totalmente absurda, lejos de pedir perdón ella continuó,
agarrando el celular:
«-¿Y quién es esta?
-Una amiga que tengo hace años, aunque no la
conozcas.
-Hay una que te pregunta quién sos. Le estás
hablando a desconocidas.
-No, esa es mi amiga y vos la conocés, sólo
que cambió el teléfono y perdió los contactos. Fijate que antes de esa pregunta
hay más conversación.»
Igual que el
borracho perdido que ya arruinado y agarrándose de las paredes entra a una
taberna y pide a gritos su whisky favorito, escucha preocupado del cantinero
que ya se acabó y le pide uno de menor calidad que tampoco queda, y al final
termina pidiendo una cerveza que no puede pagar. ¿Era consciente de que existían problemas reales que ella se negaba a
encarar como para andar en ese juego?
¿Era esta
rutina el amor? ¿Alejarse de los amigos, sacrificar toda actividad ajena al
romance, dejar de ser uno mismo para dedicarse ayudar y satisfacer los
caprichos de otro, recibiendo a cambio desconfianza constante y allanamientos dignos
de la división de delitos informáticos? “Nunca me van a convencer de que el
amor es toda esa mierda” había dicho Sebastián alguna vez al observar amigos
atrapados en relaciones enfermas, y antes de que se diera cuenta ahí estaba él
incapaz de detener el engranaje de esa aberrante rutina. Pero para el resto del
mundo estaba todo bien. Él aparentaba ser enormemente feliz con el cartel de “tiene
una relación” bajo esas fotos de besos y sonrisas. Nadie iba a juzgarlo.
Pero cuando seas viejo y sientas que tenés
los días contado… ¿vas a recordar lo que pensaban los demás y esas fotos lindas
o vas a pensar que perdiste tu vida estando en un lugar donde no querías estar,
siendo alguien que no quisiste ser?
Ya lo había
decidido, no podía aguantar más. Iba a ir y decirle que no quería verla más.
Iba a irse muy lejos, iba a recuperar a sus amigos. Iba a ponerse al día con la
facultad y con todas las cosas que le gustaban hacer antes de conocerla. Iba a
tener que enfrentar el mundo solo nuevamente, construir algo nuevo, sí, dejar
de tenerla ahí para todo lo que quisiera. Sintió ese pinchazo que acompaña esa
sensación de tener un pie fuera de la comodidad de la vida conocida… Sí,
comodidad que se había tragado casi todo lo que él era antes. Y se encontraba
pensando que ya no había otra opción que enfrentar nuevamente solo este mundo
tan complicado pero hermoso cuando unos ruidos en la habitación lo hicieron
abandonar todo ese debate interno. Ella se había despertado. El abogado
descendió nuevamente a las entrañas de aquel triste depósito de sueños
postergados en el que se había transformado su psiquis, refugiándose como un
ladrón al ver luces azules.
El pinchazo de inseguridad e incertidumbre se sintió más fuerte que nunca. En la cocina, el reloj continuaba cumpliendo ciclos. Sebastián colocó las tazas de café y las tostadas en una bandeja, caminó hasta la habitación y cruzó la puerta con una sonrisa. En alguna parte, un tren sin intenciones de detenerse corría sobre los rieles sumergido en un estático y nebuloso paisaje. Entre los ruidos y la grasa de la locomotora, el maquinista murmuró “qué pelotudo”.
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El pinchazo de inseguridad e incertidumbre se sintió más fuerte que nunca. En la cocina, el reloj continuaba cumpliendo ciclos. Sebastián colocó las tazas de café y las tostadas en una bandeja, caminó hasta la habitación y cruzó la puerta con una sonrisa. En alguna parte, un tren sin intenciones de detenerse corría sobre los rieles sumergido en un estático y nebuloso paisaje. Entre los ruidos y la grasa de la locomotora, el maquinista murmuró “qué pelotudo”.
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