Matías tenía 18 años cuando esta historia sucedió. En una de sus andadas por los bares de mala muerte que solía frecuentar con sus amigos, fue que encontró lo que buscaba hacía tiempo: una hermosa muchacha. Como él acostumbraba hacer cada vez que conocía una chica, le dio un papelito con su nombre de facebook anotado. La muchacha no tardó en ponerse en contacto con él, y al día siguiente ya estaban entablando una amistosa conversación virtual. A medida que pasaban los días, Matías se sentía cada vez más feliz, porque el objetivo que había soñado apenas había visto a esa chica estaba cada vez más cerca.
No pasó mucho tiempo, y ni siquiera Matías tuvo que arriesgarse a hacer un esfuerzo, ya que ella misma fue quien propuso un segundo encuentro. Matías la invitó a ver películas en su casa el fin de semana siguiente, y ella no lo dudó.
Los días que siguieron, Matías gastó buena parte de lo que tenía ahorrado en preparativos. Pasó por el supermercado y compró unos deliciosos bombones para disfrutar con su nueva chica, una botella de champagne y algunas galletitas de chocolate. Compró un calzoncillo nuevo porque los que tenía ya no estaban en tan buen estado, y exploró una farmacia para terminar comprando una amplia variedad de preservativos, de distintas marcas, formas y sabores, que después se tomó el tiempo de probar en la soledad de su cuarto a ver cuál le resultaba más cómodo.
La noche en cuestión el tiempo pasó rápido, y cuando Matías se dio cuenta estaba viendo deslizarse los créditos de una película de mierda coreana que había llevado su chica. Los créditos también pasaron rápido, y en un abrir y cerrar de ojos Matías tenía a la hermosa muchacha encima, besándolo y revoleando su ropa.
-Dale, haceme lo que quieras – le decía su chica, con el corpiño colgando del ventilador de fondo.
Pero había algo que estaba mal, Matías no sabía qué era pero había algo que no lo dejaba continuar.
-No… hoy no me siento bien. A lo mejor el fin de semana que viene, vamos a ver. Hay que arreglar.
La chica no se enojó y se durmió abrazada a él, tras escuchar la promesa de que el fin de semana siguiente Matías cumpliría con su deuda.
Durante la semana que siguió, hablaron por facebook casi todos los días, y Matías repitió el ritual de la farmacia y el supermercado, y volvió también a comprarse otro calzoncillo porque si la chica lo veía con el mismo otra vez iba a pensar que era un sucio. Y de nuevo no se hicieron esperar los créditos de otra película de mierda, española esta vez, como tampoco se hizo esperar la fuerza invisible que impedía que Matías diera rienda suelta a sus sueños más salvajes.
-No… mirá, no te enojes, pero hoy tampoco me siento bien. Hay que arreglar para el primer finde del mes que viene, a lo mejor ahí puedo.
Pero esta vez la chica replicó:
-¿Y por qué el fin de semana que viene no?
-Porque ese sábado a la tarde voy a una exposición de dinosaurios y voy a volver cansado – se excusó Matías.
-Pero el viernes podés – insistió la chica.
-No porque a la tarde tengo que ir al colegio y voy a estar hecho mierda, además si estoy con vos no voy a dormir bien y voy a estar cansado en la exposición.
-¿Y el domingo? – la chica era verdaderamente insistente.
-No, el domingo es domingo… no da.
-Entonces el primer finde del mes que viene.
-Bueno… hay que arreglar – decretó Matías, con esa frase tan odiosa, y la chica se durmió en cuestión de minutos, esta vez mirando la pared.
“Ay Matías, ¿cuándo la vas a poner?”, siempre dice mi abuelo al terminar de contar la historia de su hermano menor mientras prepara el asado tomando un buen vino, sonriendo mirando al fuego, recordándolo con una mezcla de ternura y lástima, cada vez que alguien nuevo viene a casa. Nunca cuenta qué pasó el primer fin de semana del mes siguiente, pero da a entender que la chica nunca más volvió. Y les cuenta esta historia a todos sus nietos, y a todos mis amigos cada vez que hacemos asado y le convidamos un vaso de vino, recomendándonos juntarnos todos los fines de semana y no darle vacaciones a la parrilla. Algunos dicen que es un viejo guarango y que cuenta boludeces, pero yo lo banco. Y según él, en la habitación de su ya difunto hermano, cuando las luces se apagan, todavía se puede escuchar el traqueteo de las teclas escribiendo una y otra vez “hay que arreglar”.